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martes, 23 de agosto de 2016

Isabel de Borbón y Borbón (1851-1931), conocida popularmente como “La Chata”, Princesa de Asturias. Firmada y dedicada a Luisa Contreras de Castellamón (12-X-1894, San Ildefonso -Madrid). Fotógrafo: Fernando Debás, (Madrid). VIVERO, C. 214, D. 21.
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Postal con la fotografía de María Victoria Eugenia de Battenberg (1887-1969), reina consorte de España y esposa de Alfonso XIII, posando leyendo un libro. [Hacia 1906]. Fotógrafo: E. R. (Madrid). MENDIGORRÍA, C. 440, D. 140.

 
 
Alfonso XII (1857-1885), vestido con uniforme militar de gala. Hacia 1870. Fotógrafo: E. Otero (Madrid). VIVERO, C. 214, D. 4.
 
 
 
 
La hija de Ana Bolena. Hija de Enrique VIII y de su segunda esposa, Ana Bolena, la futura reina Isabel I nació en 1533 en el palacio de Greenwich. Del matrimonio de Enrique VIII con su primera esposa, Catalina de Aragón, solo había sobrevivido una hija, y el rey deseaba garantizar la continuidad de su dinastía con un hijo varón que su esposa ya no estaba en condiciones de proporcionarle. El monarca pidió al papa la anulación de su matrimonio, y en mayo de 1533, después de seis años de infructuosas negociaciones y de un acercamiento cada vez mayor al protestantismo, una comisión eclesiástica anglicana anuló el matrimonio real y declaró válida la boda secreta del rey con Ana Bolena, que al parecer se había celebrado en enero de ese año. La infancia de la princesa Isabel fue muy dura. Cuando apenas contaba dos años y medio de edad, su madre fue acusada de adulterio, condenada a muerte y ejecutada. Al día siguiente de la ejecución, Enrique VIII declaró ilegítimas a sus dos hijas y contrajo matrimonio con Juana Seymour, la tercera de las seis esposas de un monarca conocido sobre todo por sus múltiples matrimonios.
En la imagen, Enrique VIII y Ana Bolena, padres de Isabel.
 
 
 
 
 
Firmeza de carácter. El testamento de Enrique VIII establecía el orden de sucesión al trono de los tres hijos que le sobrevivieron. El primer lugar lo ocupaba Eduardo, un muchacho enfermizo y único descendiente varón del rey, y los hijos que pudiera tener; le seguía María y, por último, Isabel. Tras la ejecución de su madre, Isabel pasó la mayor parte de su infancia en Hatfield House en Hertforshire, retirada de la corte por orden de Enrique VIII. Sus madrastras Ana de Cleves y Catherine Parr la trataron con consideración y cariño. Isabel se entregó al estudio con devoción. Formada en las disciplinas humanísticas, hablaba y escribía francés, italiano y español, y conocía el latín y el griego. Sin embargo, tuvo una infancia triste, aislada y sometida a los tejemanejes de las intrigas políticas y religiosas que, tras la muerte de su padre en 1547, se tejieron alrededor de sus débiles sucesores, sus hermanastros Eduardo VI y María I. La extrema prudencia y determinación que demostró desde su más temprana juventud la hicieron apartarse de complots que podrían haberle costado la vida y salir airosa de las falsas acusaciones de traición que interesadamente se lanzaron contra ella. En la imagen, un retrato de una jovencísima Isabel realizado hacia 1546 (contaría por lo tanto trece años), atribuido al pintor William Scrots.
  
 

 
El apoyo del pueblo. Isabel subió al trono en 1558, tras la muerte de María I. Contaba entonces 25 años y tenía la tez muy blanca, los ojos pequeños y vivos y el rostro anguloso, más atractivo que bello. Estaba orgullosa de su cabellera roja y de sus manos largas y finas, pero detestaba el tono masculino de su voz y sus dientes irregulares. Todos sus biógrafos coinciden en señalar que lo más fascinante en ella no eran sus atractivos femeninos, sino su poderosa personalidad. Isabel aborrecía todo cuanto semejase a una influencia o un dominio sobre ella. No tenía el menor deseo de renunciar a su independencia, le repugnaba el matrimonio y sabía que un sucesor no tardaba en convertirse en un enemigo. Por eso, cuando la Cámara de los Comunes le suplicó que se casara "para asegurar el incierto porvenir de la dinastía, falta de herederos ingleses", Isabel respondió sin titubear que ya se había unido a un esposo, el reino de Inglaterra, y que todos y cada uno de sus súbditos eran sus hijos. La expectación inicial que había despertado su coronación se convirtió pronto en una lealtad popular que hizo posible su permanencia en el trono, pese a las dudas que sobre la legitimidad de su nacimiento esgrimían sus enemigos. Isabel sujetó firmemente las riendas del poder, demostrando desde el inicio de su reinado una visión política de objetivos claros y una gran astucia para los asuntos de Estado. En la imagen, Procesión de la reina Isabel a Blackfriars (c. 1600), de Robert Peake.
 

 
Un reinado fructífero. Isabel I gobernó personalmente, pero supo rodearse de un magnífico equipo de consejeros y colaboradores. Su principal logro fue cimentar la economía inglesa, asentándola en la potenciación de la marina y el comercio, al tiempo que impulsaba la existencia de un campesinado libre y trataba de mitigar, no siempre con éxito, la miseria de las clases populares. En el delicado terreno religioso, Isabel era heredera de la tradición anglicana inaugurada por su padre, y se inclinó por favorecer una Iglesia que estuviese sometida a la corona, lo que la llevó a restaurar el culto protestante y a enfrentarse a la reacción católica, encabezada en el interior por la escocesa María Estuardo y en el exterior por el monarca español Felipe II, viudo de María Tudor. A la primera, tras mantenerla encerrada durante diecisiete años, la hizo decapitar en 1587, lo que, sumado a los largamente larvados conflictos de intereses entre los dos países, acabó provocando la airada reacción del soberano español. En la imagen, Isabel I representada como garante de la paz, con una rama de olivo en la mano (retrato de Marcus Gheeraerts el Viejo, c. 1580-85).
 

La Armada Invencible. La rivalidad entre Isabel I y Felipe II no era sólo por cuestiones religiosas. Por pintoresco que parezca, el devotísimo soberano se había planteado la posibilidad de casarse con aquella soltera empedernida, no por amor, por supuesto, sino "para combatir la herejía en su mismo centro y por el bien de la fe católica". Pero luego el enfrentamiento se había trasladado al ámbito colonial: Isabel autorizó oficialmente las piraterías de Drake, Hawkins y otros corsarios, que desvalijaron sin miramientos las naves hispanas cargadas de oro en ruta por el Atlántico. El asesinato de María Estuardo fue la gota que colmó la paciencia de Felipe II: erigido en vengador, fletó la Armada Invencible con el fin de invadir de una vez por todas Inglaterra, llamada la "pérfida Albión". Como es sabido, la gran flota sucumbió a la presión de los barcos ingleses y de los temporales, y hubo de regresar sin haber logrado su cometido. Una vez más Isabel sorteó airosa un peligroso trance, posiblemente el más difícil de su reinado. En la imagen, La derrota de la Armada española, tal y como la imaginaría muchos años después (1796) el artista británico Philipp Jakob Loutherbourg.
 

 
La Reina Virgen. Mucho antes de su muerte, Isabel expresó su deseo de que en su tumba se grabase el siguiente epitafio: "Aquí yace Isabel, que reinó virgen y murió virgen". Tal alarde, a pesar del empeño regio, fue puesto en duda por sus contemporáneos. Calificada por unos de frígida, por otros de homosexual y por no pocos de erotómana, no hay duda de que la reina "jugó al amor sin quemarse" (según el eufemismo de uno de sus supuestos amantes) con una nutrida nómina de apuestos caballeros, entre los que destacan Robert Dudley, conde de Leicester, y Robert Devereux, conde de Essex, el último favorito de la Reina Virgen. Si estos amores fueron algo más que platónicos es algo que no pertenecerá a las historias de alcoba oficiales de la monarquía inglesa. La llamada Reina Virgen falleció en 1603, tras ocupar el trono durante cuarenta y cinco años. Dejó como único heredero al hijo de María Estuardo, Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra, con quien se iniciaría el proceso de unificación de ambos reinos. En la imagen, el famoso retrato de Isabel I conocido como Retrato de la Armada, así llamado por representar en segundo término el episodio más glorioso de su reinado, la victoria sobre la Armada Invencible (George Gower, c. 1588).
 
 
 
 
Jacobo V de Escocia nació en el palacio de Linlithgow el 10 de abril de 1512, siendo el cuarto hijo -pero primogénito superviviente- de Jacobo IV de Escocia y de Margarita Tudor.
 
 

María I fue coronada reina de Inglaterra - 19-07-1553 D.C.

María I de Inglaterra fue la primera soberana de Inglaterra e Irlanda desde el 19 de julio de 1553 hasta su muerte. Abrogó las reformas religiosas introducidas por su padre el rey Enrique VIII y sometió nuevamente a Inglaterra a la disciplina papal el 30 de noviembre de 1554. Era hija de Enrique VIII de Inglaterra y su esposa, Catalina de Aragón, hija de los Reyes Católicos. El 25 de julio de 1554 se casó con su sobrino segundo Felipe, el príncipe de Asturias (futuro Felipe II), en un matrimonio de intereses políticos, dando con ello la posibilidad de que un hijo de ambos fuera Rey de Inglaterra. Pero no hubo descendencia pues María era estéril. En este momento, María estuvo inmersa en un profundo ajuste de cuentas con los partidarios del anglicanismo, sometiendo a Inglaterra a una purga con ajusticiamientos masivos, llevando a la hoguera a más de 300 protestantes, entre los quienes se encontraban Thomas Cranmer, único arzobispo durante el reinado de su padre.

 
 

                 Alejandra Fiódorovna Románova. (6 de junio de 1872 - 17 de julio de 1918)


Alejandra Fiódorovna Románova fue la última emperatriz de Rusia como consorte del Zar Nicolás II. Alejandra era tía abuela materna del Príncipe Felipe, duque de Edimbugo y prima hermana por dos veces de la reina Isabel II del Reino Unido.

Alejandra es recordada por ser la última zarina de Rusia como consecuencia de la Revolución de Octubre, además de ser una de los portadores reales más famosos de la hemofilia, y por su apoyo al control autocrático sobre el país. Fue canonizada como mártir por la Iglesia Ortodoxa.
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                         Cristina de Suecia. (8 de diciembre de 1626 - 19 de abril de 1689)


Cristina de Suecia fue Reina de Suecia (1632-1654), Duquesa de Bremen y Princesa de Verden (1648-1654). Hija de Gustavo II Adolfo y de María Leonor de Brandeburgo. Protectora de las artes y mecenas, abdicó del trono de Suecia en 1654. Protestante de nacimiento, se convirtió al catolicismo el mismo año. Murió en Roma a los 62 años.
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                     Catalina II de Rusia. (2 de mayo de 1729 - 17 de noviembre de 1796)


Catalina II de Rusia, llamada la Grande fue emperatriz de Rusia durante 34 años, desde el 28 de junio de 1762 hasta su muerte, a sus 67 años.

A lo largo de su extenso reinado, Catalina tuvo numerosos amantes. Después de su romance con Grigori Potiomkin, mantuvo una relación con un joven que recogía a la vez belleza física y facultades mentales, llamado Aleksandr Dmítriev-Mamónov. Ella siempre mostró su generosidad hacia sus amantes, quienes eran elevados a altos cargos durante todo el tiempo en que fueron favoritos, e incluso después del final de un romance les concedía grandes riquezas en tierras y siervos. Su último amante, el príncipe Zúbov, 40 años menor que ella, resultó ser el más caprichoso y extravagante de todos ellos.
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Enrique VIII de Inglaterra


(Greenwich, 1491 - Westminster, 1547) Rey de Inglaterra (1509-1547), perteneciente a la dinastía Tudor. Menos conocido por los logros de su reinado que por sus seis esposas, el celebérrimo Enrique VIII de Inglaterra ha pasado a la cultura popular con una imagen con frecuencia distorsionada. Se suele recordar a sus esposas engañadas, repudiadas o ejecutadas, olvidando que el propio monarca, en su legítima ansia de tener hijos varones en quien perpetuar la dinastía, fue a menudo víctima de las malas artes de sus mujeres, de consejeros poco competentes o simplemente de la fortuna.

Enrique VIII de Inglaterra

       
Si bien la vida de alcoba de Enrique VIII fue fascinante y merece ser contada y conocida, no menos cierto es que poca incidencia histórica tuvo en su reinado, con la decisiva excepción de la triste historia de Ana Bolena: la amante y luego segundo esposa de Enrique VIII fue uno de los detonantes del cisma anglicano. Desligado de Roma, el rey pasó a ser cabeza de la Iglesia de Inglaterra, disolvió las órdenes religiosas e incautó sus bienes.
 
Las consecuencias fueron profundas: el poder real se vio fortalecido, y las riquezas obtenidas favorecieron una incipiente industrialización y el desarrollo de la marina inglesa, base de un futuro poderío militar y comercial que se manifestaría en la era isabelina, es decir, en el reinado de Isabel I de Inglaterra (1558-1603), hija precisamente de Ana Bolena. En política exterior, Enrique VIII supo mantener el difícil equilibrio de las potencias europeas, lo que da fe de su capacidad como estadista.
 
Biografía
 
Segundo hijo de Enrique VII de Inglaterra, el futuro Enrique VIII tenía nueve años cuando asistió como infante a los desposorios de su hermano mayor Arturo, príncipe de Gales, con Catalina de Aragón, hija menor de los Reyes Católicos. Arturo era el primogénito y en consecuencia el heredero del trono de Enrique VII, quien con esta unión pretendía consolidar su alianza con España y asegurar una prolífica descendencia a su linaje.
 
Todo parecía ir viento en popa para los Tudor cuando, cinco meses después, siendo aún recientes los jubilosos ecos de la boda, el príncipe Arturo moría víctima de una gripe aguda ante la que los médicos de la época se mostraron impotentes. Súbitamente, todo pareció venirse abajo. La salud del rey Enrique VII era notoriamente mala y su único hijo superviviente, el futuro Enrique VIII, no había alcanzado aún la mayoría de edad. Inmediatamente fue declarado sucesor en previsión de cualquier contingencia.
 
En 1509 falleció Enrique VII, y Enrique VIII ocupó el trono destinado a su difunto hermano. Enrique VIII tenía entonces diecisiete años y era un apuesto mozo a quien no faltaba entendimiento ni habilidad política. Tras ceñir la corona en sustitución de su hermano, consideró que por razones de Estado era preciso reemplazarle también como esposo. Desprenderse de Catalina de Aragón y devolverla a su país suponía perder la cuantiosa dote aportada por sus padres y, lo que era aún más importante, cortar un lazo de inestimable valor con la corona española, más necesario que nunca en el revuelto contexto político europeo de aquel entonces.
 
La solución consistió en declarar nulo el enlace de la Catalina con Arturo. La propia Catalina de Aragón reconoció ante un tribunal eclesiástico que la unión anterior no se había consumado por incapacidad del cónyuge y que, por tanto, ella continuaba siendo doncella. La Santa Sede no tuvo inconveniente en otorgar la dispensa y, dos meses después de subir al trono, Enrique VIII se casó con Catalina de Aragón, cinco años mayor que él.
 
Catalina de Aragón
 
Desde el súbito fallecimiento de Arturo, Catalina de Aragón había permanecido recluida en la fortaleza galesa de Ludlow, entregada a rezos y lutos y en espera de lo que le deparase el destino. El largo encierro la había convertido en una matrona de marchita apariencia y exageradas costumbres devotas. Tras su boda con Enrique VIII dio a luz seis veces, pero el único varón nacido con vida sólo alentó durante cincuenta y dos días.

Catalina de Aragón


       
Enrique VIII empezó a tener interesados escrúpulos de conciencia y a considerar que el origen del maleficio estaba en la Biblia: "No debes descubrir la desnudez de la mujer de tu hermano", sentencia el Levítico. Su matrimonio con su cuñada, pensaba, no había sido válido, sino pecaminoso y prohibido; Catalina estaba maldita y era preciso deshacerse de ella. La coyuntura internacional permitió la adopción de medidas drásticas. La preponderancia en Europa del todopoderoso soberano español Carlos V, emperador romano-germánico y dueño de medio mundo, indujeron a Enrique VIII a aproximarse a Francia para contrarrestar su fuerza. Podía, pues, desembarazarse de Catalina sin perder aliados, aunque no iba a ser fácil encontrar un modo legal o aparentemente legal de hacerlo.
No menos determinante que la falta de descendencia y la coyuntura europea fue la entrada en escena de Ana Bolena, noble inglesa que, tras ser educada en Francia, había regresado en 1522 a la corte como dama de la reina Catalina. Su atractivo despertó pasiones entre personajes encumbrados, entre ellos el mismo Enrique VIII, que trató de seducirla y obstaculizó su boda con lord Henry Percy. Pero la ambiciosa Ana Bolena no estaba dispuesta a convertirse en mera amante; quería ser reina y, mediante una fríamente calculada alternancia de favores y desdenes, consiguió que Enrique VIII se enamorase perdidamente de ella.
 
El cisma anglicano
 
Culto e inteligente, Enrique VIII había mostrado desde su juventud su ferviente catolicismo. Había empleado su brillantez contra la reforma protestante lanzada por Lutero en 1520, mostrándose como un enérgico defensor de la fe católica. «Defensor de la fe» fue exactamente el título que le dio el papa León X por el Tratado de los siete sacramentos, que el monarca había escrito en 1521.
Pero esta situación cambiaría a raíz del conflicto desatado con la Iglesia por el acuciante problema sucesorio: el matrimonio con Catalina de Aragón no le había dado herederos varones. En 1527, Enrique VIII pidió al papa Clemente VII la anulación del matrimonio so pretexto del parentesco previo entre los cónyuges. El papa, presionado por Carlos V (que era sobrino de Catalina), negó la anulación, y Enrique VIII decidió romper con Roma, aconsejado por Thomas Cranmer y Thomas Cromwell.
 
Para ello, Enrique VIII se armó de argumentos recabando de diversas universidades europeas dictámenes favorables a su divorcio (1529); y aprovechó el descontento reinante entre el clero secular inglés por la excesiva fiscalidad papal y por la acumulación de riquezas en manos de las órdenes religiosas para hacerse reconocer jefe de la Iglesia de Inglaterra (1531).
 
En 1533 hizo que Thomas Cranmer (a quien había nombrado arzobispo de Canterbury) anulara su primer matrimonio y coronara reina a su amante, Ana Bolena. El papa Clemente VIII respondió con la excomunión del rey. La reacción de Enrique VIII no fue menos contundente: hizo aprobar en el Parlamento el Acta de Supremacía (1534), en virtud de la cual se declaraba la independencia de la Iglesia Anglicana y se erigía al rey en máxima autoridad de la misma.
 
La Iglesia de Inglaterra quedó así desligada de la obediencia de Roma y convertida en una Iglesia nacional independiente cuya cabeza era el propio rey, lo cual permitiría a la Corona expropiar y vender el patrimonio de los monasterios; los católicos ingleses que permanecieron fieles a Roma fueron perseguidos como traidores; su principal exponente, el humanista Tomás Moro, autor de Utopía, fue ejecutado en 1535.
 
Sin embargo, Enrique VIII no permitió que se pusieran en entredicho los dogmas fundamentales del catolicismo; para evitarlo dictó el Acta de los Seis Artículos (1539). Obviamente no pudo impedir que, después de su muerte, Cranmer llevase a cabo la reforma de la Iglesia Anglicana, que se situó definitivamente en el campo del cristianismo protestante, con la introducción de elementos luteranos
y calvinistas.
 
Ana Bolena
 
Aun habiendo sido excomulgado y hallándose descontento consigo mismo y víctima de los remordimientos, nada impidió a Enrique VIII disfrutar de los favores de Ana Bolena, que se le había entregado con pasión en cuanto los acontecimientos comenzaron a favorecerla.

Ana Bolena


       
A mediados de marzo de 1533, Ana Bolena comunicó a su regio amante que estaba embarazada. Enrique, loco de júbilo, dispuso la ceremonia, que tuvo lugar el 1 de junio en la abadía de Westminster. Pocos vítores se escucharon entre la multitud: las gentes veían en ella a la concubina advenediza carente de escrúpulos que había hechizado a su buen rey con malas artes.
Tres meses después, la nueva reina dio a luz una hija que se llamaría Isabel y llegaría a ser una de las más grandes soberanas inglesas, pero Enrique VIII no podía saberlo y se sintió muy decepcionado: todo el escándalo no había servido para asegurar la sucesión. El alumbramiento de una hembra debilitó considerablemente la situación de Ana Bolena.
 
El 7 de enero de 1536 fallecía Catalina de Aragón, sola, abandonada y lejos de la corte. Veinte días después, Ana Bolena parió de nuevo, esta vez un hijo muerto. Enrique ni siquiera se dignó visitarla; acusada de adulterio, que hubo de confesar tras ser torturada, la altiva y calculadora cabeza de Ana no tardó en caer (19 de mayo de 1536) y el matrimonio fue declarado nulo por los prelados ingleses.
 
Juana Seymour
 
Mientras, el rey no había perdido el tiempo. Su nueva favorita se llamaba Juana Seymour y era una joven dama descendiente por rama colateral de Eduardo III. En contraste con la frialdad manipuladora y enérgica de Ana Bolena, Juana Seymour era una mujer tímida y dócil, pero también culta e inteligente, y fue probablemente, de entre todas sus esposas, la que más amó a Enrique VIII.

Juana Seymour


       
El monarca se prometió oficialmente con Juana dos días después de la ejecución de Ana Bolena. En 1537, Juana Seymour lo colmó de felicidad al darle un hijo varón, Eduardo, que sucedería a su padre como Eduardo VI. Se alejaba así el fantasma de la maldición que parecía pesar sobre la dinastía; el niño había nacido débil y enfermizo, pero el rey podía abrigar la esperanza de tener pronto más hijos varones, fuertes y sanos. De ahí que se sumiera en la tristeza cuando, dos semanas después del parto, Juana Seymour falleció de unas fiebres puerperales. Enrique VIII la hizo enterrar en el panteón real de Windsor; oficialmente, Juana Seymour había sido la primera reina.
 
 
Ana de Clèves
 
Transcurrieron dos años antes de que se decidiera a contraer nuevas nupcias. En 1540, Enrique VIII volvió a casarse con Ana de Clèves para fortalecer la alianza de Inglaterra con los protestantes alemanes. Cumplidos los cuarenta y siete años y repuesto ya de la desaparición de Juana, se había decidido a probar fortuna una vez más alentado por su valido Thomas Cromwell, quien le mostró un cautivador retrato de la princesa Ana de Clèves pintado por Hans Holbein el Joven, en el que aparecía una muchacha adorable de angelicales facciones.

Ana de Clèves (retrato de Hans Holbein)


       
Perteneciente a la nobleza alemana, Ana de Clèves vivía lejos de Londres y jamás había pisado Inglaterra, pero ello no fue óbice para que se firmaran solemnemente las capitulaciones y para que se dispusiera el encuentro del rey con su futura esposa. Por desgracia para Enrique, el maestro Holbein había sido en exceso piadoso con su modelo; Ana tenía el semblante marcado por la viruela, la nariz enorme y los dientes horrorosamente saltones. Además, desconocía otro idioma que no fuera el alemán y su voz recordaba el relincho de un caballo.
 
El desdichado marido aceptó el yugo que se le imponía y accedió al casamiento por tratarse de una obligación contraída de antemano, pero no pudo consumar la unión porque, según sus palabras, le era imposible vencer la repugnancia que sentía "en compañía de aquella yegua flamenca de pechos flácidos y risa destemplada".
 
Apenas seis meses después de la boda, la reina fue "expedida" al palacio de Richmond y se iniciaron los trámites para sentenciar la disolución del vínculo. Ana de Clèves fue compensada con dos vastas residencias campestres y una jugosa pensión a cambio de no aparecer nunca más por la corte. Nombrada honoríficamente "Su Gracia la Hermana del Rey", permaneció recluida en sus posesiones el resto de su existencia y cumplió con los términos del pacto.
 
Catalina Howard
 
El caso de la siguiente esposa, Catalina Howard, tuvo un comienzo completamente opuesto. Si bien los retratos que se conservan de ella no le hacen justicia, hoy se sabe que en persona resultaba deslumbrante. En presencia de aquella ninfa, el rey creyó estar soñando. Sus avellanados ojos, sus cabellos rojizos y su figura perfecta hechizaron de tal modo al monarca que la boda fue dispuesta con una inusual celeridad.

Catalina Howard


       
Todo el boato de la corte de los Tudor, extinguido tras la muerte de Juana Seymour, apareció de nuevo bajo el estímulo de la nueva reina, esplendorosa, vivaz y siempre risueña. Enrique VIII parecía estar viviendo una segunda juventud, pero su entusiasmo fue breve. Cuanto se había inventado para desacreditar a Ana Bolena y llevarla al patíbulo resultó ser una verdad incontrovertible en el caso de Catalina Howard: al parecer, la caprichosa muchacha había sostenido relaciones amorosas con su preceptor y con varios músicos desde la edad de trece años, actividad que había continuado incluso después de su enlace con el rey.
 
La nómina de sus amantes se incrementó por momentos y algunos galanes de la corte fueron descuartizados tras confesar sus relaciones con Catalina. La reina fue tildada crudamente de "ser ramera antes del matrimonio y adúltera después de él". El 12 de febrero de 1542 fue ejecutada en el mismo lugar que Ana Bolena y por el mismo verdugo.
 
Catalina Parr
 
Con este currículum a sus espaldas, no es de extrañar que, cuando una bellísima duquesa recibió años después a unos comisionados reales encargados de pedir su mano en nombre de Enrique VIII, ella respondiese sin pestañear: "Digan a Su Majestad que me casaría con él si tuviera una cabeza de repuesto". Porque el rey, a pesar de haber engordado considerablemente y ser víctima de intensos ataques de gota, deseaba una nueva esposa.

Catalina Parr


       
El príncipe heredero era demasiado débil y no hacía concebir esperanzas, así que para asegurar la sucesión era necesaria una nueva reina que le diese más hijos. Sin embargo, Enrique VIII era el primero en mostrarse escéptico, sobre todo después de las muchas decepciones y pesadumbres que las mujeres le habían proporcionado en sus matrimonios y amoríos anteriores: "Ahora soy viejo y necesito más una enfermera que una esposa; dudo que haya alguna mujer dispuesta a soportarme y a cuidar de mi pobre cuerpo."
Sin embargo, esa mujer apareció en la vida del anciano rey. Se trataba de Catalina Parr, dama de noble condición que había estado casada dos veces, poseía una considerable fortuna y era extraordinariamente culta para su tiempo. Hacendosa, responsable, estudiosa e inteligente, no había duda de que se trataba de la persona idónea para acompañar al rey en sus últimos años. Al acceder al trono no dio ni una sola muestra de arrogancia. Discretamente pero con eficacia tomó a su cargo todos los asuntos domésticos y supo proporcionar a Enrique, tras sus trágicos matrimonios anteriores, cinco años de paz y sosegada vejez.
El soberano murió el 28 de enero de 1547. En su entierro, junto al estandarte real, se colocaron las enseñas familiares de Juana Seymour y Catalina Parr, las dos únicas mujeres que oficialmente habían contraído matrimonio con Enrique VIII y por lo tanto figuraban como reinas. Atrás quedaban la devota Catalina de Aragón, la ambiciosa Ana Bolena, la poco agraciada Ana de Clèves y la lujuriosa Catalina Howard, forjadoras de un funesto destino del que la casa Tudor escapó milagrosamente.
 
Le sucedió en el trono su único hijo varón, Eduardo VI, nacido del matrimonio con Juana Seymour, que contaba sólo nueve años y falleció en 1553. Se abrió entonces un periodo de reacción católica bajo el reinado de María I Tudor, hija mayor de Enrique VIII, nacida de su matrimonio con Catalina de Aragón. Al morir María Tudor en 1558, ocupó el trono otra hija de Enrique VIII, Isabel I, nacida del matrimonio con Ana Bolena.
 
El reinado de Enrique VIII
 
Es preciso señalar que el episodio de Catalina de Aragón y Ana Bolena tuvo una incidencia fundamental en su reinado; a consecuencia del Acta de Supremacía (1534), los destinos de Inglaterra tomaron un rumbo bien distinto a los que podían señalarse como probables. El Acta de Supremacía creó una Iglesia anglicana desligada de la católica y sometida a la autoridad real, aunque sin renunciar a los dogmas y condenando las doctrinas reformadas (Acta de los Seis Artículos, 1539). Pero si bien esta Iglesia fue al principio tan sólo cismática, no heterodoxa, no tardaría en distanciarse del dogma y en acercarse al luteranismo.
 
La hegemonía del monarca sobre la Iglesia sería el firme fundamento sobre el que se asentó una nueva era. La monarquía se enriqueció con los beneficios obtenidos con la venta de los bienes eclesiásticos (en 1539 fueron disueltas las órdenes religiosas e incautados todos sus bienes), lo que abrió una etapa de prosperidad económica que favoreció una naciente industrialización y condujo a la creación de una poderosa flota marítima, base del posterior poderío militar y comercial.
El reinado de Enrique VIII de Inglaterra, en suma, se caracterizó por un fortalecimiento de la autoridad real, al someter por entero a la Iglesia y eliminar las últimas estructuras feudales. Ello no impidió la consolidación del Parlamento, a la vez como instrumento de la política del rey y como órgano representativo del reino. El País de Gales fue asimilado a Inglaterra (1536) y se centralizó la jurisdicción sobre las Marcas. Se anexionó además Irlanda, de la que Enrique VIII fue proclamado rey en 1541.
 
Otro capítulo importante fueron las campañas victoriosas contra Escocia en 1512-1513 y en 1542-1545, que no fueron suficientes para unificar Gran Bretaña bajo su poder. Por otra parte, Inglaterra incrementó su protagonismo en Europa, gracias al crecimiento de su marina de guerra y a una política exterior dominada por la búsqueda del equilibrio entre las potencias continentales: primero luchó contra Francia aliándose con Carlos V, pero cuando, tras la victoria de Pavía (1525), le pareció que el emperador español alcanzaba un poderío excesivo, Enrique VIII se alió contra él al lado del monarca francés Francisco I.
 

 

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