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viernes, 30 de septiembre de 2016

Fernando VII de España


Fernando VII de España, llamado el Deseado o el rey Felón (San Lorenzo de El Escorial, 14 de octubre de 1784-Madrid, 29 de septiembre de 1833), fue rey de España entre marzo y mayo de 1808 y, tras la expulsión del «rey intruso» José I Bonaparte, nuevamente desde diciembre de 1813 hasta su muerte, exceptuando un breve intervalo en 1823, en que fue destituido por el Consejo de Regencia.
              
Hijo y sucesor de Carlos IV y de María Luisa de Parma, depuestos por obra de sus partidarios en el Motín de Aranjuez, pocos monarcas disfrutaron de tanta confianza y popularidad iniciales por parte del pueblo español. Obligado a abdicar en Bayona, pasó toda la Guerra de Independencia preso en Valençay, siendo reconocido como el legítimo rey de España por las diversas Juntas, el Consejo de Regencia y las Cortes de Cádiz.

Tras la derrota de los ejércitos napoleónicos y la expulsión de José Bonaparte, Napoleón le devolvió el trono de España con el Tratado de Valençay. Sin embargo, el Deseado pronto se reveló como un soberano absolutista y, en particular, como uno de los que menos satisficieron los deseos de sus súbditos, que lo consideraban una persona sin escrúpulos, vengativa y traicionera. Rodeado de una camarilla de aduladores, su política se orientó, en buena medida, hacia su propia supervivencia.

Entre 1814 y 1820 restauró el absolutismo, derogando la Constitución de Cádiz y persiguiendo a los liberales. Tras seis años de guerra, el país y la Hacienda estaban devastados, y los sucesivos gobiernos fernandinos no lograron restablecer la situación.

En 1820 un pronunciamiento militar dio inicio al llamado trienio liberal, durante el cual se restablecieron la Constitución y los decretos de Cádiz, produciéndose una nueva desamortización. A medida que los liberales moderados eran desplazados por los exaltados, el rey, que aparentaba acatar el régimen constitucional, conspiraba para restablecer el absolutismo, lo que se logró tras la intervención de los Cien Mil Hijos de San Luis en 1823.

La última fase de su reinado, la llamada Década Ominosa, se caracterizó por una feroz represión de los exaltados, acompañada de una política absolutista moderada o incluso liberaldoctrinaria que provocó un profundo descontento en los círculos absolutistas, que formaron partido en torno al infante Carlos María Isidro. A ello se unió el problema sucesorio, sentando las bases de la Primera Guerra Carlista, que estallaría con la muerte de Fernando y el ascenso al trono de su hija Isabel II, no reconocida como heredera por el infante Carlos.

En palabras de un reciente biógrafo, Rafael Sánchez Mantero:
Si en algo se caracteriza la imagen que Fernando VII ha dejado a la posteridad es en el unánime juicio negativo que ha merecido a los historiadores de ayer y de hoy que han estudiado su reinado  Resulta lógico entender que la historiografía liberal fuese inmisericorde con aquel que intentó acabar con los principios y leyes triunfantes en las Cortes gaditanas  La historiografía sobre Fernando VII ha ido evolucionando de tal manera que los estudios recientes han abandonado las diatribas decimonónicas para presentar un panorama más equilibrado  Sin duda, ha sido el monarca que peor trato ha recibido por parte de la historiografía en toda la historia de España.
Fernando de Borbón vino al mundo en vida de su abuelo Carlos III el 14 de octubre de 1784. Fue bautizado con los nombres de «Fernando, María, Francisco de Paula, Domingo, Vicente Ferrer, Antonio, Joseph, Joachîn, Pascual, Diego, Juan Nepomuceno, Genaro, Francisco, Francisco Xavier, Rafael, Miguel, Gabriel, Calixto, Cayetano, Fausto, Luis, Ramón, Gregorio, Lorenzo y Gerónimo».

Fue el noveno de los catorce hijos que tuvieron el príncipe Carlos, futuro Carlos IV, y María Luisa de Parma. De sus trece hermanos, ocho murieron antes de 1800. Tras la subida al trono de su padre en 1788, Fernando fue reconocido como príncipe de Asturias por las Cortes en un acto celebrado en el Monasterio de San Jerónimo de Madrid el 23 de septiembre de 1789.

Desde muy pronto, su formación fue encomendada al padre Felipe Scio, religioso de la Orden de San José de Calasanz, hombre modesto, culto e inteligente. Sin embargo, en 1795 es nombrado obispo de Segovia, y su puesto pasa a ser ocupado por el obispo de Orihuela, Francisco Javier Cabrera, que a su vez sería sustituido por el canónigo Juan Escóiquiz. Influido por este, creció aborreciendo a su madre y al favorito Manuel Godoy.

Ya desde muy joven, Fernando había conspirado en contra de sus padres y de Godoy, alentado por su preceptor. En torno al joven príncipe de Asturias se había formado un núcleo opositor formado por miembros de la alta nobleza, heredero del antiguo partido aragonés, que perseguía la caída de Godoy. Las negociaciones impulsadas por el embajador francés para que Fernando contrajera su segundo matrimonio con una dama Bonaparte coincidieron en 1807 con el empeoramiento de la salud de Carlos IV. El príncipe de Asturias quería asegurarse la sucesión y anular al valido. Godoy y el partido fernandino tuvieron su primer enfrentamiento. Debido a una delación, el motín fue descubierto y Fernando juzgado en lo que se conoce como el proceso de El Escorial. El príncipe denunció a todos sus colaboradores y pidió perdón a sus padres. El tribunal absolvió a los otros acusados, pero el rey, injusta y torpemente a juicio de Alcalá Galiano, ordenó el destierro de todos ellos.

La primera llegada al trono y las Abdicaciones de Bayona

Poco después, en marzo de 1808, ante la presencia de tropas francesas en España (dudosamente respaldadas por el Tratado de Fontainebleau), la corte se trasladó a Aranjuez como parte de un plan de Godoy para trasladar a la familia real a América desde Andalucía si la intervención francesa así lo requiriese. El día 17, el pueblo, instigado por los partidarios de Fernando, asaltó el palacio del Príncipe de la Paz. Aunque Carlos IV se las arregló para salvar la vida de su favorito, fue obligado a abdicar en favor de su hijo el día 19. Estos hechos son los que se conocen como Motín de Aranjuez. Por primera vez en la historia de España, un rey era desplazado del trono por las maquinaciones de su propio hijo con la colaboración de una revuelta popular.


Fernando volvió a la corte, donde fue aclamado por el pueblo de Madrid. Sin embargo, las tropas francesas al mando de Murat ya habían ocupado la capital el día anterior, 23 de marzo.

Los monarcas con Napoleón

El depuesto rey y su esposa se pusieron bajo la protección de Napoleón y fueron custodiados por las tropas de Murat quien, por su parte, albergaba esperanzas de ser encumbrado rey de España por el emperador. Sin embargo, sus planes eran otros. Envió a un colaborador de su máxima confianza, el general Savary, para que comunicase a Murat su decisión de otorgar el trono de España a uno de sus hermanos y para que llevase a Francia, poco a poco, a la familia real al completo y a Godoy. Fue Savary quien convenció a Fernando de la conveniencia de acudir al encuentro del emperador que viajaba de París a Madrid, a lo que el rey accedió con la esperanza de que Napoleón le reconociese y respaldase como rey de España. En un principio, la entrevista debía celebrarse en Madrid, pero Napoleón, aduciendo asuntos imprevistos de gran urgencia, fue fijando lugares más al Norte, para acortar el tiempo de viaje desde Francia: la Granja de San Ildefonso, Burgos, San Sebastián... Finalmente, Fernando VII acudió a Bayona.
El 20 de abril pasó la frontera. Aunque aún no lo sabía, acababa de caer prisionero: fue el inicio de un exilio que duraría seis años. Una prisión disimulada, en un palacio de cuyas inmediaciones no podía salir y con la promesa, siempre postergada, de recibir grandes cantidades de dinero. Carlos IV había abdicado en Fernando VII a cambio de la liberación de Godoy, y Napoleón le había invitado también a Bayona, con la excusa de conseguir que Fernando VII le permitiese volver a España y recuperar su fortuna, que le había incautado. Ante la perspectiva de reunirse con su favorito e interceder a su favor, los reyes padres solicitaron acudir también a dicha reunión. Escoltados por tropas francesas, llegaron a Bayona el 30 de abril. Dos días más tarde, en Madrid, el pueblo se levantaría en armas contra los franceses, dando lugar a los hechos del 2 de mayo de 1808, que marcan el comienzo de la Guerra de la Independencia Española.
 
Entretanto, la situación en Bayona estaba adquiriendo tintes grotescos. Napoleón impidió la llegada de Godoy hasta que todo estuvo consumado, de forma que no pudiese aconsejar a la familia real española, que demostró ser sumamente torpe. A Fernando VII le dijo que la renuncia al trono de su padre, producida tras el motín de Aranjuez, era nula ya que se había hecho bajo coacción, por lo que le exigió que le devolviese su trono. Su propia madre, en su presencia, le había pedido a Napoleón que lo fusilase, por lo que le había hecho a Godoy a ella y a su esposo.
Napoleón obligó a Carlos IV a cederle sus derechos al trono a cambio de asilo en Francia para él, su mujer y su favorito Godoy, así como una pensión de 30 millones de reales anuales. Como ya había abdicado anteriormente a favor de su hijo, consideró que no cedía nada. Cuando llegaron a Bayona las noticias del levantamiento de Madrid y de su represión, Napoleón y Carlos IV presionaron a Fernando para que reconociese a su padre como rey legítimo. A cambio recibiría un castillo y una pensión anual de cuatro millones de reales que nunca cobró en su totalidad. Aceptó el 6 de mayo de 1808 ignorando que su padre ya había renunciado en favor del emperador. Finalmente, Napoleón otorgó los derechos a la corona de España a su hermano mayor, quien reinaría con el nombre de José I Bonaparte. Esta sucesión de traspasos de la corona española se conoce con el nombre de abdicaciones de Bayona.

No se trataba solo de un cambio dinástico. En una proclama a los españoles el 25 de mayo, Napoleón declaró que España se encontraba frente a un cambio de régimen con los beneficios de una Constitución sin necesidad de una revolución previa. A continuación, Napoleón convocó en Bayona una asamblea de notables españoles, la Junta española de Bayona. Aunque la asamblea fue un fracaso para Napoleón (sólo acudieron 75 de los 150 notables previstos), en nueve sesiones debatieron su proyecto y, con escasas rectificaciones, aprobaron en julio de 1808 el Estatuto de Bayona.

Mientras tanto, Fernando VII vio cómo el emperador ni siquiera se molestaba en cumplir su acuerdo e internó al antiguo soberano, junto con su hermano Carlos María Isidro y su tío Antonio Pascual, en el castillo de Valençay, propiedad de Charles Maurice de Talleyrand, Príncipe de Benevento, antiguo obispo, entonces Ministro de Asuntos Exteriores de Napoleón, con el que tramó el golpe de Estado que lo llevó al poder. Allí los recibió el 10 de mayo. Valençay era una propiedad rústica junto a un pueblo de unos 2.000 habitantes, aislada en el centro de Francia, a unos 300 kilómetros de París. Fernando permanecería en Valençay hasta el final de la Guerra de la Independencia. Sin embargo, sus condiciones de cautiverio no fueron muy severas; el Rey y su hermano recibían clases de baile y música, salían a montar o a pescar y organizaban bailes y cenas. Disponían de una buena biblioteca, pero el infante don Antonio Pascual puso todos los impedimentos posibles para que no leyeran libros franceses que pudieran ejercer una mala influencia sobre sus jóvenes sobrinos. A partir del 1 de septiembre de ese año, sin embargo, la marcha de Talleyrand y la negativa de Bonaparte a cumplir lo estipulado con respecto a sufragar sus gastos —400 000 francos anuales más las rentas del castillo de Navarra en la Alta Normandía—, hicieron que su tren de vida fuera cada vez más austero, reduciéndose la servidumbre al mínimo.

Creyendo que nada se podía hacer frente al poderío de Francia, Fernando pretendió unir sus intereses a los de Bonaparte, y mantuvo una correspondencia servil con el corso, hasta el punto de que éste, en su destierro de Santa Elena, recordaba así la actuación del monarca español:
No cesaba Fernando de pedirme una esposa de mi elección: me escribía espontáneamente para cumplimentarme siempre que yo conseguía alguna victoria; expidió proclamas a los españoles para que se sometiesen, y reconoció a José, lo que quizás se habrá considerado hijo de la fuerza, sin serlo; pero además me pidió su gran banda, me ofreció a su hermano don Carlos para mandar los regimientos españoles que iban a Rusia, cosas todas que de ningún modo tenía precisión de hacer. En fin, me instó vivamente para que le dejase ir a mi Corte de París, y si yo no me presté a un espectáculo que hubiera llamado la atención de Europa, probando de esta manera toda la estabilidad de mi poder, fue porque la gravedad de las circunstancias me llamaba fuera del Imperio y mis frecuentes ausencias de la capital no me proporcionaban ocasión.
Su humillación servil le llegó al punto de organizar una fastuosa fiesta con brindis, banquete, concierto, iluminación especial y un solemne Te Deum con ocasión de la boda de Bonaparte con María Luisa de Austria en 1810. Cuando el corso reprodujo la correspondencia que le enviaba Fernando en Le Moniteur, para que todos, en especial los españoles, vieran su actuación, éste se apresuró a agradecer con desvergüenza a su Emperador que hubiese hecho público de tal modo el amor que le profesaba.

Sin embargo, la condición de prisionero de Napoleón creó en Fernando el mito del Deseado, víctima inocente de la tiranía napoleónica. El 11 de agosto, el Consejo de Castilla invalidó las abdicaciones de Bayona, y el 24 de agosto se proclamó rey in absentia a Fernando VII en Madrid. Las Cortes de Cádiz, que redactaron y aprobaron la Constitución de 1812 no cuestionaron en ningún momento la persona del monarca y lo declararon como único y legítimo rey de la Nación española.

Siguiendo el ejemplo de las Cortes de Cádiz, se organizaron Juntas de Gobierno provisionales en la mayoría de las ciudades de los territorios en América, las cuales comenzaron por desconocer la autoridad napoleónica para, posteriormente, aprovechar la situación y declarar su independencia total del Imperio Español, dando inicio así a las Guerras de Independencia Hispanoamericana.

El regreso de El Deseado


Retrato de Fernando VII. Francisco de Goya.
Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Santander y Cantabria,
Santander, (España)
En julio de 1812, el duque de Wellington, al frente de un ejército anglohispano y operando desde Portugal, derrotó a los franceses en Arapiles, expulsándolos de Andalucía y amenazando Madrid. Si bien los franceses contraatacaron, una nueva retirada de tropas francesas de España tras la catastrófica campaña de Rusia a comienzos de 1813 permitió a las tropas aliadas expulsar ya definitivamente a José Bonaparte de Madrid y derrotar a los franceses en Vitoria y San Marcial. José Bonaparte dejó el país, y Napoleón se aprestó a defender su frontera sur hasta poder negociar una salida.

Fernando, al ver que por fin la estrella de Bonaparte empezaba a declinar, se negó arrogantemente a tratar con el gobernante de Francia sin el consentimiento de la nación española y la Regencia. Pero temiendo que hubiera un brote revolucionario en España, se avino a negociar. Por el Tratado de Valençay de 11 de diciembre de 1813, Napoleón reconoció a Fernando VII como Rey, recuperando así su trono y todos los territorios y propiedades de la Corona y sus súbditos antes de 1808, tanto en territorio nacional como en el extranjero; a cambio se avenía a la paz con Francia, el desalojo de los británicos y su neutralidad en lo que quedaba de guerra. También acordó el perdón de los partidarios de José I, los afrancesados.

Aunque el tratado no fue ratificado por la Regencia, Fernando VII fue liberado, se le concedió pasaporte el 7 de marzo de 1814, salió de Valençay el 14, viajó hacia Toulouse y Perpiñán, cruzó la frontera española y fue recibido en Figueras por el general Copons ocho días después, el 22 de marzo.

 Respecto a la Constitución de 1812, el decreto de las Cortes de 2 de febrero de 1814 había establecido que «no se reconocerá por libre al Rey, ni por tanto se le prestará obediencia, hasta que en el seno del Congreso nacional preste el juramento prescrito en el artículo 173 de la Constitución».

Fernando VII se negó a seguir el camino marcado por la Regencia, pasó por Gerona, Tarragona y Reus, se desvió a Zaragoza donde pasó la Semana Santa invitado por Palafox, fue a Teruel y entró en Valencia el 16 de abril. Allí le esperaba el cardenal arzobispo de Toledo, Luis de Borbón, presidente de la Regencia y favorable a las reformas liberales de 1812, y una representación de las Cortes de Cádiz presidida por Bernardo Mozo de Rosales, encargado de entregar al rey un manifiesto firmado por 69 diputados absolutistas. Era el llamado Manifiesto de los Persas, que propugnaba la supresión de la Cámara gaditana y justificaba la restauración del Antiguo Régimen. El 17 de abril, el general Elío, al mando del Segundo Ejército, puso sus tropas a disposición del rey y le invitó a recobrar sus derechos. Fue el primer pronunciamiento de la historia de España.

El 4 de mayo de 1814, Fernando VII promulgó un decreto, redactado por Juan Pérez Villamil y Miguel de Lardizábal, que restablecía la monarquía absoluta y declaraba nula y sin efecto toda la obra de las Cortes de Cádiz:
[...] mi real ánimo es no solamente no jurar ni acceder a dicha Constitución, ni a decreto alguno de las Cortes [...] sino el de declarar aquella Constitución y aquellos decretos nulos y de ningún valor ni efecto, ahora ni en tiempo alguno, como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo, y sin obligación en mis pueblos y súbditos de cualquiera clase y condición a cumplirlos ni guardarlos.
Modesto Lafuente (1869), Historia general de España, tomo XXVI, 2.ª ed.
Tras reponerse de un ataque de gota, el rey salió el 5 de mayo desde Valencia hacia Madrid. Había nombrado capitán general de Castilla la Nueva a Francisco de Eguía, absolutista acérrimo, quien se adelantó a la comitiva real y se encargó expeditivamente de organizar la represión en la capital, arrestar a los diputados doceañistas y despejar el panorama para la entrada triunfal del monarca.

 Detenidos los miembros de la Regencia, los ministros y los partidarios de la soberanía nacional, el golpe de estado se consumó en la madrugada del 11 de mayo con la disolución de las Cortes exigida por Eguía y ejecutada sin oposición por su presidente Antonio Joaquín Pérez, uno de los firmantes del Manifiesto de los Persas.

El 13 de mayo, Fernando VII, que había permanecido en Aranjuez desde el día 10 a la espera de los acontecimientos, entró por fin en Madrid.

Reinado

 

Busto oficial de Fernando VII, por F. Elías
(Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid).
Durante la primera etapa del reinado, entre los años 1814 y 1820, el rey restableció el absolutismo anterior al periodo constitucional. La tarea que aguardaba a Fernando era extremadamente compleja. Habría tenido que contar con unos ministros excepcionalmente capaces para poner orden en un país devastado por seis años de guerra, pero apenas contó con un par de estadistas de cierta talla. La inestabilidad del gobierno fue constante, y los fracasos a la hora de resolver adecuadamente los problemas determinaron los continuos cambios ministeriales.

Fue un periodo de persecución de los liberales, los cuales, apoyados por parte del Ejército, la burguesía y organizaciones secretas como la masonería, intentaron sublevarse varias veces para restablecer la Constitución. Por otra parte, a pesar de que Fernando VII había prometido respetar a los afrancesados, nada más llegar procedió a desterrar a todos aquellos que habían ocupado cargos de cualquier tipo en la administración de José I.

Durante el período desaparecieron la prensa libre, las diputaciones y ayuntamientos constitucionales y se cerraron las Universidades. Se restableció la organización gremial y se devolvieron las propiedades confiscadas a la Iglesia.

En enero de 1820 se produjo una sublevación entre las fuerzas expedicionarias acantonadas en la península que debían partir hacia América para reprimir la insurrección de las colonias españolas.

Aunque este pronunciamiento, encabezado por Rafael de Riego, no tuvo el éxito necesario, el gobierno tampoco fue capaz de sofocarlo y poco después, una sucesión de sublevaciones comenzó en Galicia y se extendió por toda España. Fernando VII se vio obligado a jurar la Constitución en Madrid el 10 de marzo de 1820, con la histórica frase:
Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional.
Comenzó así el Trienio Liberal o Constitucional.

Durante el Trienio, se propusieron medidas en contra del absolutismo y se suprimen la Inquisición y los señoríos. Sin embargo, aunque el rey aparentaba acatar el régimen constitucional, conspiraba secretamente para restablecer el absolutismo (Regencia de Urgel; sublevación de la Guardia Real en julio de 1822, sofocada por la Milicia Urbana de Madrid). Finalmente, la intervención del ejército francés de los Cien Mil Hijos de San Luis, bajo los auspicios de la Santa Alianza, restableció la monarquía absoluta en España (octubre de 1823). Se eliminaron todos los cambios del Trienio liberal; por ejemplo, se restablecieron los privilegios de los señoríos y mayorazgos, con la única excepción de la supresión de la Inquisición.

Se inició así su última época de reinado, la llamada Década Ominosa (1823-1833), en la que se produjo una durísima represión de los elementos liberales, acompañada del cierre de periódicos y universidades. La Real Cédula de 1 de agosto de 1824 prohibió «absolutamente» en España e Indias las sociedades de francmasones y otras cualesquiera secretas. Al mismo tiempo se registraron levantamientos absolutistas instigados por el clero y por los partidarios del infante Carlos Marí  Isidro, hermano de Fernando, que se perfilaba como sucesor.

También se consumó la práctica desaparición del Imperio español. En un proceso paralelo al de la Península tras la invasión francesa, la mayor parte de los territorios americanos declararon su independencia y comenzaron un tortuoso camino hacia repúblicas liberales (Santo Domingo también declaró su independencia pero poco después fue ocupada por Haití). Sólo las islas caribeñas de Cuba y Puerto Rico, junto con las Filipinas, las Marianas (incluyendo Guam) y las Carolinas, en el Pacífico, permanecían bajo el dominio de España.

En 1829 una expedición partió desde Cuba con la intención de reconquistar México al mando del almirante Isidro Barradas. La empresa acabó finalmente derrotada por las tropas mexicanas.
Durante su reinado otorgó entre títulos de España y títulos de Indias: 123 títulos nobiliarios, de los cuales 22 fueron Grandes de España.

Sucesión de Fernando VII


Fernando VII con el hábito de la Orden del Toisón de Oro. Vicente López Portaña.
1831. Palacio de España en Roma.
El 31 de marzo de 1830 Fernando promulgó la Pragmática Sanción, aprobada el 30 de septiembre de 1789, bajo Carlos IV pero que no se había hecho efectiva por razones de política exterior. La Pragmática establecía que si el rey no tenía heredero varón, heredaría la hija mayor. Esto excluía, en la práctica, al infante Don Carlos María Isidro de la sucesión, por cuanto ya fuese niño o niña quien naciese sería el heredero directo del rey. De esta forma, su hija Isabel (la futura Isabel II), nacida poco después, se veía reconocida como heredera de la corona, con gran disgusto de los partidarios de don Carlos, el hermano del rey.

En 1832, hallándose el rey enfermo de gravedad en La Granja, cortesanos partidarios del infante consiguieron que Fernando VII firmara un Decreto derogando la Pragmática. Con la mejoría de salud del Rey, el Gobierno de Francisco Cea Bermúdez, la puso de nuevo en vigor. Tras ello, Don Carlos marchó a Portugal. Entre tanto, María Cristina, nombrada regente durante la grave enfermedad del rey (la heredera Isabel apenas tenía tres años en ese momento), inició un acercamiento hacia los liberales y concedió una amplia amnistía para los liberales exiliados, prefigurando el viraje político hacia el liberalismo que se produciría a la muerte del rey. Fernando murió en 1833 sin hijos varones, había tenido otra hija la infanta Luisa Fernanda. El infante don Carlos, junto a otros realistas que consideraban que el legítimo heredero era el hermano del rey y no su hija primogénita, se sublevaron y empezó la Primera Guerra Carlista. Con ello hizo su aparición el carlismo.

Matrimonios y descendencia

Fernando VII contrajo matrimonio en cuatro ocasiones:
  • En 1802 se casó con su prima María Antonia de Nápoles (1784-1806), hija de Fernando IV de Nápoles y María Carolina de Austria. María Antonia sufrió dos abortos, y no hubo descendencia.
  • En 1816 Fernando se casó en segundas nupcias con su sobrina María Isabel de Braganza, Infanta de Portugal (1797-1818), hija de su hermana mayor Carlota Joaquina y de Juan VI de Portugal. Dio a luz a una hija que vivió poco más de cuatro meses. Poco después, estando de nuevo embarazada, falleció. Modesto Lafuente dice que murió de un ataque de alferecía y fue el primero que se hizo eco de los rumores a que dio origen el suceso: hallándose en avanzado estado de gestación y suponiéndola muerta, los médicos procedieron a extraer el feto, momento en el que la infortunada madre profirió un agudo grito de dolor que demostraba que todavía estaba viva.
    • María Isabel Luisa (21 de agosto de 1817-9 de enero de 1818).
    • Un aborto (26 de diciembre de 1818).
  • En 1819 se casó por tercera vez con María Josefa Amalia de Sajonia (1803-1829), hija de Maximiliano de Sajonia y Carolina de Borbón-Parma. No tuvieron descendencia.
  • Finalmente, en 1829, se casó con otra de sus sobrinas, María Cristina de las Dos Sicilias (1806-1878), hija de su hermana menor María Isabel de Borbón y Francisco I de las Dos Sicilias. Tuvieron dos hijas:
    • Isabel II (1830-1904), reina de España (1833-1868).
    • Luisa Fernanda (1832-1897), infanta de España, casada con el duque de Montpensier.

Personalidad de Fernando

No parece que el rey fuese agraciado físicamente. En los retratos de Fernando VII realizados por Goya y otros artistas –es lógico pensar que los artistas intentasen favorecer en lo posible a los retratados– se ve a un hombre más bien obeso, con un labio superior deprimido, maxilar inferior prognatado, frente prominente, nariz grande, carnosa y curvada, y ojos pequeños y estrábicos. Sus contemporáneos le asignaban una estatura "media", lo que para aquellos años significa unos 165 cm. Sufría de gota, (se cree que comía demasiado, especialmente carnes rojas).

Más difícil resulta describir la psique del monarca y sus virtudes y defectos. Salvo los panegíricos descaradamente adulatorios, la valoración generalizada de historiadores y cronistas de las cualidades del Deseado es muy desfavorable, si no claramente pésima. Estaba dotado de una inteligencia normal, no exenta de astucia y viveza, pero su carácter parece haber estado sometido a la cobardía, a la doblez, y a una suerte de egoísmo hedonista. Uno de sus críticos más implacables fue el diplomático e historiador marqués de Villaurrutia, quien afirma que desde pequeño, el rey mostró ser insensible al cariño de sus padres o cualquier otra persona, cruel y taimado; y como rey, y a pesar de "no haber habido nunca un monarca más deseado", fue cobarde, vengativo, despiadado, ingrato, desleal, mentiroso, mujeriego y cazurro... y en fin, desprovisto de cualquier aptitud para ser rey.

Autores como Comellas o Marañón, que han trabajado para comprender mejor el reinado de Fernando VII y ofrecer una visión ecuánime de su actuación y personalidad, no difieren mucho de las opiniones anteriores. Marañón dice del monarca que era «si no inteligente, pillo al menos». Comellas le define como una persona vulgar sin imaginación, «arrestos» ni ideas brillantes, y citando a testigos señala que todos los días despachaba con sus ministros, aunque ya bien entrada la tarde; para este autor sería una persona sencilla, apacible, bienhumorada y hogareña (a pesar de sus continuas infidelidades), capaz de conmoverse ante la necesidad de los más humildes y sensible a atrocidades como la tortura (una de sus primeras decisiones como rey fue la abolición del tormento), cualidades estas que ni eran suficientes para sustituir la necesidad que la nación tenía de un monarca muy distinto a Fernando. La virtud más reconocida aún por sus enemigos, era la sencillez y campechanía, aunque a menudo esta sencillez caía en lo meramente soez y chabacano.

A pesar de las ocasionales muestras de generosidad con los más necesitados señaladas por Comellas –y que alimentaban el amor que el pueblo llano sentía por el Deseado–, y a pesar de la forma metódica con que despachaba con su gabinete, se le achaca una falta de interés por los asuntos de Estado, que prefería abandonar en sus ministros, y que supeditaba a su codicia o interés personal: Ángel Fernández de los Ríos señala que Fernando VII tenía antes de su muerte 500 millones de reales depositados en el Banco de Londres, al tiempo que la deuda nacional había aumentado durante su reinado en 1 745 850 666 reales.

Dando por buenas las peores acusaciones, el psiquiatra e historiador Luis Mínguez Martín, reconoce en Fernando VII un «encanto superficial, labia y una actitud seductora y acomodaticia» que ocultaba una personalidad disocial, antisocial o psicopática, manifestada en «el desprecio hacia los derechos y sentimientos de los demás, el cinismo y el engaño, la mentira y la manipulación, la falta de responsabilidad social y de sentimientos de culpa y los mecanismos proyectivos».

Fernando era un hombre cultivado, amante de la música y el teatro, aficionado a la lectura y hábil guitarrista, y a pesar de todo lo dicho más arriba, el Deseado fue amado por el pueblo llano. Era muy sociable, le gustaban las fiestas, sus aficiones eran de lo más mundano y prefería rodearse de gente ordinaria y vulgar. Detestaba la caza (al contrario que su padre), y su mayor afición eran los toros: se hacía querer por la plebe.

Fernando VII y las artes y las ciencias

El rey Fernando VII tuvo la suerte de contar con buenos pintores y mantuvo el mecenazgo borbónico hacia artistas como Francisco de Goya, Vicente López Portaña o José Madrazo. Según Mesonero Romanos, aún "acudía en los últimos días de su existencia, trémulo y fatigoso, a la solemne repartición de premios de la Real Academia de San Fernando."
Apoyado por su segunda esposa, Isabel de Braganza, Fernando retomó la idea de José I de crear un Museo Real de Pinturas, y decidió convertir en tal el edificio que Juan de Villanueva había creado como Gabinete de Historia Natural. Gracias a su iniciativa y financiación personal nacía así el actual Museo del Prado, inaugurado en presencia del propio monarca y su tercera esposa el 19 de noviembre de 1819.
A pesar del supuesto deterioro de la ciencia española y de la fuga de científicos importantes durante su reinado, se deben a Fernando VII una serie de capitales iniciativas. En 1815 ordenó la restauración del Observatorio Astronómico, muy dañado durante la Francesada. También se reestructuró en aquel tiempo el Real Gabinete de Máquinas en el llamado Conservatorio de Artes.
Por otra parte, Fernando VII es el protagonista de algunas célebres novelas históricas, como Memoria secreta del hermano Leviatán (1988) de Juan Van-Halen y El rey felón (2009) de José Luis Corral.

Anecdotario

El monarca protagonizó numerosas anécdotas, algunas de las cuales han calado en el acervo popular español:
  • Según Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales, cuando Napoleón se hubo escapado de la isla de Elba y regresado a Francia, el ayuda de cámara, nervioso, no acertaba a vestir a Fernando para la reunión del gabinete convocada para tratar el problema, y el rey dijo: «Vísteme despacio, que tengo prisa».
  • Mesonero Romanos cuenta que, en 1818, con motivo de su visita a la Exposición Pública de Industria Española, cuando los fabricantes de telas catalanes le mostraron su género pidiendo medidas proteccionistas, el rey exclamó "¡Bah! Todas estas son cosas de mujeres". Y se fue a dar un paseo por el Retiro.
  • El rey era un gran aficionado al billar, y solía jugar con los miembros de su camarilla. Estos, deseosos de agradar al soberano, procuraban siempre fallar sus golpes y hacer que las bolas quedasen en inmejorable situación para que el monarca hiciese sucesivas carambolas. De ahí proviene la frase hecha "Así se las ponían a Fernando VII".
  • Fernando VII de España mantuvo una gran complicidad con su confesor, el presbítero canario Cristóbal Bencomo y Rodríguez. Esto se deduce de los numerosos títulos que le otorgó el Rey, entre los que destacan: el de miembro del consejo y cámara de Castilla, Inquisidor general de España (cargo rechazado por el propio Bencomo), y la Gran Cruz de la Orden de Carlos III.
  • Además, cuando Fernando VII retornó a Madrid tras las Abdicaciones de Bayona, reclamó la presencia en la corte de su confesor y ordenó desplazar a la isla de Tenerife un navío de guerra con el solo propósito de trasladarlo de regreso a la corte.
  • Fuente:


 
 
 

En 1802 se casó con su prima María Antonia de Nápoles (1784-1806), hija de Fernando IV de Nápoles y María Carolina de Austria. María Antonia sufrió dos abortos, y no hubo descendencia.

María Antonia de Nápoles


María Antonia de Nápoles (14 de diciembre de 1784, Palacio Real de Caserta, Nápoles - 21 de mayo de 1806, Palacio Real de Aranjuez, España) fue Princesa de Asturias como primera esposa de Fernando, Príncipe de Asturias (futuro rey Fernando VII).

María Antonia era la hija menor del rey Fernando IV de Nápoles y de su esposa María Carolina de Austria, hija de la emperatriz María Teresa). Recibió ese nombre en honor a la hermana favorita de su madre, la desafortunada Reina María Antonieta de Francia. Un testigo la describió con las siguientes palabras: "la Princesa de Asturias es una digna nieta de María Teresa de Austria, y parece haber heredado su carácter así como sus virtudes."
   
María Antonia de Nápoles contrajo matrimonio con Fernando, príncipe de Asturias, el 10 de octubre de 1802 en Barcelona, al mismo tiempo que su hermano mayor, el príncipe heredero Francisco de Nápoles, se casaba con la infanta María Isabel de Borbón. Guiada por su madre desde Nápoles, María Antonia alentó a su esposo a enfrentarse a Manuel Godoy y a la reina María Luisa, con quien la Princesa mantuvo una mala relación personal. Al mismo tiempo, la Princesa de Asturias buscó apoyo para la causa del príncipe Fernando en la Corte Española.

La princesa falleció prematuramente el 21 de mayo de 1806 a las cuatro de la tarde en el Palacio Real de Aranjuez, a causa de tuberculosis. Se estableció luto general en el reino por espacio de 6 meses. No tuvo hijos con Fernando porque dos embarazos (en 1804 y 1805) terminaron en abortos.

Hubo rumores por aquel entonces que decían que María Antonia murió envenenada por Manuel Godoy y la reina María Luisa, aunque todo indica que esto es falso. Sin embargo, su madre, la reina María Carolina de Nápoles, estaba convencida de que María Antonia había sido envenenada.

Distinciones honoríficas

  • Order of Queen Maria Luisa (Spain) - ribbon bar.png Dama de la Orden de las Damas Nobles de la Reina María Luisa.


En 1816 Fernando se casó en segundas nupcias con su sobrina María Isabel de Braganza, Infanta de Portugal (1797-1818), hija de su hermana mayor Carlota Joaquina y de Juan VI de Portugal. Dio a luz a una hija que vivió poco más de cuatro meses. Poco después, estando de nuevo embarazada, falleció. Modesto Lafuente dice que murió de un ataque de alferecía y fue el primero que se hizo eco de los rumores a que dio origen el suceso: hallándose en avanzado estado de gestación y suponiéndola muerta, los médicos procedieron a extraer el feto, momento en el que la infortunada madre profirió un agudo grito de dolor que demostraba que todavía estaba viva.

María Isabel Luisa (21 de agosto de 1817-9 de enero de 1818).


María Isabel de Braganza


María Isabel de Portugal, María Isabel de Braganza y Borbón, (Queluz, 19 de mayo de 1797 – Aranjuez, 26 de diciembre de 1818) fue reina consorte de España, segunda esposa de Fernando VII.

Fue hija primogénita del rey Juan VI de Portugal y de su esposa, la reina Carlota Joaquina que fue hija del rey Carlos IV de España.
    
El matrimonio entre el rey Fernando y su sobrina Isabel de Portugal, celebrado en 1816, se decidió con el objetivo de reforzar las relaciones entre España y Portugal. Por el mismo motivo también se concertó el matrimonio entre el infante Carlos María Isidro, hermano del rey Fernando, con la princesa María Francisca de Portugal, hermana de Isabel.

La reina Isabel destacó por su cultura y afición por el arte. De ella partió la iniciativa de reunir las obras de arte que habían atesorado los monarcas españoles y crear un museo real, el futuro Museo del Prado. Fue inaugurado el 19 de noviembre de 1819, un año después de su muerte.

El 21 de agosto de 1817, Isabel de Portugal dio a luz una hija que falleció a los cuatro meses.
La reina Isabel falleció un año después en el Palacio Real de Aranjuez por las complicaciones de su segundo parto que había venido precedido de un embarazo difícil. El alumbramiento fue extremadamente laborioso; en un momento dado la reina perdió el conocimiento sin recuperarlo y los médicos la creyeron muerta. Decidieron entonces practicarle una cesárea para extraerle el bebé, una niña muerta. Según el cronista Villaurrutia: «al extraer la niña que llevaba en su seno y que nació sin vida, lanzó la madre tal grito, que manifestaba que no había muerto aún, como creían los médicos, los cuales hicieron de ella una espantosa carnicería».

Por su parte, Modesto Lafuente sostenía que murió de un ataque de alferecía, (síncope) y fue el primero que se hizo eco de los rumores a que dio origen el desafortunado suceso: «hallándose en avanzado estado de gestación y suponiéndola muerta, los médicos procedieron a extraer el feto, momento en el que la infortunada madre profirió un agudo grito de dolor que demostraba que todavía estaba viva».

Los restos de Isabel de Portugal reposan en el panteón de Infantes del Monasterio de El Escorial, no en el Panteón de los Reyes, ya que éste tradicionalmente ha quedado reservado a las reinas consortes que han sido madres de rey.

Su figura protagoniza la novela Los espejos de Fernando VII (2001) de María Pilar Queralt del Hierro.

Distinciones honoríficas

  • Order of Queen Maria Luisa (Spain) - ribbon bar.png Dama de la Orden de las Damas Nobles de la Reina María Luisa (Reino de España, 10/11/1801).
  • Ordine di Santa Isabella.png Dama de la Real Orden de Santa Isabel (para damas) (Reino de Portugal, 25/04/1804).[6]
  • PRT Ordem de Nossa Senhora da Conceicao de Vila Vicosa Cavaleiro ribbon.svg Dama gran cruz de la Orden de Nuestra Señora de la Concepción de Villaviciosa (Reino de Portugal, 06/02/1818).
  • Order Saint Catherine.png Dama de la Orden de Santa Catalina (Imperio Ruso)

Busto de Mª Isabel de Braganza.
José Ginés. Mármol. 2ª mitad s. XIX.
 Museo de la Real Academia de Bellas Artes
de San Fernando. Foto: Pessoas en Madrid.






En 1819 se casó por tercera vez con María Josefa Amalia de Sajonia (1803-1829), hija de Maximiliano de Sajonia y Carolina de Borbón-Parma. No tuvieron descendencia.

María Josefa Amalia de Sajonia


María Josefa Amalia de Sajonia (Dresde, 6 de diciembre de 1803-Aranjuez, 18 de mayo de 1829) (de nombre completo: Maria Josepha Amalia Beatrix Xaveria Vincentia Aloysia Franziska de Paula Franziska de Chantal Anna Apollonia Johanna Nepomucena Walburga Theresia Ambrosia) fue reina consorte de España y tercera esposa de Fernando VII.
    
Era hija del príncipe Maximiliano de Sajonia y la princesa Carolina de Borbón-Parma (prima de su futuro esposo). A los tres meses de edad falleció su madre y su padre envió a María Josefa Amalia a un convento junto al río Elba, lugar que abandonaría solo para contraer matrimonio. Se casó con el rey Fernando VII, viudo y sin hijos, el 20 de octubre de 1819.

La pacata educación que había recibido la reina María Josefa Amalia en el convento y su inexperiencia (contrajo matrimonio con dieciséis años de edad) dieron lugar a que, horrorizada, se negara a mantener contacto íntimo alguno con el monarca. Fue necesaria una carta personal enviada por el papa Pío VII para poder convencer a la joven reina de que las relaciones íntimas entre esposos no eran contrarias a la moral del catolicismo así como necesarias para la procreación de descendencia.

María Josefa Amalia falleció prematuramente de fiebres graves en el Palacio Real de Aranjuez. No tuvo hijos. Su cuerpo reposa en el Panteón de Infantes del Monasterio del Escorial, pues tradicionalmente el Panteón de los Reyes está reservado a las reinas que han tenido descendencia.
La reina María Josefa Amalia fue una joven devota y aficionada a la poesía. Su figura y los curiosos hechos que hicieron precisa la intervención del Papa, a fin de que consintiera en consumar el matrimonio con el rey Fernando VII, son el sustrato de la novela Los espejos de Fernando VII (2001) de María Pilar Queralt del Hierro.

Distinciones honoríficas

  • Order of Queen Maria Luisa (Spain) - ribbon bar.png Dama de la Orden de las Damas Nobles de la Reina María Luisa.


Finalmente, en 1829, se casó con otra de sus sobrinas, María Cristina de las Dos Sicilias (1806-1878), hija de su hermana menor María Isabel de Borbón y Francisco I de las Dos Sicilias.

María Cristina de Borbón-Dos Sicilias


María Cristina de Borbón-Dos Sicilias (Palermo, 27 de abril de 1806 - Sainte-Adresse, 22 de agosto de 1878) fue reina consorte de España por su matrimonio con Fernando VII en 1829 y regente del Reino entre 1833 y 1840, durante una parte de la minoría de edad de su hija Isabel.

Sus padres fueron Francisco I de las Dos Sicilias (1777-1830) rey de las Dos Sicilias entre 1825 y 1830 y la infanta María Isabel de Borbón (1789-1848) hija de Carlos IV de España. Contrajo matrimonio en Aranjuez el 11 de diciembre de 1829 con su tío Fernando VII, convirtiéndose en reina de España.     

Regencia

Fernando VII murió en 1833. El rey la había nombrado en su testamento gobernadora del Reino, cargo en el que sería confirmada por las Cortes constituyentes en 1836. El 28 de diciembre del mismo año en que quedó viuda, contrajo matrimonio morganático en secreto con un sargento de su guardia de corps, Agustín Fernando Muñoz y Sánchez. Esta relación no fue bien vista por la sociedad de la época. El sacerdote recién ordenado Marcos Aniano González, amigo del novio, celebró el enlace y siguió íntimamente ligado a la familia durante casi tres lustros en tanto que capellán de Palacio y único confesor de María Cristina.

Su hija y heredera al trono tenía solo 3 años y actuó como regente del Reino durante los siguientes siete años, hasta 1840. Durante este tiempo hizo necesarias contribuciones sociales, como el auxilio que procuró a la costa onubense en 1834 después de una epidemia de cólera. En agradecimiento, el ayuntamiento de la Real Isla de la Higuerita solicitó y obtuvo su cambio de denominación a Isla Cristina.

También contaba con enemigos, siendo el más famoso su tío y cuñado Carlos María Isidro de Borbón quien, negándose a acatar la Pragmática Sanción de 1830, afirmaba ser el legítimo heredero al trono e inició la que se conoce como Primera Guerra Carlista que finalizó en 1839 con el Abrazo de Vergara.

Exilio

Tras varios intentos fallidos de conciliar las tendencias políticas entre progresistas y moderados, María Cristina se vio obligada a ceder la regencia a Baldomero Espartero y exiliarse. Salió del país el 17 de octubre de 1840 en el vapor Mercurio. Aun así, desde Marsella anunció que había sido forzada a renunciar y se trasladó a Roma, donde por el aquel entonces el papa Gregorio XVI le dio la bendición a su matrimonio morganático. Se instaló también en París, gracias al apoyo financiero de Francisco, conde de Luzárraga, y desde allí intrigó —junto a sus más fieles— contra el gobierno esparterista hasta su derrocamiento y posterior nombramiento de su hija a sus 13 años como la reina Isabel II. Una de las cuestiones más importantes durante este periodo fue la educación de las princesas, en una pugna entre el personal de la casa real impuesto por Espartero y el resto, proclive a la regente, como fue la marquesa de Santa Cruz.

En febrero de 1844 volvió a Madrid (aunque se volvería a ir durante un breve periodo de tiempo en 1847) y se instaló en el palacio de las Rejas, desde donde intentó controlar la política de su hija. En 1846, la reina participó en un intento de restauración de la monarquía en Ecuador a petición expresa del presidente Juan José Flores. Este plan de dos fases consistía primero en que su hijo Agustín Muñoz y Borbón se convirtiera en príncipe de Ecuador y, más tarde, en restaurador de la monarquía española en Perú y Bolivia, uniendo los tres países bajo una sola nación a la que llamarían Reino Unido de Ecuador, Perú y Bolivia. Cuando todo estaba organizado, la intentona fue denunciada y los planes se vinieron abajo.

Junto a su marido, inició negocios relacionados con la sal, el ferrocarril y el comercio negrero —en los que también participaba Narváez— y se decía que «no había proyecto industrial en el que la Reina madre no tuviera intereses.» Como consecuencia, María Cristina se ganó más antipatía del pueblo -avivada por su yerno- y en 1854 fue expulsada de España y le fue retirada la pensión vitalicia que le habían concedido las Cortes.

Permaneció en Francia el resto de su vida y solo volvió a España cuando su nieto Alfonso XII ocupó el trono, si bien con la limitación de no poder instalar su residencia definitiva en el país. Como curiosidad, cabe destacar que ni su hija ni su nieto tuvieron buena relación con ella, debido a que no vieron con buenos ojos su segundo matrimonio.

Muerte

Murió en el exilio y fue enterrada, posteriormente, en el Monasterio de El Escorial.

Descendencia

Primer matrimonio

De su primer matrimonio, con el rey Fernando VII, tuvo dos hijas:
  • Isabel II (1830–1904), reina de España.
  • María Luisa Fernanda de Borbón (1832–1897), infanta de España, casada con el duque de Montpensier.

Segundo matrimonio

De su segundo matrimonio, con Agustín Fernando Muñoz y Sánchez, I duque de Riánsares y I marqués de San Agustín, tuvo ocho hijos, a los que la reina Isabel II concedió títulos nobiliarios entre 1847 y 1849:
  • María de los Desamparados Muñoz y de Borbón, I condesa de Vista Alegre (1834 - 1864).
  • María de los Milagros Muñoz y de Borbón, I marquesa de Castillejo (1835 - 1903).
  • Agustín María Muñoz y de Borbón, duque de Tarancón, I vizconde de Rostrollano y príncipe de Ecuador (1837 - 1855).
  • Fernando María Muñoz y de Borbón, I vizconde de la Alborada y I conde de Casa Muñoz; II duque de Riánsares, II duque de Tarancón y II vizconde de Rostrollano (1838 - 1910).
  • María Cristina Muñoz y de Borbón, marquesa de la Isabela y vizcondesa de la Dehesilla (1840 - 1921).
  • Antonio de Padua Muñoz y de Borbón (1842 - 1847).
  • Juan Muñoz y de Borbón, I conde del Recuerdo, I vizconde de Villarrubio y II duque de Montmorot en Francia (1844 - 1863).
  • José María Muñoz y de Borbón, I conde de Gracia y I vizconde de la Arboleda (1846 - 1863).

Distinciones honoríficas

  • Order of Queen Maria Luisa (Spain) - ribbon bar.png Dama de la Orden de las Damas Nobles de la Reina María Luisa (Reino de España, 04/05/1826).
  • PRT Ordem de Nossa Senhora da Conceicao de Vila Vicosa Cavaleiro ribbon.svg Dama gran cruz de la Orden de Nuestra Señora de la Concepción de Villaviciosa (Reino de Portugal, 23/06/1834).









María Cristina de Borbón-Dos Sicilias fotografiada alrededor
de 1870 en el taller de Pierre Louise Pierson y Léopold Ernest Mayer.


 

Isabel II de España

 
Isabel II de España, llamada «la de los Tristes Destinos» o «la Reina Castiza» (Madrid, 10 de octubre de 1830-París, 9 de abril de 1904), fue reina de España entre 1833 y 1868, gracias a la derogación del Reglamento de sucesión de 1713 (comúnmente denominado «Ley Sálica» aunque, técnicamente, no lo fuera) por medio de la Pragmática Sanción de 1830. Esto provocó la insurgencia del infante Carlos María Isidro, tío de Isabel II, quien, apoyado por los grupos absolutistas (los denominados «carlistas») ya había intentado proclamarse rey durante la agonía de su hermano Fernando VII.
                           
La futura Isabel II fue bautizada María Isabel Luisa; era hija del Rey Fernando VII y de su cuarta esposa, su sobrina María Cristina de Borbón-Dos Sicilias.

Su padre había estado casado anteriormente en tres ocasiones, pero ninguna de sus esposas le había dado descendencia que le pudiese suceder; por ello cuando ella nació en 1830, muchos albergaron esperanzas en la joven infanta. El rey Fernando VII, para favorecer la posición de su hija, en detrimento de su hermano Carlos María Isidro, promulgó la Pragmática Sanción de 1830. Esta Ley se limitó a publicar el texto aprobado por las Cortes en 1789, conocido como la Pragmática Sanción de 1789, y que, restaurando el sistema de sucesión tradicional en España, permitía a Isabel sucederle tras su fallecimiento, si el soberano fallecía sin hijos varones (Isabel tendría una hermana, la infanta Luisa Fernanda, nacida en 1832). Isabel II ascendió al trono de España el 29 de septiembre de 1833 tras la muerte de su padre, sin haber cumplido todavía los tres años de edad, motivo por el cual fue necesario nombrar a su madre regente del reino.

Su nacimiento y posterior ascensión al trono provocó el inicio de un largo conflicto dinástico, pues su tío, el infante Carlos María Isidro de Borbón, hasta entonces primero en la sucesión a la corona, no aceptó que Isabel fuese nombrada Princesa de Asturias y luego Reina de España. La oposición del infante Carlos a la Pragmática Sanción condujo a este al exilio en el extranjero. La división entre isabelinos y carlistas acabó provocando la Primera Guerra Carlista.

Durante los primeros años de su reinado, mientras Isabel era una niña, la regencia fue asumida por su madre, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias; su regencia duraría hasta 1840 y coincidiría con Primera Guerra Carlista (1833-1840). Desde el 17 de octubre de 1840 hasta el 23 de julio de 1843 la regencia fue asumida por el general Baldomero Espartero, que finalmente también fue obligado a abandonar el cargo. Con el propósito de evitar una tercera regencia, quedó decidido adelantar la mayoría de edad de la reina de los 14 a los 13 años, por lo que el 8 de noviembre de 1843, con sólo trece años, Isabel fue declarada mayor de edad.

Matrimonio y descendencia



Isabel II en 1852, retratada junto a su hija Isabel.
Cuando Isabel II contaba 16 años, el Gobierno arregló un matrimonio con su primo, el infante don Francisco de Asís de Borbón, duque de Cádiz. Los cónyuges eran primos carnales por vía doble, pues el padre de él, el infante Francisco de Paula, era hermano de Fernando VII, mientras que su madre, Luisa Carlota de Borbón-Dos Sicilias, era hermana de la regente María Cristina. El matrimonio hizo aguas muy pronto, y nunca sería feliz.

La boda de la Reina fue una cuestión de importancia nacional e internacional, ya que los diferentes países europeos maniobraron para que la nacionalidad del nuevo Rey no perjudicase sus alianzas e intereses. Hubo numerosos candidatos rechazados en su mayoría por diferentes grupos de presión. Así los carlistas moderados propusieron a Carlos Luis de Borbón y Braganza, conde de Montemolín, hijo de Carlos María Isidro, que había abdicado para facilitar el enlace. Montemolín fue rápidamente descartado por los liberales. El general Narváez propuso a Francisco de Paula de las Dos Sicilias, conde de Trápani, al que vetaron los progresistas, que preferían al infante Enrique, duque de Sevilla. María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, madre de la reina, propuso a Leopoldo de Sajonia-Coburgo-Saalfeld, pariente de la reina Victoria, y Luis Felipe de Francia apoyó las candidaturas de cualquiera de sus hijos Enrique de Orleans, duque de Aumale o Antonio, duque de Montpensier, que acabó casándose con la infanta Luisa Fernanda de Borbón, hermana de Isabel II.

Rápidamente Francia e Inglaterra, en la Conferencia de Eu, renunciaron a sus candidatos y exigieron a Isabel II que se casase con un Borbón. Finalmente se optó por Francisco de Asís de Borbón, que era tenido por ser un hombre apocado y de poco carácter, que no iba a interferir en política.
La boda se celebró el 10 de octubre de 1846 en el Salón del Trono del Palacio Real de Madrid, el mismo día que Isabel cumplía 16 años. Fue una boda doble, pues al mismo tiempo su hermana, la infanta Luisa Fernanda de Borbón, contrajo matrimonio con el príncipe Antonio de Orleans, Duque de Montpensier e hijo menor de Luis Felipe I de Francia.

Oficialmente, Isabel II y Francisco de Asís fueron padres en doce ocasiones, aunque varios embarazos acabaron en abortos o los neonatos fallecieron al cabo de muy poco tiempo.

Reinado 

Isabel II reinó durante un período de transición en España en el que la monarquía cedió más poder político al parlamento, pero puso continuas trabas a la participación de los ciudadanos en asuntos de gobierno. En el terreno de la lucha por las libertades democráticas su reinado fue un fracaso; también se falsearon las instituciones y se propagó la corrupción electoral. Ningún partido que hubiera organizado unas elecciones las perdió en ese periodo. Si hubo cambios fue por la interferencia de una casta militar que cambiaba gobiernos a base de pronunciamientos o golpes de estado de uno u otro signo. Según autores como Jesús Cruz, el reinado de Isabel II se podría catalogar como uno de los más corruptos en la historia de España.
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Fácilmente manipulada por sus ministros y por la «camarilla» religiosa de la corte (compuesta principalmente por el padre Claret, su confesor, el padre Fulgencio, confesor de su marido, y sor Patrocinio), la Reina interfería con frecuencia en la política de la nación (en una ocasión llegó a postularse como presidenta del gobierno), lo que la hizo impopular entre los políticos y acabó por causar su final al dar paso a la Revolución de 1868. A ello contribuyeron sobre todo episodios como el de la noche de San Daniel (10 de abril de 1865): en momentos de enorme crisis económica, la reina, cuya generosidad personal estaba fuera de toda polémica, dispuso que se enajenasen bienes del real patrimonio para el socorro de la nación; el líder republicano, Emilio Castelar, en el artículo periodístico titulado El rasgo, declaró que en realidad Isabel II, agobiada por las deudas, se reservaba un 25% del producto de la venta de unos bienes que, en su mayor parte, no eran suyos, sino de la nación; el gobierno ordenó la destitución y expulsión de Castelar como profesor universitario, lo que provocó asimismo la dimisión del rector de la Universidad Central; las manifestaciones estudiantiles en apoyo de los dimitidos culminaron el 10 de abril con la Guardia Civil veterana en la calle: once muertos y 193 heridos, incluyendo ancianos, mujeres y niños transeúntes.
 
No obstante, durante el reinado de Isabel II, España se modernizó notablemente gracias al tendido de muchas líneas de ferrocarril, siendo la primera en la península la que conectaba Mataró con Barcelona. Sin embargo, la creación de la red ferroviaria sirvió a muchos personajes de la clase dominante para enriquecerse, como la madre de la propia Reina, María Cristina, o el Marqués de Salamanca, un banquero malagueño que no sólo obtuvo con la aquiescencia de la Corona y el Parlamento toda una serie de concesiones (129 millones de subvención en 1853-1854), sino que, al mismo tiempo, vendió al gobierno la línea Madrid-Aranjuez por más de 60 millones y la volvió a recibir de éste en arrendamiento, sin licitación previa, por un millón y medio al año, que nunca llegó a pagar.

La fiebre especuladora tenía poco que ver con la realidad del país. El balance de lo realizado hasta 1856 se reducía a la línea Barcelona-Mataró (1848), la de Madrid-Aranjuez (que al fin y al cabo era un negocio privado del Marqués de Salamanca), la de Gijón-Langreo (un negocio privado del Duque de Riánsares, marido de la Reina María Cristina) y la de Valencia-Játiva. Además, la difícil orografía española obligó a adoptar un ancho de vía distinto al europeo y se abandonó la adecuación de una red de caminos que facilitase el acceso a las estaciones, lo que, sumado a las elevadas tarifas del transporte ferroviario, condujo muy pronto a las pérdidas en el negocio.

Se llevaron a cabo también importantes obras hidráulicas como el Canal de Isabel II, impulsado por los ministros Juan Bravo Murillo y Manuel Alonso Martínez. El esfuerzo realizado durante todo su reinado en torno a las obras públicas, centrado sobre todo en tres áreas: trazado de carreteras y sus correspondientes puentes, la señalización de costas y la construcción de líneas de ferrocarril, fue de tal envergadura que desde las esferas gubernamentales, y gracias a la orientación del ingeniero Lucio del Valle, se concibió la idea de enviar a la Exposición Universal que se preparaba en París para 1867, una serie de fotografías que mostraran en Europa la carrera por la modernización que había iniciado España, un encargo recayó en los fotógrafos Jean Laurent y José Martínez Sánchez.

El 2 de febrero de 1852, el cura Martín Merino y Gómez intentó acabar con la vida de la Reina clavándole un estilete en el costado, cuando ésta se encontraba en la Basílica de Nuestra Señora de Atocha, poco después de haber dado a luz a su hija Isabel. La reina se recuperó en pocos días y el cura fue ejecutado tras un rápido juicio en el que se dictaminó que había actuado en solitario y por iniciativa propia.

Isabel II reabrió las Universidades cerradas por su padre, pero el panorama educativo de su reinado también resultaba desolador: en 1855 había en España 6000 pueblos sin escuela, en 1858 existían sólo 53 institutos de secundaria, con unos 10 000 alumnos (cinco veces menos que en Francia, con la mitad de población), y había sólo 6104 alumnos en las diez universidades españolas (Oviedo y Salamanca tenían 100 en sus cuatro facultades); más de la mitad (3472) estudiaba Derecho. Los equipamientos culturales eran muy pobres: en 1859 había en España 56 bibliotecas públicas, el único punto de acceso al libro de la mayoría de sus habitantes. La de Bilbao disponía sólo de 854 volúmenes impresos; la de Santander, de 610; la de Segovia, de 194; la de Huelva, de 60. Las únicas mejoras que se intentaron en la enseñanza, como las del grupo de docentes formado en torno a Julián Sanz del Río, inspiradas en el krausismo, no fueron toleradas: la reacción neocatólica que supuso el Syllabus del Papa Pío IX llevó al ministro Manuel Orovio Echagüe (1867) a poner trabas a la libertad de cátedra y a exigir manifestaciones de adhesión a la Reina que acabaron con la expulsión de la universidad de esos profesores.
La industrialización se llevó a cabo en un país desarticulado, donde el desarrollo se daba sobre todo en la periferia (Cataluña, Málaga, Sevilla, Valladolid, Béjar, Alcoy, etc.) por obra de grupos de empresarios sin capacidad para influir en la actuación de unos dirigentes que no sólo no los apoyaban, sino que los veían con desconfianza.

En 1834, cuando Isabel II acaba de subir al trono, la Armada Española prácticamente no existía; consistía solamente en tres navíos inútiles, cinco viejas fragatas y veinte unidades auxiliares. En 1820 se propuso construir el primer barco a vapor pero esa resolución no se llevó a la práctica. Será en el reinado de Isabel II donde se pase de la vela a los barcos mecánicos, con motores de vapor o impulse por palas y hélices, en un primer lugar mixtos y luego se abandonaría completamente la vela. El Marqués de Molins, Mariano Roca de Togores y Carrasco, que fue Ministro de Marina en diversas etapas desde 1848 a 1851 y desde 1853 a 1855, promulgó un Plan de Escuadra que no se cumplió en su totalidad pero que contribuyó a mejorar los arsenales y movilizar la conciencia nacional sobre la importancia de una marina poderosa.

En 1860 la Ley de Incremento de las Fuerzas Navales permitió la creación de una pequeña pero moderna Escuadra Blindada de buques de vapor, donde la mayoría tenían casco de madera, y que estaba conformada por ocho fragatas: Tetuán, Almansa, Gerona, Numancia, Vitoria, Zaragoza, Arapiles y Sagunto. Posteriormente se construyeron los primeros cruceros, esta vez todos con casco de hierro, con los nombres de: Fernando el Católico, Sánchez Barcaiztegui y Jorge Juan.[12]
La política exterior del reinado de Isabel II fue especialmente agitada durante el «gobierno largo» de la Unión Liberal (1858-1863). En el Norte de África, se anexionaron territorios marroquíes en la Guerra de África, tales como Ifni y Tetuán.

España desde el siglo XVIII había tenido presencia en las islas de Fernando Poo y Annobón, en el golfo de Guinea. Estas islas, a la postre, habían permanecido abandonadas. Fue en 1843 cuando España toma posesión gubernativa de dichas islas y en 1858 se produce la llegada del primer gobernador español al territorio continental de Guinea Ecuatorial, quedando así establecido un dominio español en el África subsahariana que duraría hasta los años 60 del siglo XX.
En Cochinchina, actual Vietnam, algunos misioneros españoles fueron ejecutados, lo que motivó una respuesta militar contundente de Francia y España, que fue la Expedición franco-española a Cochinchina y que derivó en la conquista de Saigón. España participaría en la guerra con tropas de soldados españoles y filipinos. Sin embargo, en el posterior repartimento del territorio Vietnamita a España solamente le fueron derechos comerciales sobre los puertos de Tulog, Balag y Quang-an, así como una indemnización económica por la participación y la garantía de libertad de culto, aunque el reparto francés fue mucho más jugoso, ya que se reservaron el dominio de tres provincias y fue el comienzo de la consolidación francesa en Indochina.

En 1861 se produce el reanexo de la República Dominicana a España. Sin embargo una serie de conflictos bélicos en enfrentamientos con el ejército restaurador dominicano convirtieron la presencia española en un gasto que se estimó innecesario y en 1865 Isabel II revocó la anexión, devolviendo su independencia a la pequeña nación caribeña. En América continental, se llevaron a cabo expediciones a México, Perú y Chile.

En el resto de asuntos, España mantuvo y consolidó su dominio en Cuba y Puerto Rico en el Caribe, y en Asia en Filipinas, las Islas Carolinas y las Islas Marianas.

Con la «Guerra de África», como se llamó a la respuesta armada a los ataques sufridos por las ciudades españolas de Ceuta y Melilla por parte de Marruecos, O'Donnell tranquilizó a unos jefes militares inquietos con una abundante cosecha de recompensas (ascensos, condecoraciones, títulos nobiliarios, etc.). El ejército español estaba mal equipado y peor preparado (escasa instrucción, material defectuoso), y fue abastecido con alimentos en mal estado; de los cerca de 8000 muertos españoles en la guerra, unos 5000 fueron víctimas del cólera y otras enfermedades; por último, quienes dirigían las operaciones desconocían el terreno y acumularon los errores, como el de escoger la estación de lluvias y vientos como comienzo del ataque, pese a lo cual la victoria fue para las armas españolas.


Isabel II en el exilio.

Exilio

La Reina de los tristes destinos, como también ha sido llamada, tuvo que hacer frente a la Revolución de 1868 (conocida como La Gloriosa), que la obligó a abandonar España en tren desde San Sebastián donde veraneaba. Isabel II se exilió en Francia, donde recibió el amparo de Napoleón III y Eugenia de Montijo; el 25 de junio de 1870 abdicó en París en favor de su hijo, el futuro Alfonso XII. Mientras tanto, gracias al apoyo de varios grupos en el gobierno, el príncipe Amadeo de Saboya, miembro de la Familia Real italiana, fue elegido para reemplazarla en el trono como Amadeo I de España; Amadeo era hijo de Víctor Manuel II, Rey de Italia desde 1861 y perteneciente a la Casa de Saboya, y de María Adelaida de Austria (bisnieta de Carlos III de España).

Isabel II vivió el resto de su vida en Francia; desde allí fue testigo de la Primera República, del reinado y de la muerte de su hijo Alfonso XII en 1885, de la regencia de su nuera, María Cristina de Habsburgo-Lorena y del inicio del reinado personal de su nieto, Alfonso XIII. Desde que fue derrocada en 1868 dejó de hacer vida en común con su marido, que pasó a vivir a Épinay-sur-Seine, donde falleció en 1902. Isabel II murió en París en 1904 y fue enterrada en el Monasterio de El Escorial frente a los restos de su esposo.

Títulos, tratamientos y distinciones honoríficas

Títulos y tratamientos

  • 10 de octubre de 1830-13 de octubre de 1830: Su Alteza Real la Serenísima Señora Doña Isabel de Borbón y Borbón, infanta de España
  • 13 de octubre de 1830-29 de septiembre de 1833: Su Alteza Real la Serenísima Señora Doña Isabel de Borbón y Borbón, princesa de Asturias
  • 29 de septiembre de 1833-25 de junio de 1870: Su Majestad Católica Doña Isabel II, reina de España
  • 25 de junio de 1870-9 de abril de 1904: Su Majestad la reina Doña Isabel II
Durante su reinado su título completo fue el siguiente: Su Majestad Católica Doña Isabel II, por la Gracia de Dios y por la Constitución de la monarquía española, reina de las Españas

Distinciones honoríficas



Francisco de Asís de Borbón


Francisco de Asís de Borbón (Aranjuez, 13 de mayo de 1822 - Épinay-sur-Seine, 17 de abril de 1902) fue rey consorte de España, por su matrimonio con la reina Isabel II, y duque de Cádiz.
Era hijo del infante Francisco de Paula de Borbón, hijo de Carlos IV, y de Luisa Carlota de Borbón-Dos Sicilias.                   

Distinciones honoríficas

 
 

 



 



Luisa Fernanda de Borbón


María Luisa Fernanda de Borbón (Madrid, 30 de enero de 1832 - Sevilla, 2 de febrero de 1897) fue infanta de España desde su nacimiento y duquesa de Montpensier por matrimonio.
          
La infanta Luisa Fernanda era la segunda y última hija del Rey Fernando VII y de su esposa, la Reina María Cristina. Nació en el Palacio Real de Madrid. Era nieta por vía paterna de los difuntos Carlos IV de España y María Luisa de Parma, y por vía materna del rey Francisco I de las Dos Sicilias y su esposa, María Isabel de Borbón, también infanta de España.

Matrimonio

La hermana mayor de la infanta Luisa Fernanda, Isabel II de España, fue comprometida con su primo el Duque de Cádiz. Pensando que la reina no tendría herederos, el rey Luis Felipe I de Francia planeó que sus nietos fuesen reyes de España, por ello la infanta contrajo matrimonio en Madrid el 10 de octubre de 1846 con Antonio de Orleans (1824-1890), duque de Montpensier e hijo del rey Luis Felipe, en una boda doble dónde también se casaron los reyes. Su hermana, la reina Isabel II, concedió a su cuñado el título de infante de España. Los duques de Montepensier se trasladaron primero a París y más tarde se establecieron en Sevilla.

Las relaciones entre los duques de Montpensier y la reina Isabel fueron a menudo difíciles. Era sabido por todos que Antonio de Orleans codiciaba el trono español para él y su mujer, sobre todo tras la deposición de su padre en 1848, y políticamente chocaba frontalmente con varios miembros de la Familia Real española. En 1868 tuvo lugar la Revolución conocida como "La Gloriosa", que destronó a Isabel II. No obstante, los duques de Montpensier pudieron seguir residiendo en España y Antonio de Orleans hizo todo lo posible para ser nombrado Rey. Su suerte se vio truncada cuando el 12 de marzo de 1870 retó a duelo al primo de su esposa, el infante Enrique de Borbón, hermano del rey consorte Francisco de Asís, en un paraje cercano a Leganés, en el que el infante resultó muerto; debido a esto el duque recibió solo 60 votos contra los 191 de Amadeo de Saboya, de manera inesperada Luisa Fernanda recibió un voto.

Ansiosos por hacerse con el trono, animaron a su hija María de las Mercedes cuando ésta se enamoró y luego se casó con Alfonso XII que había recuperado el trono de España en 1874 tras la abdicación de su madre, Isabel II. La unión duró poco, pues la joven María de las Mercedes murió meses después de la boda.

Los últimos años de la infanta Luisa Fernanda se vieron empañados por las sucesivas muertes de varios de sus hijos: María Amelia (1870), Luis (1874), María de las Mercedes (1878) y María Cristina (1879). Su marido falleció en 1890.

La infanta María Luisa Fernanda residió casi toda su vida adulta en el Palacio de San Telmo de Sevilla con su marido el Duque de Montpensier. En 1893, siendo viuda, cedió buena parte de los jardines del Palacio a la Ciudad de Sevilla y falleció en el mismo Palacio en 1897. Estos jardines serían inaugurados en 1914 como el Parque de María Luisa.

El parque de María Luisa, situado en Sevilla (España), es el jardín público o parque más famoso de la ciudad y uno de sus pulmones verdes. En 1983 fue declarado Bien de Interés Cultural en la categoría de Jardín Histórico. Se inauguró como parque público el 18 de abril de 1914 con el nombre de Parque Urbano Infanta María Luisa Fernanda.

Estos espacios, que en principio formaban parte de los jardines privados del palacio de San Telmo, fueron donados en 1893 por la infanta María Luisa Fernanda de Borbón, esposa del duque de Montpensier, a la ciudad. Las plazas de España y de América, construidas para la Exposición Iberoamericana de 1929, están integradas en el parque y constituyen sus principales atractivos.

En 1848, el duque de Montpensier Antonio de Orleans y su esposa, María Luisa Fernanda de Borbón, se establecieron en Sevilla y en 1850 adquirieron el palacio de San Telmo.

De forma complementaria adquirieron dos fincas para acondicionarlas como jardines del palacio, la finca de La Isabela y la de San Diego. Esta última contenía los restos del antiguo convento franciscano de San Diego. Los duques escogieron al jardinero francés André Lecolant para el diseño de los jardines de su palacio.

El terreno se encajaba en un recinto acotado entre el antiguo camino de Dos Hermanas, junto al Prado de San Sebastián, y de los paseos del río y de las Delicias; limitándose al norte por los jardines de Cristina y al sur por los huertos de La Mariana. De esta etapa data el kiosco de la Isleta de los Pájaros (hoy conocido como pabellón de Alfonso XII).

El 19 de junio de 1893, María Luisa, ya viuda, cedió a la ciudad una parte importante de los jardines de San Telmo.

Monumento a Gustavo Adolfo Bécquer




Parque de Maria Luisa de Sevilla

Descendencia

El matrimonio tuvo nueve hijos, los cuales recibieron el tratamiento de infantes de España:
  • María Isabel (21 de setiembre de 1848 - 23 de abril de 1919), infanta de España, casada con su primo Felipe de Orleans, conde de París (1838-1894). Tuvieron descendencia.
  • María Amalia (28 de agosto de 1851- 11 de noviembre de 1870), fallecida de tuberculosis, soltera y sin hijos.
  • María Cristina (29 de octubre de 1852 - 27 de abril de 1879), fue considerada como candidata para ser la segunda esposa de su primo y cuñado, Alfonso XII, pero falleció prematuramente de tuberculosis.
  • María de la Regla (9 de octubre de 1856 - 25 de julio de 1861).
  • Un aborto, que tuvo lugar el 31 de marzo de 1857.
  • Fernando María Felipe (29 de mayo de 1859- 3 de diciembre de 1873), su muerte como consecuencia de la viruela afectó mucho a sus padres.
  • María de las Mercedes (24 de junio de 1860- 26 de junio de 1878), fue reina de España al casarse con su primo, el rey Alfonso XII. No tuvieron hijos.
  • Felipe Raimundo María (12 de mayo de 1862 - 13 de febrero de 1864).
  • Antonio María Luis (23 de febrero de 1866- 24 de diciembre de 1930), infante de España y duque de Galliera, se casó con su prima carnal, la infanta Eulalia (1864-1958), hija de Isabel II. Tuvieron dos hijos. Frívolo y extravagante, el Duque de Galliera, en particular, para su amante Marie-Louise Le Manac'h.
  • Luis María Felipe (30 de abril de 1867- 21 de mayo de 1874).

Pretendiente al trono ecuatoriano


La infanta María Luisa Fernanda hacia 1894,
por Fernando Tirado (Casa consistorial de Sevilla)
Según Francisco Michelena y Rojas, embajador de Ecuador en Londres en 1846, los planes de crear un Reino de Ecuador que había trazado el ex presidente de ese país, Juan José Flores, habrían tenido eco en las principales cortes europeas con pretensiones en América. Michelena acusa principalmente a Francia de agitarse en distintas formas para establecer su dominación, ofreciendo sus príncipes bajo alianzas de familia, o su protectorado, tratando de influir en los gobiernos contra los intereses nacionales y humillando sus nóveles nacionalidades; y para ello el dinero necesario para la expedición provendría del mismo rey Luis Felipe I.

Por otra parte Manuel Moreno, embajador argentino en Londres, sospechaba también de la intervención francesa en Ecuador, pues creía que la candidatura al trono ecuatoriano que le habían ofrecido a Agustín Muñoz y Borbón, tercer hijo del segundo matrimonio de la reina regente española, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, no era sino aparente y provisional, y que en el fondo todo estaba dirigido por el monarca francés para acabar con la otra parte del Tratado de Utrecht, y atraer con el tiempo a la rama Orleans hacia Latinoamérica. Moreno basaba su hipótesis en el casamiento de Antonio de Orleans, Duque de Montpensier y décimo hijo de Luis Felipe I, con la infanta Luisa Fernanda, en cuyo beneficio sería en realidad la futura monarquía que pretendían instaurar en América desde Ecuador. Finalmente los planes de Flores no se llegaron a concretar por diferentes motivos.

«Dueña» de la mitad del Museo del Prado

Un hecho singular de su vida, poco conocido por los aficionados al arte, es que al morir su padre Fernando VII, heredó la mitad del contenido del Museo del Prado, entonces llamado Museo Real y que era propiedad exclusiva de los reyes. El riesgo de que la colección se desmembrase quedó por suerte eliminado, gracias a que se decidió que su hermana, la nueva reina Isabel II, la indemnizase con dinero.

Memoriales

En 1929 fue colocada una estatua de la Infanta en el Parque de María Luisa de Sevilla, conocida como el Monumento a la Infanta María Luisa. El monumento original está hecho de piedra y fue realizado por el artista Enrique Pérez Comendador. En 1972 el original de piedra fue llevado a la Plaza de los Cisnes de Sanlúcar de Barrameda y en el lugar original, frente a la Glorieta de los Lotos del parque, fue colocada una copia de bronce.

Distinciones honoríficas

  • Order of Queen Maria Luisa (Spain) - ribbon bar.png Dama de la Orden de las Damas Nobles de la Reina María Luisa.










Antonio de Orleans


Antonio María de Orleans, duque de Montpensier (Neuilly-sur-Seine, 31 de julio de 1824 – Sanlúcar de Barrameda; 4 de febrero de 1890), fue un príncipe francés, miembro de la familia real francesa, y de la española por matrimonio. Era el hijo menor de Luis Felipe I, rey de los franceses, y de María Amalia de Borbón-Dos Sicilias, princesa de las Dos Sicilias. Es considerado el principal instigador del asesinato del General Prim, habiendo financiado a los autores materiales del mismo.
    
En 1830, se convirtió en príncipe, cuando su padre, Luis Felipe I de Francia, fue nombrado rey. En 1832, su padre eligió a Antoine de Latour como preceptor particular del joven príncipe. Este era un joven profesor y literato que dirigiría la educación de Antonio de Orleans y que posteriormente se convertiría en su secretario particular, acompañándolo durante muchos años. Al igual que sus hermanos mayores continuó sus estudios en el Liceo Enrique IV. En este centro tuvo como compañeros a su futuro cuñado Francisco de Asís de Borbón y el hermano de este Enrique de Borbón y Borbón-Dos Sicilias.

Al terminar sus estudios en el Liceo, ingresó en la Academia militar politécnica. En 1842 fue ascendido a teniente en el 3.er Regimiento de Artillería y el 17 de diciembre de 1843 a capitán del 4º Regimiento de Infantería, al mando de la 7.ª batería.

En 1844 combate contra Abd al-Qádir, en la campaña de Argelia, distinguiéndose en Biskra, méritos por los que le otorgan la Gran Cruz de la Legión de Honor el 24 de junio de 1844. El 8 de agosto del mismo año le nombran jefe de escuadrón y el 22 de marzo de 1845 fue nombrado teniente coronel, distinguiéndose nuevamente en combate contra las Cabilas.

Ese mismo año inició un viaje a Oriente próximo, visitando Turquía, Alejandría, Grecia y Egipto acompañado por su secretario, Antoine de Latour. Mientras, como pacto de estado, Francia e Inglaterra negociaban realizar una boda doble para casar a Antonio de Orleans con María Luisa Fernanda de Borbón, hija del difunto rey Fernando VII y María Cristina de Borbón y a su vez, hermana de la reina española Isabel II que a su vez se casaría con su primo Francisco de Asís de Borbón.

Fue ascendido a coronel el 13 de agosto de 1846 y su padre el rey de Francia lo nombra mariscal de campo y comandante de artillería en Vincennes el 11 de septiembre de 1846.

El 10 de octubre de 1846 se celebra la boda en el salón de embajadores del Palacio Real de Madrid, contando la novia, Luisa Fernanda de Borbón, 15 años y él 22. En la misma ceremonia, también contraerán matrimonio la reina Isabel II y su primo Francisco de Asís de Borbón.

Pretendiente al trono ecuatoriano


El duque de Montpensier. 1844. Franz Xaver Winterhalter.
Según Francisco Michelena y Rojas, embajador de Ecuador en Londres, en 1846, los planes de crear un Reino de Ecuador que había trazado el ex presidente de ese país, Juan José Flores, habrían tenido eco en las principales cortes europeas con pretensiones en América.

Michelena acusaba principalmente a Francia de agitarse en distintas formas para establecer su dominación, ofreciendo sus príncipes bajo alianzas de familia, o su protectorado, tratando de influir en los gobiernos contra los intereses nacionales y humillando sus nóveles nacionalidades; y para ello el dinero necesario para la expedición prevendría del mismo rey Luis Felipe I.

Por otra parte Manuel Moreno, embajador argentino en Londres, sospechaba también de la intervención francesa en Ecuador, pues creía que la candidatura al trono ecuatoriano que le habían ofrecido a Agustín Muñoz y Borbón, tercer hijo del segundo matrimonio de la reina regente española, María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, no era sino aparente y provisional, y que en el fondo todo estaba dirigido por el monarca francés para acabar con la otra parte del Tratado de Utrecht, y atraer con el tiempo a la rama Orleans hacia Latinoamérica.

Moreno basaba su hipótesis en el casamiento del duque Antonio con la infanta española Luisa Fernanda de Borbón, también hija de María Cristina y hermana de Isabel II, en cuyo beneficio sería en realidad la futura monarquía que pretendían instaurar en América desde Ecuador. Finalmente, y por diferentes motivos, estos planes de Flores no se llegaron a concretar nunca.

En España

En febrero de 1848, el rey Luis Felipe I tiene que huir de Francia tras el estallido de la Revolución de 1848 y la instauración de la Segunda República Francesa. Antonio de Orleans y su esposa pasaron en un primer momento a Claremont House en Inglaterra, pero la presencia de una infanta de España, como heredera de la Corona de España, resultaba incómoda a las autoridades británicas que sugirieron la conveniencia de que el matrimonio marchase a España.

...Todos los males de la patria provenían del matrimonio de la reina. Habría sido muy acertado casarla con Montpensier, que era gran príncipe, un político de talento, y el hombre más ordenado y administrativo que teníamos en las Españas. Todas las cuentas de su caudal y hacienda las llevaba por Debe y Haber; no dejaba salir nada para vanidades o cosas superfluas y metía en casa todo lo que representaba utilidad. Los que le critican —añadía— por vender naranjas de los jardines de San Telmo, son esos manirrotos que no saben mirar el día de mañana, y viviendo solo en el hoy dan con sus huesos en un asilo. Si viniera una revolución gorda y hubiera que cambiar la monarquía, ninguno como ese para hacernos andar derechos y ajustarnos las cuentas; créanlo, ninguno como ese Montpensier.
—Benito Pérez Galdós, La de los tristes destinos.
El 2 de abril de 1848 llegan a España, estableciéndose inicialmente en Madrid, después en Aranjuez y definitivamente son invitados a establecerse en un lugar lo suficientemente alejado de Madrid para que el duque no pueda intervenir directamente en la política española. Unos meses después, Antonio de Orleans y su esposa Luisa Fernanda, se instalan a vivir en Sevilla y adquirieren en 1849 el Palacio de San Telmo y más tarde visitan por primera vez Cádiz y El Puerto de Santa María, pasando por Sanlúcar de Barrameda, quedándose admirado de la ciudad. La primera vez que los duques de Montpensier se quedan en Sanlúcar de Barrameda fue el verano de 1849, instalándose en la finca denominada El Picacho, propiedad de María Josefa Díez de Saravia, viuda de Cortés, repitiendo también el verano del año siguiente.

El 26 de julio de 1851, el síndico del Ayuntamiento de Sanlúcar de Barrameda expone a la corporación lo siguiente: «Teniendo entendido que sus Altezas Reales, Infantes de Orleans, desean adquirir el edificio que fue Seminario opina el que suscribe que el Ayuntamiento manifieste el interés que tiene en que el contrato se realice por los beneficios que al pueblo reporta...». Y un año más tarde se asentaron definitivamente en lo que sería el Palacio de Orleans-Borbón. Anteriormente se habían quedado en la llamada Casa Grande, que estaba en la calle Ganado, comunicándose con la calle Almonte y uniéndolo con el palacio por un puente pasadizo.


El duque de Montpensier con el hábito de la Orden de Calatrava
El año 1852 los duques de Montpensier comienzan la compra de la finca que antes fue el Botánico, que entonces no era más que trozos de viña, a Concepción Rosales, con el propósito de abastecer de agua sus jardines del palacio. Para ello se restablecieron unos pozos y las norias de hierro, plantándose semilleros de árboles de adorno y en el resto del terreno se plantaron pinos. El duque dona en 1858 la fuente que actualmente está en el Pradillo, plaza que también tuvo el nombre de Isabel de Orleans. En esa plaza existía un viejo pilón o abrevadero que fue trasladado al Arroyo de San Juan. En 1860 compra el Coto de Torrebreva por la cantidad de cuarenta y tres mil duros. Torrebreva era un coto de caza que fue transformado en viña, contando además con una casa de dos pisos donde falleció el duque.

El 7 de julio de 1868 comienza la revolución española con el general Juan Prim y Prats al frente y financiada, entre otros, por Antonio de Orleans, que terminó derrocando a su cuñada la reina Isabel II. La financiación del levantamiento lo hizo entre otro dinero con la hipoteca sobre el Palacio y las dos fincas de Sanlúcar que prestó la Banca Coutts y la Compañía de Londres, de un total cinco millones setecientas cincuenta mil pesetas. La hipoteca fue levantada diez años más tarde debiendo pagar un cinco por ciento de interés en moneda de oro o plata. El 7 de julio de ese año recibe el conde una comunicación del gobierno en la que se le comunica que debe abandonar España, haciéndolo el 16 de julio en que sale del Puerto de Bonanza a bordo de la Villa de Madrid, rumbo a Portugal, ya que el gobierno de Gónzalez Bravo le comunicaba que debía abandonar España, donde pasaría un año en el destierro.

El duelo de Carabanchel

En 1869 y 1870, Enrique de Borbón publicó varios panfletos y artículos de lo más virulentos contra su primo, el duque de Montepensier. Éste le retó a un duelo, que tuvo lugar en un paraje próximo al actual Barrio de La Fortuna, en Leganés, Madrid, el 12 de marzo de 1870.

Los dos duques llegaron a la escuela de tiro de la Dehesa de Carabanchel vestidos con la reglamentaria levita negra. Sus padrinos habían discutido las condiciones del duelo con el ritual acostumbrado en aquellos lances de honor, esclavos de una etiqueta caballeresca. Se estableció que dispararían alternativamente, sorteándose el orden y la colocación. así, se fijó la distancia, 9 metros, marcada por dos piquetes.


Desafío entre el duque de Monpensier y Enrique de Borbón
(Historia de la interinidad y guerra civil de España desde 1868, Vol. 1)
El día de antes habían comprado dos pistolas de duelo en Ormaechea, el armero vizcaíno, se comprobó que no habían sido usadas, que estaban en buenas condiciones y se permitió probarlas a los duelistas. El duque de Sevilla no se había molestado en practicar el tiro, parece que el duque de Montpensier sí lo había hecho las dos tardes de antes. Como tenía defectos de visión, se le autorizó a usar gafas, según recoge el acta.

Le tocó disparar primero al duque de Montpensier, que erró el tiro; también falló el duque de Sevilla.
El honor ya estaba a salvo, pero al contrario que en otros duelos que se consideraban así resueltos, habían establecido que seguirían disparando hasta que se hiciera sangre. El duque de Montpensier hizo pues el tercer disparo de la mañana, con la fatalidad de que impactó justo en la frente de su adversario. El duque de Sevilla cayó por tierra, muerto.

El duelo acabó con las posibilidades del duque de Montepensier de hacerse con el trono español, al que aspiraba tras el derrocamiento de su cuñada.

La trágica muerte del ex infante causó furor en las cortes de Europa. Su hijo primogénito, Enrique de Borbón y Castellví, se negó a aceptar las 30.000 pesetas que el duque de Montepensier se ofreció a pagarle por su acto. Dado el carácter de militar del duque de Montpensier (Isabel II le había nombrado capitán general) se le formó consejo de guerra. Como solía hacer la Justicia en los casos de duelo, se determinó que la muerte del infante había sido “accidental”, y al duque de Montpensier le impusieron un mes de arresto.

Destierro y exilio

Las Cortes votan para elegir al rey de España el 16 de noviembre de 1870, quedando descartado Antonio de Orleans, al ser elegido Amadeo de Saboya, con el nombre de Amadeo I. El resultado de la votación fue: Amadeo, 191 votos; republicanos, 60, duque de Montpensier, 27, el general Espartero, 8 y el príncipe Alfonso, que sería más tarde Alfonso XII, solo 2. Hubo 29 ausencias, 4 diputados enfermos y 19 votos en blanco.

Antonio de Orleans abandona la península hacia una fortaleza militar de la isla de Menorca, a donde se había ordenado su destierro y prisión por negarse al juramento de adhesión al rey Amadeo I que se le exigía como capitán general. Más tarde se le dio de baja del ejército, desposeyéndole de su grado de capitán general.

Los estudios del abogado Antonio Pedrol Rius basados en la documentación existente (proceso que consta de 18.000 folios) en el Archivo General de la Administración de Alcalá de Henares, señalan al duque de Montpensier y al regente general Serrano, como cerebros e instigadores, y al republicano José Paúl y Angulo como ejecutor con otros nueve hombres del asesinato de Juan Prim. El estudio del abogado reusense Antonio Pedrol Rius aclaró en 1960 el misterio de su asesinato en cuanto a autores materiales (Paúl y Angulo y otros), y en cuanto a los instigadores, los indicios sobre Montpensier y Serrano se basan en que los asesinos fueron reclutados por sus hombres de confianza, y en otro intento de asesinato acaecido en el mes anterior (noviembre), pagados por estos mismos.

Detrás del atentado estarían gentes de distinto e incluso enfrentado signo político pero que coincidían en lo fundamental: querían que la muerte de Prim obligara a Amadeo I a renunciar al trono, un trono codiciado por Montpensier. El silencio de los sicarios y participantes en la emboscada a Prim fue pagado con dinero allá donde huyeron (principalmente América Latina) y hasta que éstos fallecieron; corrieron peor suerte los que quedaron en España, que poco a poco fueron siendo asesinados sigilosamente para que no hablaran, según investigó el ilustre Sr. Pedrol Rius.

En estudio realizado por José Andrés Rueda Vicente se señala que gracias al promotor fiscal, Joaquín Vellando, así como a las declaraciones de Solís y Eustaquio Pérez, se localizan dos dictámenes: el primero, en el que se estima, el 9 de septiembre de 1871, “que aparecía en primer término la responsabilidad del Excmo. duque de Montpensier, contra quien debe dirigirse el procedimiento como principal autor del complot que tuvo por objeto el asesinato del Excmo. Sr. D. Juan Prim”. En el segundo, el 12 de junio de 1872, solicita, además, “prisión del Excmo. Sr. duque de Montpensier.”


El anciano duque Antonio de Orleans.
La Comisión Prim del Departamento de Criminología de la Universidad Camilo José Cela ha establecido en 2012, a partir del sumario judicial de la época, la lista definitiva de los 12 asesinos de Prim y su financiación por el duque de Montpensier, cuyo objetivo fue el de instalarse en el trono, el mismo fin que le había llevado a financiar la Gloriosa.

En 1875 entrega sesenta mil reales al ayuntamiento de Sanlúcar de Barrameda para las obras de conducción pública de agua potable como contraprestación por los favores que a él le hizo el ayuntamiento con relación a la canalización del agua para su palacio.

Antonio de Orleans obtiene permiso para regresar a España un año después de la proclamación de Alfonso XII como rey de España. Pero aun con la llegada a Madrid, camino de Sevilla, no se le permitió alojarse en otro lugar que no fuese un hotel. No obstante, tuvo siempre una estimada reputación, tanto a nivel nacional como internacional. Así se puso de manifiesto en la primavera de 1883, cuando el Consejo de Ministros procedió a su nombramiento como representante del Reino de España en la Embajada Extraordinaria que, en nombre del rey Alfonso XII, acudió a la solemne ceremonia de coronación del Zar Alejandro III de Rusia en Moscú.

Fallecimiento

Antonio de Orleans murió en su finca sanluqueña de Torrebreva el 4 de febrero de 1890, a los sesenta y cinco años de edad, víctima de una apoplejía cerebral. Sus restos mortales fueron enterrados en el mismo coto, en un lugar denominado Corro del Piñón. Por otro lado, su esposa Luisa Fernanda de Borbón falleció en el sevillano palacio de San Telmo, el 1 de febrero de 1897 a los sesenta y cinco años. Los restos de los duques descansan hoy en el Panteón de Infantes del Monasterio de San Lorenzo del Escorial, así como varios de sus hijos.






 




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