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martes, 11 de octubre de 2016

Carlos IV de España


Carlos IV de España, llamado «el Cazador» (Portici, 11 de noviembre de 1748-Nápoles, 19 de enero de 1819), fue rey de España desde el 14 de diciembre de 1788 hasta el 19 de marzo de 1808. Hijo y sucesor de Carlos III y de María Amalia de Sajonia.
             
Accedió al trono poco antes del estallido de la Revolución francesa, y su falta de carácter hizo que delegase el gobierno de su reinado en manos de su esposa María Luisa de Parma y de su valido, Manuel Godoy, de quien se decía que era amante de la Reina, circunstancia aceptada como cierta por historiadores como Balansó o Zavala y negada por otros. Estos acontecimientos frustraron las expectativas con las que inició su reinado. A la muerte de Carlos III, el empeoramiento de la economía y el desbarajuste de la administración revelan los límites del reformismo, al tanto que la Revolución francesa pone encima de la mesa una alternativa al Antiguo Régimen.

Nació el 11 de noviembre de 1748 en Portici, durante el reinado de su padre en las Dos Sicilias. Fue bautizado como Carlos Antonio Pascual Francisco Javier Juan Nepomuceno José Januario Serafín Diego.

En 1759, tras la muerte sin descendencia de su tío, el rey Fernando VI de España, su padre pasó a ocupar el Trono español. De esta forma, Carlos se convirtió en heredero de la monarquía hispánica, siendo jurado como príncipe de Asturias el 19 de julio de 1760.
Sucedió a su padre, Carlos III, al morir éste el 14 de diciembre de 1788.

Reinado

Gobierno del conde de Floridablanca

Las primeras decisiones de Carlos IV mostraron unos propósitos reformistas. Confirmó en su puesto como primer Secretario de Estado y del Despacho al conde de Floridablanca, un ilustrado que inició su gestión con medidas como la condonación del retraso de las contribuciones, limitación del precio del pan, restricción de la acumulación de bienes de manos muertas, supresión de vínculos y mayorazgos y el impulso del desarrollo económico. El propio Monarca tomó la iniciativa de derogar la Ley Sálica impuesta por su antecesor Felipe V, medida ratificada por las Cortes de 1789, que no se llegó a promulgar.

El estallido de la Revolución francesa en 1789 cambió radicalmente la política española. Conforme llegan las noticias de Francia, el nerviosismo de la corona crece y acaba por cerrar las Cortes que, controladas por Floridablanca (mantenido en el poder por consejo de su padre), se habían reunido para reconocer al Príncipe de Asturias. El aislamiento parece ser la receta para evitar la propagación de las ideas revolucionarias a España. Floridablanca, ante la gravedad de los hechos dejó en suspenso los Pactos de Familia, estableció controles en la frontera para impedir la expansión revolucionaria y efectuó una fuerte presión diplomática en apoyo a Luis XVI. También puso fin a los proyectos reformistas del reinado anterior y los sustituyó por el conservadurismo y la represión (fundamentalmente a manos de la Inquisición, que detiene a Cabarrús, destierra a Jovellanos y despoja de sus cargos a Campomanes).

Gobierno del conde de Aranda

En 1792, Floridablanca fue sustituido por el conde de Aranda, amigo de Voltaire y de otros ilustrados franceses, a quien el rey encomienda la difícil papeleta de salvar la vida de su primo el rey Luis XVI en el momento en que tras el fracaso de la fuga de Varennes éste había aceptado la Constitución francesa de 1791.

Sin embargo, la radicalización revolucionaria a partir de 1792 y el destronamiento de Luis XVI —el rey francés fue encarcelado y quedó proclamada la República— precipitó la caída del conde de Aranda y la llegada al poder de Manuel Godoy el 15 de noviembre de 1792.

Primer Gobierno de Manuel Godoy


La familia de Carlos IV por Goya (Museo del Prado).
Manuel Godoy, un guardia de corps, ascendió rápidamente en la corte gracias a la amistad y confianza que le otorgaron los reyes. En pocos años pasó de ser un hidalgo a convertirse en duque de Alcudia y de Sueca, capitán general y, desde finales de 1792, en «ministro universal» de Carlos IV con un enorme poder. De pensamiento ilustrado impulsó medidas reformistas como las disposiciones para favorecer las enseñanzas de las ciencias aplicadas, la protección a las Sociedades Económicas de Amigos del País y la llamada desamortización de Godoy de bienes pertenecientes a hospitales, casas de misericordia y hospicios regentados por comunidades religiosas.

La Revolución francesa condicionó su actuación en la política española. Sus primeras medidas se encaminaron en salvar la vida de Luis XVI, procesado y condenado a muerte. Pese a los esfuerzos de todas las cortes europeas, el monarca francés fue guillotinado en enero de 1793, lo que generalizó una guerra de las potencias europeas contra la Francia revolucionaria conocida como la Guerra de la Convención, en la que España participó y fue derrotada por la Francia republicana, fruto del desastroso abastecimiento, la pésima preparación del ejército y la escasa moral de la tropa frente a los enardecidos sans culottes franceses. Un ejército de 25.000 hombres dirigido por el general Ricardos entró en el Rosellón y logró algunos éxitos. A partir de 1794 las tropas españolas se vieron forzadas a la retirada. Los franceses ocuparon Figueras, Irún, San Sebastián, Bilbao, Vitoria y Miranda de Ebro.

Godoy suscribió con Francia la Paz de Basilea en 1795. La República francesa devolvió a España las plazas ocupadas, a cambio del territorio hispano de la isla de La Española —colonia de Santo Domingo—. En agradecimiento el rey Carlos IV le concedió el título de príncipe de la Paz.

En 1796, concluida la fase más radical de la Revolución, Godoy firmó el Tratado de San Ildefonso y España se convirtió en aliada de Francia. Este cambio de postura buscaba el enfrentamiento con Gran Bretaña, principal adversario de la Francia revolucionaria y tradicional enemiga de España con la que disputaba la hegemonía marítima y, concretamente, el comercio con América. La escuadra española sufrió la derrota frente al cabo de San Vicente en 1797, pero Cádiz y Santa Cruz de Tenerife resistieron a los ataques del almirante Nelson. En América los británicos ocuparon la isla de Trinidad, y sufrieron una derrota en Puerto Rico. Ello provocó la caída de Godoy en mayo de 1798.

Gobiernos de Saavedra y Urquijo

Tras ello, dos ilustrados, Francisco de Saavedra y Mariano Luis de Urquijo, se sucedieron al frente del gobierno entre 1798 y 1800.

Segundo gobierno de Manuel Godoy

La llegada al poder de Napoleón en 1799 y su proclamación como Emperador en 1804 alteró las relaciones internacionales y se renovó la alianza con Francia. Napoleón necesitaba, en su lucha contra los británicos, contar con la colaboración de España, sobre todo de su escuadra. Por ello, presionó a Carlos IV para que restituyera su confianza en Godoy. Éste asumió de nuevo el poder en 1800 y firmó el Convenio de Aranjuez de 1801 por el que ponía a disposición de Napoleón la escuadra española, lo que implicaba de nuevo la guerra contra Gran Bretaña.

Godoy declaró en 1801 la guerra a Portugal, principal aliado británico en el continente, antes de que lo hiciera Francia. Este conflicto, conocido como la Guerra de las Naranjas, significó la ocupación de Olivenza por España, que además obtuvo el compromiso de Portugal de impedir el atraque de buques británicos en sus puertos.

En 1805, la derrota de la escuadra franco-española en la batalla de Trafalgar por la Armada británica modificó la situación radicalmente. Frente a la hegemonía de Gran Bretaña en los mares, Napoleón recurrió al bloqueo continental, medida a la que se sumó España. En 1807 se firmó el Tratado de Fontainebleau que estableció el reparto de Portugal entre Francia, España y el propio Godoy, y el derecho de paso por España de las tropas francesas encargadas de su ocupación.

Crisis final

Con tal sucesión de guerras se agravó hasta el extremo la crisis de la Hacienda; y los ministros de Carlos IV se mostraron incapaces de solucionarla, pues el temor a la revolución les impedía introducir las necesarias reformas, que hubieran lesionado los intereses de los estamentos privilegiados, alterando el orden tradicional.

La presencia de soldados franceses en territorio español aumentó la oposición hacia Godoy, enfrentado con los sectores más tradicionales por su política reformista y entreguista hacia Napoleón.

 A finales de 1807 se produjo la Conjura de El Escorial, conspiración encabezada por Fernando, Príncipe de Asturias, que pretendía la sustitución de Godoy y el destronamiento de su propio padre. Pero, frustrado el intento, el propio Fernando delató a sus colaboradores. En marzo de 1808, ante la evidencia de la ocupación francesa, Godoy aconsejó a los reyes que abandonaran España. Pero se produjo el Motín de Aranjuez, levantamiento popular contra los reyes aprovechando su presencia en el palacio de Aranjuez. Godoy fue hecho preso por los amotinados. Carlos IV, ante el cariz de los acontecimientos, abdicó en su hijo Fernando VII:
Como los achaques de que adolezco no me permiten soportar por más tiempo el grave peso del gobierno de mis reinos, y me sea preciso para reparar mi salud gozar en clima más templado de la tranquilidad de la vida privada; he determinado, después de la más seria deliberación, abdicar mi corona en mi heredero y mi muy caro hijo el Príncipe de Asturias. Por tanto es mi real voluntad que sea reconocido y obedecido como Rei y Señor natural de todos mis reinos y dominios.
Gaceta de Madrid, 25 de marzo de 1808
Napoleón, receloso ante el cambio de monarca, convocó a la familia real española a un encuentro en la localidad francesa de Bayona. Fernando VII, bajo la presión del Emperador y de sus padres, devolvió la Corona a Carlos IV el día 6 de mayo, sin saber que el día antes Carlos IV había pactado la cesión de sus derechos a la corona en favor de Napoleón, quien finalmente designó como nuevo rey de España a su hermano José.

Exilio y muerte

Napoleón dispuso el traslado de Carlos al palacio de Compiègne, a 80 km al norte de París. Pero al poco tiempo, el rey solicita poder establecerse en Niza, pues el clima de la Picardía acentuaba los sufrimientos causados por la gota que le aquejaba desde hacía años. El emperador acepta el traslado, aclarando que el mismo se produce "por propia cuenta del rey", incumpliendo las promesas de compensaciones económicas hechas al monarca. No encontraron los reyes españoles acomodo en Niza, y agobiados por las deudas, se establecen en Marsella. Pero no pasará mucho tiempo hasta que Napoleón mande a Carlos, su esposa y su corte, al palacio Borghese de Roma, en donde se instalarán en el verano de 1812.

Al caer Napoleón en 1814, Carlos y María Luisa se trasladan al palacio Barberini, también en Roma, donde permanecerán casi cuatro años viviendo de la pensión que les enviaba su hijo Fernando, quien ya repuesto en el trono de España, negó a sus padres el retorno. Carlos viajó a Nápoles para visitar a su hermano Fernando I de las Dos Sicilias y encontrar alivio a la gota que le atormentaba, dejando en Roma a su esposa postrada en la cama con las dos piernas rotas y un estado de salud extremadamente deteriorado. Tras haber recibido la extrema unción el uno de enero de 1819, muere al día siguiente María Luisa de Borbón-Parma.

Cuando Carlos, informado del fallecimiento de su esposa, se disponía a volver a Roma el 13 de enero, se vio acometido por un ataque de gota con fiebre del que no se recuperaría, muriendo el 19 de enero de 1819.

Mecenazgo

Carlos se interesó desde su juventud por el arte. Violinista aficionado, en 1775 compró para la corte el cuarteto de instrumentos Stradivarius conservado actualmente en el Palacio Real de Madrid y se rodeó de un entorno musical privilegiado dirigido por el violinista y compositor Gaetano Brunetti.

También se interesó por la pintura, encargando obras a Luis Meléndez, Claude Joseph Vernet y Luis Paret y nombrando a Francisco de Goya pintor de cámara en 1789. Reunió además varias pinturas antiguas de máxima calidad, ahora en el Museo del Prado, como las dos tablas laterales del tríptico Werl de Robert Campin y dos famosas obras de Rafael: Sagrada Familia del cordero y Retrato de cardenal.

Títulos nobiliarios otorgados

Durante su reinado otorgó entre títulos de España y títulos de Indias: 179 títulos nobiliarios, de los cuales 33 fueron Grandes de España.

Matrimonio e hijos

Carlos IV contrajo matrimonio con su prima hermana María Luisa de Borbón-Parma (hija de Felipe, Duque de Parma) en 1765. Tuvieron 14 hijos de las veinticuatro veces que María Luisa de Borbón-Parma estuvo embarazada, pero solo siete llegaron a la edad adulta:
  • Carlos Clemente Antonio (19 de septiembre de 1771 - 7 de marzo de 1774).
  • Carlota Joaquina (25 de abril de 1775 – 7 de enero de 1830), casada con Juan VI de Portugal.
  • María Luisa Carlota (11 de septiembre de 1777 - 2 de julio de 1782).
  • María Amalia (9 de enero de 1779 – 22 de julio de 1798), casada con su tío Antonio Pascual de Borbón, Infante de España hijo de Carlos III) y hermano menor de Carlos IV.
  • Carlos Domingo Eusebio (5 de marzo de 1780 - 11 de junio de 1783)
  • María Luisa Josefina (6 de julio de 1782 – 13 de marzo de 1824), casada con Luis de Borbón-Parma, duque de Parma y rey de Etruria.
  • Carlos Francisco de Paula (5 de septiembre de 1783 - 11 de noviembre de 1784).
  • Felipe Francisco de Paula (5 de septiembre de 1783 - 18 de octubre de 1784).
  • Fernando (14 de octubre de 1784 – 29 de septiembre de 1833), rey de España como Fernando VII.
  • Carlos María Isidro (29 de marzo de 1788 – 10 de marzo de 1855), conde de Molina, fundador del carlismo y pretendiente al trono de España.
  • María Isabel (6 de julio de 1789 – 13 de septiembre de 1848). Casada con su primo Francisco I de las Dos Sicilias y después con Francisco, conde del Balzo.
  • María Teresa (16 de febrero de 1791 - 2 de noviembre de 1794). Muerta a causa de la viruela.
  • Felipe María Francisco (28 de marzo de 1792 - 1 de marzo de 1794).
  • Francisco de Paula Antonio, duque de Cádiz (10 de marzo de 1794 – 13 de agosto de 1865). Casado con su sobrina, Luisa Carlota de Borbón-Dos Sicilias, hija de su hermana María Isabel de Borbón y Francisco I de las Dos Sicilias. Su primogénito, Francisco de Asís de Borbón, se casó con la reina Isabel II de España.





María Luisa de Parma


María Luisa de Parma (Parma, 9 de diciembre de 1751 – Roma, 2 de enero de 1819) fue reina consorte de España como esposa de Carlos IV, de quien era prima carnal por el lado paterno. Era nieta de Luis XV de Francia, hermana de Fernando I de Borbón-Parma y también prima carnal de los reyes franceses Luis XVI, Luis XVIII y Carlos X. Se la considera la última reina del Antiguo Régimen en España.
           
Era hija de Felipe I, duque de Parma y de la princesa Luisa Isabel de Francia, hija del rey Luis XV. Según muchos historiadores, recibió una educación discutible, bajo influencia del controvertido abad Étienne Bonnot de Condillac, quien defendía ciertas libertades en cuanto a moralidad que en aquella época resultaban impropias de las damas nobles.

En 1765 contrajo matrimonio con el príncipe de Asturias, futuro Carlos IV; eran primos carnales por vía paterna y parientes cercanos por la vía materna de María Luisa.

En 1788 se convirtió en reina consorte de España tras producirse la muerte de su suegro el rey Carlos III y ser reconocido como rey de España su esposo, Carlos IV.

María Luisa de Parma ejerció una gran influencia sobre su marido. De carácter caprichoso, llegó a participar en numerosos episodios por los que fue considerada, ya en su época, una mujer intrigante y, para muchos, depravada. Sufrió un ostensible deterioro físico por los numerosos embarazos y partos, lo que le dio un semblante poco grato que aumentó su impopularidad. Ella, sin embargo, estaba orgullosa de sus brazos torneados y procuró embellecerse con joyas y costosos vestidos de manga corta importados de París, tal como atestiguan diversos retratos de Goya.


Manuel Godoy, presunto amante de María Luisa,
retratado en 1790 por Francisco Bayeu.
Estuvo enfrentada con numerosos miembros de la Corte española del momento. Destacó la rivalidad que mantuvieron la reina y la duquesa de Alba, musa de Goya. También tuvo desavenencias con la duquesa de Osuna. Entre los numerosos amantes atribuidos a la reina María Luisa destaca Manuel Godoy, antiguo miembro de la Guardia de Corps que alcanzó una influencia política muy notable como valido de Carlos IV.

La firma del Tratado de Fontainebleau (1807), decisión de Godoy, provocó la entrada del ejército francés en España. Se fue extendiendo el descontento entre la población y se organizó una conjura en la que tomó parte el príncipe de Asturias, Fernando, futuro Fernando VII. El 17 de marzo de 1808 tuvo lugar un levantamiento popular (Motín de Aranjuez) que logró la caída de Manuel Godoy. Napoleón Bonaparte aprovechó la situación para intervenir en España al forzar la abdicación de Carlos IV en su hijo Fernando y la renuncia de éste a sus derechos de sucesión. Napoleón les había obligado a acudir a Bayona. Este episodio es conocido como las abdicaciones de Bayona y tuvo lugar el 5 de mayo de 1808.

María Luisa acompañó a su marido al destierro, primero en Francia, confinados por Napoleón en Compiègne, y posteriormente en Roma, donde falleció, reinando ya su hijo Fernando en España, el cual ordenó el traslado de los restos de sus padres para ser enterrados en el Panteón de los Reyes del Monasterio de El Escorial.

Distinciones honoríficas

  • Order of Queen Maria Luisa (Spain) - ribbon bar.png Gran maestre de la Orden de las Damas Nobles de la Reina María Luisa.
  • Ordre de la Croix étoilée autro-hongrois.jpg Dama de la Orden de la Cruz Estrellada (S.I.R.G.).









            Carlos Clemente (19 de septiembre de 1771 - 7 de marzo de 1774)



Carlota Joaquina de Borbón


Carlota Joaquina Teresa Cayetana de Borbón y Borbón-Parma (en portugués Carlota Joaquina de Bourbon e Bourbon ); (Aranjuez, 25 de abril de 1775 - Palacio de Queluz, 7 de enero de 1830 ) fue infanta de España, reina consorte de Portugal y emperatriz honoraria de Brasil.
               
Carlota Joaquina fue la hija primogénita del rey Carlos IV de España y de su esposa, la princesa María Luisa de Parma.

Con apenas diez años de edad fue obligada a casarse el 8 de mayo de 1785 con el príncipe Juan VI de Portugal, segundo hijo de María I. En 1788, al morir el heredero de la Corona portuguesa José, Príncipe de Brasil, Juan pasó a ser el primero en la línea de sucesión. Por locura de doña María, su madre, el príncipe Juan recibe la regencia del reino a partir de 1792. Con ello, Carlota Joaquina se convertía en princesa consorte-regente de Portugal.

Este cambio en los acontecimientos convenía al carácter ambicioso y a veces violento de Carlota. En la corte de Lisboa se inmiscuiría frecuentemente en asuntos de estado, procurando influir en las decisiones de su marido. Las ambiciones de la española desagradaban a la nobleza portuguesa y llegaron a oídos del mismo pueblo; más aún, las desavenencias conyugales de Carlota Joaquina empezaron a tomar carácter político. Juan VI descubrió en 1806 que Carlota Joaquina urdía una revuelta palaciega para tomar el poder, por lo que la expulsó del Palacio Real de Mafra y la envió bajo libertad vigilada al palacio de Queluz, en las afueras de Lisboa.

En 1808 Juan VI dispuso la huida, rumbo a Brasil, de la familia real portuguesa; escapaban así de la invasión de Portugal por el ejército de Napoleón Bonaparte. Arribados a Río de Janeiro instalaron allí la corte; esto, empero, no terminaría con las intrigas y ambiciones de Carlota Joaquina.

Entre 1808 y 1812, Carlota Joaquina pretendió reemplazar a su hermano Fernando VII como regente de España en tanto durara la prisión de este y la usurpación del trono español por parte de José Bonaparte. Alegaba Carlota ser la única integrante de la familia de Carlos IV que no estaba apresada por los franceses. Su cercanía al virreinato del Río de la Plata provocó la creación de un partido carlotista en Buenos Aires, el cual pretendía valerse de Carlota Joaquina para conseguir la independencia del territorio del Río de la Plata, más tarde la Argentina. En efecto, Carlota Joaquina aspiraba también a aprovechar la invasión napoleónica de España para asegurarse un trono para sí misma en América del Sur; una vez más alegaba la prisión de su padre y hermano en Francia y acariciaba la ambiciosa idea de escapar a las limitaciones que le imponía su esposo portugués.

En estos planes contaba con el apoyo del almirante Sidney Smith, comandante de la estación naval británica en el Atlántico Sur pero finalmente la interferencia de la diplomacia británica encabezada por Lord Strangford y la política expansionista de su esposo hicieron fracasar el proyecto. Juan VI determinó que, si su esposa era proclamada regente de España, entonces el propio rey portugués tendría derechos sobre el Virreinato del Río de la Plata como esposo de la regente. Esta insinuación de Juan VI hizo que el plan perdiera todo apoyo en Buenos Aires, donde no se deseaba caer bajo dominio portugués. Por otra parte, la ocupación francesa en España hacía que Gran Bretaña rechazara la existencia de una regente española en Buenos Aires en contraposición al restaurado Fernando VII.

En 1820, una revolución ocurrida en Oporto exigió la vuelta de la familia real portuguesa a la metrópoli. Juan VI y Carlota Joaquina regresaron a Portugal al año siguiente, pero su hijo y heredero Pedro de Braganza no sólo decidió quedarse en Brasil, sino que en 1822 proclamaba la independencia de dicho país asumiendo el trono como emperador Pedro I de Brasil. El rey Juan VI falleció súbitamente en marzo de 1826. Hay quienes creen que fue envenenado, sospechándose de la reina Carlota Joaquina o de su hijo Miguel, en una conspiración para ocupar el trono.
Carlota Joaquina falleció víctima de un cáncer de útero.

Hijos

De su matrimonio con Juan VI, Carlota Joaquina tuvo nueve hijos:
  • María Teresa (1793-1874), princesa de Beira, quien casó con su primo Pedro Carlos de Borbón, hijo del infante Gabriel de Borbón. Casó en segundas nupcias con el infante Carlos María Isidro de Borbón, pretendiente al trono de España.
  • Francisco Antonio (1795-1801), príncipe de Beira y duque de Braganza.
  • María Isabel (1797-1818), que llegó a ser reina de España por matrimonio con Fernando VII, su tío materno.
  • Pedro IV, emperador de Brasil bajo el nombre de Pedro I, y rey de Portugal (1798-1834).
  • María Francisca (1800-1834), casada con el infante Carlos María Isidro de Borbón, su tío.
  • Isabel (1801-1876), fue regente del reino. Falleció soltera y sin descendencia.
  • Miguel I, rey de Portugal (1802-1866) tras usurpar el trono a su hermano. Finalmente él y sus descendientes partieron al exilio; Miguel abdicó para él y sus descendientes.
  • María de la Asunción (1805-1834), muerta soltera.
  • Ana de Jesús María (1806-1857), casada en 1827 con Nunho José de Mendoça Rolim, marqués y posteriormente duque de Loulé. Su descendencia representa la línea Dinástica Constitucional heredera al trono de Portugal, bajo la jefatura del Duque de Loulé, Dom Pedro Folque de Mendoza.

Distinciones honoríficas

  • Order of Queen Maria Luisa (Spain) - ribbon bar.png Dama de la Orden de las Damas Nobles de la Reina María Luisa (Reino de España, 21/04/1792).
  • Ordine di Santa Isabella.png Soberana Gran maestre de la Real Orden de Santa Isabel (para damas) (Reino de Portugal, 25/04/1804).
  • PRT Ordem de Nossa Senhora da Conceicao de Vila Vicosa Cavaleiro ribbon.svg Dama gran cruz de la Orden de Nuestra Señora de la Concepción de Villaviciosa (Reino de Portugal, 06/02/1818).




Juan VI de Portugal


Juan VI de Portugal (Lisboa, 13 de mayo de 1767 - Lisboa, 10 de marzo de 1826), apodado el Clemente, fue rey del Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve desde 1816 a 1822, de facto, y desde 1822 hasta 1825, de iure. Desde 1825 fue rey de Portugal hasta su muerte en 1826. Por el Tratado de Río de Janeiro, que reconocía la independencia de Brasil del Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve, Juan VI también fue emperador titular, aunque fue su hijo Pedro I, el emperador de Brasil de facto.            

Fue uno de los últimos representantes del absolutismo, Juan VI vivió un periodo tumultuoso y su reinado no conoció una paz duradera. No esperaba convertirse en rey; solo fue heredero de la Corona tras la muerte de su hermano mayor, José. Asumió la regencia cuando su madre, María I fue declarada mentalmente incapaz. Tuvo que lidiar con la constante injerencia en los asuntos del reino de naciones más poderosas, sobre todo España, Francia e Inglaterra. Obligado a huir de Portugal por la invasión napoleónica, llegó a Brasil, se enfrentó a revueltas liberales, similares a las de la metrópoli y fue obligado a volver a Europa en medio de nuevos conflictos. Su matrimonio también fue accidentado y su esposa, Carlota Joaquina de Borbón, conspiró contra él en diversas ocasiones en favor de intereses personales o de España, su país natal. Perdió Brasil cuando su hijo Pedro proclamó la independencia y vio a su otro hijo Miguel, rebelarse para deponerlo. Finalmente, se ha comprobado que murió envenenado.

Creó en Brasil diversas instituciones y servicios que fueron la base de la autonomía nacional, por lo que para muchos investigadores es el verdadero mentor del Estado brasileño. A pesar de eso, es hoy uno de los personajes más ridiculizados de la historia luso-brasileña y se le acusa de indolente, falta de tino político y constante indecisión, sin hablar que su persona fue retratada frecuentemente como grotesca, lo que, según la historiografía más reciente, es en la mayor parte de los casos una imagen injusta.

Juan nació el 13 de mayo de 1767, durante el reinado de su abuelo, José I. Fue el segundo de los hijos de María, la futura María I, y su marido Pedro III, hermano de José I. Tenía diez años cuando su abuelo murió y su madre subió al trono como María I de Portugal. Su infancia y juventud fue muy discreta ya que era un infante a la sombra de su hermano José, que era el primogénito y heredero al trono. De hecho, se creó un mito sobre la falta de cultura del príncipe. Sin embargo, según Pedreira y Costa, hay pruebas de que recibió una cultura tan rigurosa como la de su hermano. Por otro lado, un relato del embajador francés lo describió como dubitativo y apagado. Hay poca información sobre esta fase de su vida.

Según la tradición, tuvo como profesores de letras y ciencias a Manuel do Cenáculo, Antônio Domingues do Paço y Miguel Franzini, como profesores de música al organista João Cordeiro da Silva y al compositor João Sousa de Carvalho y como profesor de equitación, al sargento mayor Carlos Antônio Ferreira Monte. También recibió clases de religión, leyes, francés y etiqueta. La historia la aprendió a través de la lectura de las obras de Duarte Nunes de Leão y João de Barros.

El 8 de mayo de 1785 se casó con la primogénita del futuro rey de España Carlos IV y su esposa María Luisa de Parma, Carlota Joaquina de Borbón, (quien apenas tenía 10 años de edad). Por razones políticas, al temer una nueva Unión ibérica, parte de la corte portuguesa no veía el matrimonio con una princesa española con buenos ojos. A pesar de su escasa edad, Carlota era considerada una niña muy vivaz y con una educación refinada. Sin embargo, tuvo que aguantar cuatro días de pruebas ante los embajadores portugueses antes de que el matrimonio se llevara a cabo. Además, al ser parientes y al ser ella muy joven, fue necesaria una dispensa papal para que pudieran casarse. Tras la confirmación, se firmaron las capitulaciones matrimoniales en la sala del trono de la corte española, rodeado de una gran pompa y con la participación de los grandes de ambos reinos, seguido de los esponsales, realizado por poderes. Juan VI fue representado por el padre de la novia. Esa noche se ofreció un banquete para más de 2000 invitados.


Carlota Joaquina en 1785, pintura de
Mariano Salvador Maella.
 
La infanta fue recibida en palacio ducal de Vila Viçosa a principios de mayo, y el 9 de junio la pareja recibió las bendiciones nupciales en la capilla del palacio. Su matrimonio se celebró al mismo tiempo que el de su hermana, Mariana Victoria de Braganza con el infante Gabriel de Borbón, también de la casa real española. La asidua conrrespondencia entre Juan y Mariana en la época revela que echaba de menos a su hermana y, comparándola con su joven esposa, decía: «Es muy inteligente y tiene mucho juicio. Lo único que le pasa es que aún es muy pequeña y a mí me gusta mucho, pero por eso no dejo de querer tener amor igualmente». Por otra parte, el temperamento de la niña era poco dado a la docilidad, lo que a veces exigía la intervención de la propia reina María. Además, la diferencia de edad (él tenía 18 y ella solo 10) lo incomodaba y le producía ansiedad. Por la excesiva juventud de la esposa, el matrimonio aún no se consumó y decía: «Ahora empieza el momento de jugar mucho con la infanta. Si sigo así, juzgo que no pasará nada hasta dentro de 6 años. Ha crecido muy poco desde que vino». De hecho, la consumación tuvo que esperar al 5 de abril de 1790. En 1793 nació María Teresa, la primera de los nueve hijos que tendrían.

Entre estos años, su vida relativamente pacífica sufrió un revés el 11 de septiembre de 1788, cuando su hermano mayor, José, falleció. Juan pasó entonces a ser el heredero de la Corona. En José el pueblo depositaba grandes esperanzas y era considerado un príncipe alineado con los ideales progresistas de la Ilustración, pero era criticado por los religiosos, ya que parecía inclinarse hacia la orientación política anticlerical del marqués de Pombal. En contrapartida, la imagen de Juan mientras su hermano vivió era la opuesta. Su religiosidad era notoria y se había mostrado favorable al régimen absolutista. La crisis sucesoria se agravó cuando, al año siguiente, Juan enfermó gravemente y temió por su vida. Recuperado, en 1791, volvió a enfermar «echando sangre por la boca y por los intestinos», según las anotaciones dejadas por el capellán del marqués de Marialva y añadiendo que su ánimo estaba siempre abatido. Se formó en un clima de tensión e incertidumbre sobre su futuro reinado.

Regencia


El príncipe regente pasando revista a las tropas
en Azambuja por Domingos Sequeira (1803)
 
La reina comenzó a presentar síntomas de problemas mentales. El 10 de febrero de 1792, diecisiete médicos firmaron un documento en el que declaraban que esta no podía seguir al frente del país pues no se preveía mejoría en sus enfermedades. Juan se mostró en un primero momento reacio a asumir el poder y rechazó la idea de formar una regencia strictu sensu, lo que propició que diversos miembros de la nobleza crearan una facción a fin de gobernar el reino de facto a través de un Consejo. Hubo incluso rumores de que Juan padecía síntomas de la misma enfermedad de su madre y se especuló con que él tampoco estaba capacitado para reinar. Según antiguas leyes sobre la regencia, si el regente falleciera o se viera impedido de reinar y si este tenía hijos menores de 14 años (como era el caso), el gobierno sería ejercido por los tutores de los infantes o, si estos no hubiesen ejercidos formalmente, por la esposa del regente (una española). Todo se complicaba entre temores, sospechas e intrigas en el más alto poder del Estado.

Al mismo tiempo, se empezaban a sentir los rumores de la Revolución francesa, que causaron perplejidad en las casas reinantes europeas. La ejecución del rey francés Luis XVI el 21 de enero de 1793 por las fuerzas revolucionarias precipitó una respuesta internacional. El 15 de julio se firmó una convención entre España y Portugal y el 26 de septiembre Portugal se alió con Inglaterra. Ambos tratados tenían como objetivo el auxilio mutuo contra los franceses y llevó a los portugueses, el año siguiente, a la guerra del Rosellón, en la que participaron 6000 soldados y que acabó siendo un fracaso. Además, hubo un delicado problema diplomático: Portugal no podía firmar la paz con Francia sin infringir la alianza con Inglaterra, en la que estaban además mezclados varios intereses, por lo que se pasó a buscar una neutralidad que se reveló frágil y tensa.

Tras la derrota, y habiendo España dejado a un lado Portugal en la Paz de Basilea firmada con Francia y al ser Inglaterra demasiado poderosa para ser atacada directamente, el objetivo de la venganza francesa fue Portugal. Asumiendo el poder francés en 1799, el mismo año en que Juan se convirtió oficialmente en el regente del reino, Napoleón Bonaparte coaccionó a España a imponer un ultimátum a los portugueses, que le obligaba a romper los tratados con Inglaterra y someter al país a los intereses franceses. Tras la negativa de Juan, la neutralidad se hizo inviable. En 1801, España y Francia invadieron Portugal, episodio conocido como la Guerra de las Naranjas, donde se perdió la plaza de Olivenza. Todos los países involucrados, que tenían intereses contrapuestos, realizaban movimientos ambiguos y acuerdos secretos. La situación se tornó crítica para Portugal, que quería mantenerse al margen de los conflictos. Pero, al ser la parte más débil, fue usado como un juguete por las otras potencias y fue nuevamente invadido. Mientras tanto, Juan se encontró con el enemigo en casa. Su propia esposa, fiel a los intereses españoles, inició intrigas para deponer al marido y tomar el poder, tentativa que acabó abortada en 1805 y que supuso que la conspiradora tuviera que ser exiliada de la corte y empezara a vivir en el palacio de Queluz, mientras que el regente pasó a vivir en el palacio Nacional de Mafra.

Salida hacia Brasil

En 1807 se firmaron los tratados de Tilsit, entre Francia y Rusia y de Fontainebleau, entre Francia y España, donde se definió la conquista y división de Portugal. El destino del reino estaba, pues, escrito. Juan intentó ganar tiempo desesperadamente y hasta el último momento simuló una sumisión voluntaria a Francia y le llegó a sugerir al rey inglés la declaración de una guerra ficticia a Inglaterra.

 El Bloqueo Continental decretado por Napoleón no fue respetado en todos los términos y, en secreto, se firmó con Inglaterra un nuevo acuerdo por el que Portugal recibiría ayuda para una posible fuga de la familia real. El acuerdo era sumamente ventajoso para los ingleses ya que, por un lado, solo se comprometía a apoyar un gobierno legítimo que le era simpático y, por otra parte, mantenía su influencia sobre el país y seguía sacando grandes réditos en el comercio con el imperio transcontinental portugués. Portugal debía escoger entre la obediencia a Francia o a Inglaterra y el gobierno, dividido entre francófilos y anglófilos, dudaba, lo que podría poner a Portugal en una situación de guerra con las dos potencias. Posteriormente, los hechos se precipitaron: en octubre de 1807 llegó una información de que un ejército compuesto de franceses y españoles se acercaba, el 1 de noviembre se conoció en la corte de Napoleón una noticia que afirmaba que los Braganza dejarían de reinar en dos meses y, el 6 de noviembre, una escuadra inglesa entró en el puerto de Lisboa con una fuerza de 7.000 hombres, con órdenes de escoltar a la familia real hacia Brasil o, si el gobierno se rendía a los franceses, atacar y conquistar la ciudad. Después de una angustiosa ponderación y presionado por todos lados, Juan decidió aceptar la protección inglesa y salir hacia Brasil.
 
El ejército invasor, liderado por Junot, inició el avance pero llegó a las puertas de la capital el 30 de noviembre de 1807. Tras haberse enfrentado a varias dificultades en el camino, esta milicia estaba débil y hambrienta, sus uniformes estaban hechos unos harapos y los soldados, en su mayoría novatos inexpertos, apenas conseguían cargar con las armas. Alan Manchester los describió diciendo «sin caballería, artillería, cartuchos, zapatos ni comida, tambaleándose de cansancio, la tropa parecía más la evacuación de un hospital que un ejército marchando triunfalmente para conquistar un reino», y por eso se creía que una resistencia podía haber tenido éxito, pero el gobierno no estaba al corriente de la situación del enemigo y, además, ya era demasiado tarde. Juan, acompañado por toda la familia real y un gran séquito de nobles, prelados, funcionarios del Estado y criados, así como un voluminoso equipaje que incluía un valioso acervo de arte, los archivos de Estado y el tesoro real, partió hacia Brasil dejando al país con una regencia. La idea de cambiar la sede de la corte a América, como acto geopolítico, existía en Portugal desde hacía mucho tiempo y ya se habían hecho algunos preparativos.

 Sin embargo, en ese momento, la fuga tuvo que realizarse deprisa, bajo la lluvia, que dejó las calles convertidas en un lodazal y causó un gran tumulto en Lisboa, con una población atónita y revolucionada que no podía creer que su príncipe fuera a abandonarlos. Con la confusión, se olvidaron en el muelle innumerables maletas y pertenencias, cajones con la plata de las iglesias, que fue confiscada y fundida por los franceses y el preciado acervo de 60 000 volúmenes de la Biblioteca Real, que fueron salvados y enviados a Brasil más tarde. Según el relato de José Acúrsio das Neves, la salida causó una profunda conmoción en el príncipe regente:
Quería hablar pero no podía; quería moverse y, tembloroso, no podía ni dar un paso; caminaba sobre un abismo y se le presentaba en la imaginación un futuro tenebroso y tan incierto como el océano al que iba a entregarse. Patria, capital, reino, vasallos, todo lo iba a abandonar de forma repentina, con pocas esperanzas de volver o de volver a verlos y todo era como espinas que le atravesaban el corazón.
Para explicarse ante el pueblo, Juan mandó fijar carteles por las calles en los afirmaba que su salida había sido inevitable, a pesar de todos los esfuerzos realizados para asegurar la integridad y la paz del reino, recomendó calma a todos y ordenó que no se resistieran a los invasores para que no se derramara sangre en vano. Debido a la prisa, en el mismo navío que el príncipe viajaban su madre, la reina, y los herederos Pedro y Miguel. Una decisión imprudente, teniendo en cuenta los riesgos de un viaje transatlántico en aquella época, ya que se ponía en peligro la sucesión de la corona, si naufragara. Sin embargo, Carlota y las infantas iban en otros dos barcos.
El número de personas embarcadas era objeto de controversia: en el siglo XIX se hablaba de hasta 30.000. No obstante, hoy se estima que el número oscilaría entre 500 y 15.000 personas, pues la escuadra, compuesta por quince embarcaciones, solo podría llevar entre 12.000 y 15.000 personas, incluyendo a los tripulantes. No obstante, existen varios relatos sobre la sobreocupación de los barcos. Según Pedreira y Costa, teniendo en cuenta todas las variables, lo más probable es que hubiera entre 4.000 y 7.000 personas, incluyendo la tripulación. Muchas familias fueron separadas y muchos altos dignatarios no encontraron un lugar en los barcos, por lo que tuvieron que quedarse en tierra.
El viaje no fue tranquilo: al empezar, tuvieron que hacer frente a una tormenta que obligó a un considerable desvío en la ruta. Además, varios barcos tenían una condición precaria y la sobreocupación impuso condiciones humillantes para la nobleza, que tuvo que dormir apiñada, bajo viento y lluvia, en las cubiertas. La higiene era pésima y se originó una epidemia de piojos ya que muchos no consiguieron llevar mudas de ropa. Varias personas enfermaron y se tuvo que racionar el agua y los alimentos, que eran escasos. Los ánimos se encendieron y empezaron los rumores y la flota, tras atravesar una densa niebla en la que se perdió el contacto visual entre los barcos, sufrió una nueva tempestad que dañó seriamente algunos barcos y acabó por dispersarlos a la altura de la isla de Madeira. Posteriormente, el príncipe cambió de planes y, por orden suya, el grupo de barcos que aún los acompañaba se dirigió hacia Salvador de Bahía, probablemente por razones políticas —agradar a los habitantes de la primera capital de la colonia, que ya habían mostrado signos de descontento por la pérdida de su antiguo estatus—, mientras que los otros barcos siguieron hacia Río de Janeiro, siguiendo el plan inicial.

La transformación de la colonia en reino


Decreto de apertura de puertos, Biblioteca Nacional de Brasil.
 
El 22 de enero de 1808, el barco que llevaba al regente, así como otros navíos, atracaron en la bahía de Todos los Santos, en Brasil. No obstante, en Salvador de Bahía el muelle estaba desierto pues el gobernador, el conde da Ponte, prefirió primero aguardar las órdenes del príncipe y después permitir al pueblo que lo recibiera. Extrañado por la actitud, Juan ordenó que todos fueran cuando quisieran.

 Mientras, para permitir que la nobleza se recuperara después del viaje, el desembarco fue retrasado un día, cuando fueron recibidos de forma festiva, con un desfile, repique de campanas y la celebración de un Te Deum en la catedral. Los días siguientes, el príncipe recibió a todos los que lo quisieron homenajear, para lo que se realizó el ceremonial besamanos y se concedieron diversas mercedes. Entre ellas, se decretó la creación de un aula pública de Economía y una escuela de Cirugía, pero sobre todo se decretó la apertura de puertos a las naciones amigas, una medida de gran importancia política y económica y la primera de las muchas que se tomaron para mejorar las condiciones de la colonia. Además, Inglaterra, cuya economía dependía en gran parte del comercio marítimo y que se había convertido en una especie de «tutora» del reino, se benefició directamente, obteniendo diversos privilegios.

Hubo un mes de celebraciones en Salvador de Bahía por la presencia de la corte y se intentó que se convirtiera en la nueva sede del reino e incluso se ofreció construir un lujoso palacio para albergar a la familia real. Sin embargo, Juan recordó a los habitantes que se había anunciado a todas las naciones su intención de quedarse en Río de Janeiro, declinó la oferta y continuó el viaje. El barco que lo llevaba entró en la bahía de Guanabara el 7 de marzo y se encontró con las infantas y otros miembros de la comitiva, cuyos navíos habían llegado antes. El día 8, finalmente, toda la corte desembarcó y se encontró con una ciudad engalanada para recibirlos. Fueron nueve días de celebraciones ininterrumpidas. Un conocido cronista de la época, el padre Perereca, testigo ocular de la llegada, al mismo tiempo que se lamentaba con las noticias de la invasión de la metrópoli, ya intuyó lo que significaba que la corte estuviera en suelo brasileño:
Si tan grandes eran los motivos de lamento y aflicción, no eran menores las causas de consuelo y de aliento: un nuevo orden de las cosas iba a empezar en esta parte del hemisferio austral. El imperio de Brasil estaba ya proyectado y ansiosamente suspirábamos por la poderosa mano del príncipe regente, nuestro señor, para poner la primera piedra de la futura grandeza, prosperidad y poder del nuevo imperio.
Con la corte llegó lo esencial del aparado de un Estado soberano: la alta jerarquía civil, religiosa y militar, aristócratas y profesionales liberales, artesanos cualificados, funcionarios. Para muchos estudiosos del traslado de la corte para Río, fue en este momento cuando se inició la fundación del Estado brasileño y se dieron los primeros pasos para su verdadera independencia. Aun así, formal y jurídicamente Brasil aún continuó algún tiempo como colonia portuguesa, en palabras de Caio Prado Júnior:
Estableciendo en Brasil la sede de la monarquía, el regente abolió ipso facto el régimen del colonia en el que país vivía hasta entonces. Todas las características de ese régimen desaparecieron, dejando solo la circunstancia de continuar al frente de un gobierno extraño. Fueron abolidas, una detrás de otra, los viejos engranajes de administración colonial y fueron sustituidos por otros más propios de una nación soberana. Se acabaron las restricciones económicas y pasaron a un primer plano las necesidades políticas del gobierno, los intereses del país.
Sin embargo, lo primero fue acomodar a todos los recién llegados, un problema difícil de resolver dado las pequeñas dimisiones de la ciudad. Principalmente, faltaban casas lo suficientemente «dignas» para satisfacer a los nobles y, en especial, a la propia familia real. Esta se instaló en el palacio de los Virreyes, un gran caserón, pero sin las mínimas comodidades y sin nada que ver con los palacios portugueses. Aunque era grande, no era suficiente para albergarlos a todos y fue necesario requisar edificios vecinos como el convento do Carmo, el ayuntamiento y la cárcel. Para atender a los otros nobles e instalar nuevos departamentos gubernamentales, numerosas residencias menores fueron expropiadas deprisa. Como el regente, a pesar de los esfuerzos del virrey Marcos de Noronha e Brito y de Joaquim José de Azevedo, aún estaba mal instalado, el comerciante Elias António Lopes le ofreció su casa de campo en la Quinta da Boa Vista, un palacete suntuoso y excelentemente localizado que agradó al príncipe. Tras varias reformas y ampliaciones, el palacete se transformó en el palacio de São Cristóvão. Carlota Joaquina, por su parte, prefirió quedarse en una casa de campo cerca de la playa de Botafogo, siguiendo la costumbre de vivir separada del marido.
 
La ciudad, en la época con cerca de 60 000 habitantes, se vio transformada de la noche al día. La población adicional, cargada de nuevas exigencias, impuso una nueva organización en el abastecimiento de alimentos y otros bienes de consumo, incluido artículos de lujo. El proceso de instalación de los portugueses aún llevaría años para completarse y la vida diaria en Río se volvió caótica durante un tiempo: los alquileres se doblaron, subieron los impuestos y los víveres desaparecieron, requisados por la nobleza. Eso disipó el entusiasmo popular por la llegada del príncipe. Con el tiempo, la fisionomía urbana empezó a cambiar, con la construcción de numerosas residencias, palacetes y otras edificaciones y se instalaron numerosas mejoras en los servicios públicos y en las infraestructuras. Igualmente, la presencia de la corte introdujo cambios en la etiqueta, nuevas modas y nuevas costumbres, incluida una nueva estratificación social.

Entre esas costumbres, Juan continuó en Brasil con la tradicional ceremonia portuguesa del besamanos, por la cual sentía gran aprecio y que empezó a formar parte del folclore y que al pueblo le fascinaba. Recibía a sus súbditos todos los días, excepto los domingos y festivos. Estos esperaban en grandes filas, donde se mezclaban nobles y plebeyos, para mostrarle su respeto al monarca y pedirles mercedes. Dijo el pintor Henry L'Evêque que «el príncipe, acompañado de un secretario de Estado, un criado y algunos oficiales, recibe todas las peticiones que se le presentan; escucha con atención todas las quejas; consuela a algunos; anima a otros... La vulgaridad de las maneras, la familiaridad del lenguaje, la insistencia de algunos, lo prolijo de otros, nada lo enfada. Parece olvidarse de que es su señor para pensar que es solo su padre». Manuel de Oliveira Lima anotó que «nunca confundía las fisionomías ni las súplicas y maravillaba a los suplicantes con el conocimiento que tenía de su vida, de sus familias, incluso de los pequeños incidentes acaecidos en tiempos pasados y ellos apenas podrían creer que el rey se acordara de todo esto».

A lo largo de su estancia en Brasil, el rey formalizó la creación de un enorme número de instituciones y servicios públicos y promovió la economía, la cultura y otros ámbitos de la vida nacional. Todas esas medidas fueron tomadas, en un principio, por la necesidad práctica de administrar un gran imperio en un territorio antes desprovisto de tales servicios, pues la idea predominante era que Brasil continuaría siendo una colonia, ya que se esperaba la vuelta de la corte para la antigua metrópoli en cuanto la situación política europea se normalizara. Sin embargo, esos avances se convertirían en la base de la futura autonomía de Brasil.

No obstante, esto no significa que todo fuera progreso. Hubo serias crisis políticas, que se iniciaron justo después de su llegada, con la invasión de la Guyana Francesa en 1809 en represalia a la invasión de Portugal, y grandes problemas económicos, empezando con el acuerdo comercial de 1810 impuesto por Inglaterra que, en la práctica, inundó el pequeño mercado interno de artilugios inútiles y perjudicó las exportaciones y la creación de nuevas industrias en el país. El déficit público se multiplicó por veinte y la corrupción se propagó por todas las instituciones, inclusive el Banco do Brasil, que acabó quebrando. Además, la corte era extravagante y gastadora, acumulaba privilegios y más privilegios y sustentaba una legión de maleantes y aventureros. El cónsul británico James Henderson observó que pocas cortes europeas eran tan grandes como la portuguesa. Laurentino Gomes afirmó que Juan de Braganza concedió más títulos hereditarios durante los ocho primeros años en su estancia en Brasil que en los 300 años anteriores de la historia de Portugal, sin contar las más de 5000 insignias de las órdenes honoríficas.

Cuando Napoleón fue apeado del poder, en 1815, las potencias europeas se reunieron en el Congreso de Viena para reorganizar el mapa político del viejo continente. Portugal participó en las negociaciones, pero ante las maquinaciones inglesas contrarias a los intereses de la casa de Braganza, el conde de Palmela, embajador portugués en el Congreso, y el poderoso príncipe de Talleyrand aconsejaron al regente que permaneciera en Brasil y, a fin de estrechar lazos entre la metrópoli y la colonia, le sugirieron la elevación del estatus de colonia a condición del reino unido a Portugal. El representante inglés también estaba de acuerdo con la idea, lo que supuso la efectiva creación del Reino Unido de Portugal, Brasil y Algarve el 16 de diciembre de 1815, institución jurídica rápidamente reconocida por otras naciones.

Subida al trono y otros problemas políticos

Juan VI con la ropa de su aclamación, pintura de Jean-Baptiste Debret.
 
El 20 de marzo de 1816 falleció María I y se abrió camino para que el regente asumiera el trono. Sin embargo, aunque empezó a gobernar como rey ese mismo día, su coronación no se realizó de inmediato y tuvo que esperar hasta el 6 de febrero de 1818, cuando se llevó a cabo con grandes fiestas. Entre medias, diversos asuntos políticos ocuparon un primer plano. Carlota Joaquina seguía conspirando contra los intereses portugueses. Realmente, eso había empezado ya en Portugal, pero tras llegar a Brasil estableció contactos tanto con españoles como con nacionalistas de la región de La Plata para conseguir crear un reino para sí misma bien como regente de España, bien como reina de un nuevo reino creado en las colonias españolas del sur de América, o incluso tras la abdicación de Juan. Todo esto hacía imposible la convivencia con su marido, a pesar de la paciencia de este y solo aparecían juntos en público para guardar las apariencias. Aunque Carlota conseguía atraer muchas simpatías, todos sus planes fracasaron. A pesar de todo, consiguió que su marido se involucrara más directamente en la política colonia española, lo que acabó con la toma de Montevideo en 1817 y la anexión de la Provincia Cisplatina en 1821.

En esta misma época, surgió el problema de casar a Pedro, el príncipe heredero. Considerado Brasil un país demasiado distante, atrasado y poco seguro, encontrar buenas candidatas no fue tarea fácil. Tras un año buscando, el embajador, el marqués de Marialva, consiguió una alianza con una de las poderosas casas reinantes de toda Europa, los Habsburgo, emperadores de Austria, tras haber seducido a la corte austriaca con algunas mentiras, una fastuosa exhibición de pompa y la distribución de lingotes de oro y diamantes entre la nobleza. Pedro de Braganza se casó, así, con María Leopoldina de Austria, hija de Francisco I de Austria, en 1817. El emperador y su ministro Metternich consideraron la alianza «un pacto ventajosísimo entre Europa y el Nuevo Mundo», que podía fortalecer el régimen monárquico en ambos hemisferios y crear para Austria una nueva forma de influencia.

Además, la situación política en Portugal no era nada tranquila; sin gobierno y devastado por la Guerra Peninsular, que causó una gran hambruna y un enorme éxodo poblacional y con el alejamiento definitivo de la amenaza francesa, la metrópoli se había convertido en una especie de protectorado británico, liderado por el mariscal William Carr Beresford, que gobernó con mano de hierro. Desde la llegada al trono de Juan VI, los portugueses empezaron a presionar para que volvieran. Se iniciaron las rebeliones de orientación liberal y surgieron sociedades secretas que querían convocar a las cortes, hecho que no se producía desde 1698. En Brasil hubo una agitación similar. En 1817 estalló en Recife la Revolución Pernambucana, movimiento republicano que instaló un gobierno provisional en Pernambuco y se extendió por otros estados, aunque fue duramente reprimido. El 24 de agosto de 1820, un levantamiento militar en Oporto instaló una junta de gobierno, con repercusiones en Lisboa. Las Cortes Generales Extraordinarias y Constituyentes se reunieron, formando gobierno y convocando elecciones a diputado sin consultar a Juan VI. El movimiento se extendió a Madeira, las Azores y alcanzó la capitanía del Gran Pará y Bahía, en Brasil, y causó una sublevación militar en el propio Río de Janeiro.

El 30 de enero de 1821, las Cortes se reunieron en Lisboa y decretaron la formación de un Consejo de Regencia para ejercer el poder en nombre de Juan VI, liberaron a muchos presos políticos y exigieron el regreso inmediato del rey. El 20 de abril, el monarca convocó en Río una reunión para escoger a los diputados a la Corte Constituyente, pero el día siguiente hubo protestas en la plaza pública que fueron reprimidas con violencia. En Brasil, la opinión general era que el regreso del rey significaba el fin de la autonomía conquistada y que volverían a ser una colonia. Presionado, Juan VI intentó encontrar una salida para ganar tiempo: envió a Lisboa a su hijo, Pedro de Braganza, el príncipe heredero, para que otorgara una Constitución y estableciera las bases de un nuevo gobierno. El príncipe, sin embargo, al estar de acuerdo con las ideas libertadoras, se negó. La crisis había ido demasiado lejos y ya no había posibilidad de volver atrás. El rey solo pudo nombrar a su hijo Pedro regente en su nombre y salió a Lisboa el 25 de abril, tras haber estado trece años en Brasil.

Regreso a Portugal

Los barcos con el rey y su comitiva entraron en el puerto de Lisboa el 3 de julio. Cuando llegó, se había instaurado ya de facto un nuevo ambiente político. Elaborada la Constitución, el rey se vio obligado a jurarla el 1 de octubre, perdiendo diversas prerrogativas. Carlota Joaquina se negó a imitar al marido, por lo que sus derechos políticos le fueron anulados y se le despojó del título de reina. En aquel momento, el rey también había perdido Brasil. Su hijo, que optó por quedarse en el país, lideró una revuelta proclamando la Independencia de Brasil el 7 de septiembre y asumió el título de emperador. Dice la tradición que antes de empezar su viaje a Portugal, Juan VI habría anticipado los acontecimientos futuros, ya que le dijo al heredero: «Pedro, Brasil pronto se separará de Portugal. Si eso pasa, colócate la corona antes de que un aventurero la coja». Según las memorias del conde de Palmela, la independencia brasileña fue realizada de común acuerdo entre el rey y el príncipe. De todas maneras, la correspondencia posterior entre los dos registra la preocupación del príncipe porque eso molestara al padre. El reconocimiento oficial de la independencia, sin embargo, se demoró más tiempo.

La constitución liberal que el rey juró apenas estuvo en vigor algunos meses. El liberalismo no agradaba a todos y empezó a crear un movimiento absolutista. El 23 de febrero de 1823, en Trás-os-Montes, el conde de Amarante proclamó la monarquía absoluta, la cual no empezó en ese momento, pero siguieron nuevas agitaciones. El 27 de mayo, el infante Miguel, instigado por su madre Carlota Joaquina, lideró otra revuelta, conocida como la Vilafrancada e intentó restaurar el absolutismo.

Cambiando de juego, el rey apoyó a su hijo para evitar su propia abdicación, deseada por los partidarios de la reina, y apareció en público el día de su cumpleaños al lado de su hijo, que vestía uniforme de la Guarda Nacional, un cuerpo militar que aunque estuviera desorganizado, tenía hacia el liberalismo, por lo que recibió los aplausos de la milicia. Después, el monarca se dirigió personalmente a Vila Franca de Xira para administrar mejor la crisis, y su vuelta a Lisboa fue un verdadero triunfo. El clima político era indeciso y por eso los más firmes defensores del liberalismo tuvieron reparos en comprometerse demasiado. Las Cortes, antes de que fueran disueltas, protestaron contra cualquier cambio que se realizara en el texto constitucional, recientemente aprobado, pero finalmente se restauró el régimen absolutista, se restablecieron los derechos de la reina y el rey fue aclamado por segunda vez el 5 de junio de 1823. Juan VI, además, reprimió manifestaciones en su contra, deportó a algunos liberales, arrestó a otros, ordenó la recomposición de las magistraturas e instituciones más de acuerdo con la nueva organización y creó una comisión para elaborar estudios para una nueva carta.

La alianza del rey con su hijo Miguel no fue fructífera, ya que, siempre influido por la madre, el infante levantó la guarnición militar de Lisboa el 29 de abril de 1824 y colocó al padre bajo custodia en el palacio da Bemposta, hecho que se denominó «Abrilada», con el pretexto de destruir a los masones y defender al rey de las amenazas de muerte que estos supuestamente le habría hecho. En esta ocasión, se detuvieron a diversos enemigos políticos. El infante intentaba forzar la abdicación del padre. Alertado de la situación, el cuerpo diplomático entró en el palacio y, delante de tantas autoridades, los custodios del rey no opusieron resistencia. El 9 de mayo, por consejo de embajadores amigos, Juan VI simuló un paseo a Caixas, pero fue a buscar refugio en la armada británica, que se encontraba en el puerto. A bordo del Windsor Castle llamó a su hijo, le regañó, lo destituyó del mando del ejército y le ordenó que liberara a los presos que hubiera hecho. Miguel se exilió. Vencida la rebelión, el pueblo salió a la calle para celebrar la permanencia del gobierno legítimo. A esa celebración se unieron tanto absolutistas como liberales. El 14, el rey volvió a Bemposta y mostró generosidad para con los otros rebeldes. Sin embargo, la reina no cesó de conspirar. La policía descubrió que otra rebelión iba a estallar el 26 de octubre. Ante eso, Juan VI se mostró enérgico y mandó a su esposa a prisión domiciliaria en Queluz.

Últimos años y supuesto asesinato


El rey en un grabado de 1825 de Manuel Antônio de Castro.
 
Al fin de su reinado, Juan VI ordenó la creación de un puerto franco en Lisboa, pero la medida no se llevó a cabo. Mandó, asimismo, continuar las investigaciones para averiguar la muerte del marqués de Loulé, su antiguo amigo, pero nunca se encontró nada. El 5 de junio de 1824, amnistió a los involucrados en la revolución de Oporto, excepto a nueve oficiales que fueron desterrados y el mismo día hizo entrar en vigor la antigua constitución del reino y convocar de nuevo a las cortes para elaborar un nuevo texto. El cambio constitucional se enfrentó a diversos obstáculos, principalmente de España y de partidarios de la reina.

Sin embargo, los mayores problemas a los que tuvo que hacer frente fueron los relacionados con la independencia de Brasil, hasta entonces la mayor fuente de riqueza de Portugal, y cuya pérdida causó un gran impacto en la economía portuguesa. Se pensó incluso en una expedición de reconquista de la antigua colonia, pero la idea cayó en saco roto. Las negociaciones, tanto en Europa como en Río, con la mediación y la presión de Inglaterra, fueron difíciles y acabaron con el definitivo reconocimiento de la independencia el 29 de agosto de 1825. Al mismo tiempo, el rey liberó a todos los brasileños presos y autorizó el comercio entre ambas naciones. En cuanto a su hijo Pedro, se acordó que gobernaría de forma soberana con el título de emperador regente, manteniendo Juan VI para sí el título de emperador titular de Brasil, por lo que pasó a firmar los documentos oficiales como «Su majestad, el emperador y rey Juan VI». Brasil, además, seguía estando obligado al pago del último préstamo realizado por Portugal. Sobre la sucesión de las coronas, nada quedó dicho en el tratado, pero Pedro, que siguió con el título de príncipe real de Portugal y los Algarves, permanecía de forma implícita en la línea de sucesión al trono portugués.

El 4 de marzo de 1826, Juan VI volvió del monasterio de los Jerónimos donde había almorzado y empezó a sentirse mal. Empezó a tener vómitos, convulsiones y desmayos, que duraron unos días. Pareció mejorar después pero, por prudencia, nombró a su hija, la infanta Isabel, como regente. La noche del día 9, las molestias se agravaron y cerca de las 5:00 del día 10, falleció. Los médicos no pudieron determinar exactamente la causa de la muerte, pero se sospechaba que era envenenamiento.

Su cuerpo fue embalsamado y sepultado en el mausoleo de los reyes de Portugal, el panteón de los Braganza, en la iglesia de San Vicente de Fora. La infanta asumió el gobierno interino y su hermano Pedro fue reconocido como legítimo heredero, como Pedro IV de Portugal. En el año 2000, un equipo de investigadores, compuesto por dos arqueólogos de la Asociación Portuguesa de Arqueólogos y un médico especialista en medicina legal, exhumó el cuenco de cerámica china que contenía sus vísceras. Fragmentos de su corazón fueron rehidratados y sometidos a análisis, que detectaron cantidades de arsénico suficientes para matar a dos personas, confirmando las sospechas de que el rey fue asesinado.

Vida privada

En su juventud fue una persona retraída, fuertemente influida por el clero, que vivía rodeado de curas y acudía diariamente a misas. Sin embargo, Manuel de Oliveira Lima afirmó que todo esto en vez de ser una expresión de religiosidad personal, era un mero reflejo de la cultura portuguesa de entonces.
El rey entendía que la Iglesia, con su cuerpo de tradiciones y su disciplina moral, solo le podía ser útil para el buen gobierno a su modo, paternal y exclusivo, hacia poblaciones cuyo dominio heredara con el cetro. Por eso, fue repetidamente huésped de frailes y mecenas de compositores sacros, sin que esas manifestaciones epicureísta o artísticas comprometiesen su libre pensamiento o desnaturalizasen su tolerancia escéptica... Le agradaba el comedor más que el capítulo de los monasterio, porque en este se trataba de disciplina y en el otro se trataba de gastronomía y para la disciplina, le bastaba la pragmática. En la capilla real gozaba con los sentidos más de lo que rezaba con lo espitual: los andantes sustituían las meditaciones.
Apreciaba mucho la música sacra y era un gran lector de obras sobre arte, pero odiaba las actividades físicas. Se creía que sufría periódicas crisis de depresión. Su matrimonio no fue feliz y circularon rumores de que una vez, con 25 años, se había enamorado de Eugênia José de Menezes, dama de compañía de su esposa. Cuando esta se quedó embarazada, las sospechas cayeron sobre Juan. El caso fue escondido y ella fue enviada a España para que diera a luz. Nació una niña, cuya nombre se desconoce. La madre vivió encerrada en monasterios y fue mantenida por el rey durante toda la vida.

En Río los hábitos del rey, al estar instalado en un ambiente más humilde, eran sencillos. En vez del relativo aislamiento que tuvo en Portugal, pasó a mostrarse más dinámico e interesado en la naturaleza. Se movía con frecuencia entre el palacio de São Cristóvão y el ayuntamiento, pasaba largas temporadas en la isla de Paquetá, en la isla del Gobernador, en Praia Grande, la antigua Niterói y en la hacienda imperial de Santa Cruz. Practicaba la caza y pasaba muchas horas en lugares apacibles, reposando en barracas o debajo de algún árbol. Le gustaba Brasil, a pesar de los mosquitos y otras plagas y el calor abrasante de los trópicos, que la mayoría de los portugueses y otros extranjeros detestaban. Tampoco le gustaban los cambios en su rutina. En lo que respecta al vestuario, usaba la misma casaca hasta que se rompiera y obligaba a los sirvientes a coserla llevándola puesta mientras dormía. Sufría ataques de pánico cuando oía truenos y se encerraba en sus aposentos con las ventanas cerradas y sin recibir a nadie.

Legado

Con el paso de los pocos años de su permanencia de Brasil, Juan VI ordenó la creación de una serie de instituciones, proyectos y servicios que beneficiaron al país en el ámbito económico, administrativo, jurídico, científico, cultural, artístico y otros más, aunque no todos tuvieron el éxito previsto y algunos fueron muy disfuncionales o innecesarios, como observó mordazmente Hipólito da Costa. Entre otros, fue responsable de la creación de la Impressão Régia, el jardín botánico el arsenal de marina, la fábrica de pólvora, el cuerpo de bomberos, la marina mercante, la casa dos Expostos. También creó diversas escuelas en Río, Pernambuco, Bahía y otros lugares, de teología, dogmática y moral; cálculo integral, mecánica, hidrodinámica, química, aritmética, geometría; francés e inglés; botánica y agricultura y varias más. Fomentó la fundación de diversas sociedades y academias para estudios científicos, literarios y artísticos, como la Junta Vacínica, la Real Sociedad Bahiana de los Hombres de Letras, el Instituto Académico de las Ciencias y las Bellas Artes, la Academia Fluminense de las Ciertas y las Artes, la Escuela Anatómica, Quirúrgica y Médica de Río de Janeiro, la Real Academia de Artillería, Fortificación y Diseño, la Academia de Guardias Marinos, la Academia Militar, la Biblioteca Real, el Museo Real, el Teatro Real de São João, además de reclutar a solistas de canto de fama internacional y patrocinar los músicos de la capilla real, entre los que se incluía al padre José Maurício Nunes García, el mayor compositor brasileño de su tiempo.

Apoyó, asimismo, la venida de la Misión Artística Francesa, que supuso la creación de la Escuela Real de Ciencias, Artes y Oficios, antecesora de la Academia Imperial de Bellas Artes, de fundamental importancia para la renovación de la enseñanza y producción de arte en Brasil.

En economía, Juan VI realizó cambios de largo alcance, empezando con la apertura de los puertos y la abolición del monopolio comercial de los portugueses, siendo Inglaterra la gran beneficiada. Si por un lado, los comerciantes instalados en Brassil tuvieron que enfrentarse a la poderosa competencia extranjera, por otro, se fomentó la creación de nuevas manufacturas y otras actividades económicas que antes estaban prohibidas, eran escasas o incluso inexistentes en Brasil. Además, se fueron instalando diversos órganos administrativos de alto grado, como los ministerios de Guerra y Exteriores y el de Marina y Ultramar; los Consejos de Estado y de Hacienda, el Consejo Supremo Militar, el Archivo Militar, las Mesas de Despachos de Palacio y de Conciencia y Orden; la «Casa de Suplicación» (especie de Tribunal Supremo), la División Militar de la Guardia Real de Policía, el Banco de Brasil, la Real Junta de Comercio, Agricultura, Fábricas y Navegación y la Administración General de Correos, y colocó a brasileños en los cuadros administrativos y funcionales, lo que contribuyó a disminuir las tensiones entre nativos y portugueses. También fomentó la producción agrícola, especialmente el algodón, el arroz y la caña de azúcar; abrió carreteras y mejoró la navegación fluvial, lo que dinamizó la circulación de personas, bienes y productos entre las regiones.

Controversias

Según Pedreira y Costa, pocos son los monarcas portugueses que ocupan en el imaginario popular un lugar tan destacado como Juan VI, un imaginario que lo describe de diversas maneras, «aunque raramente por cosas buenas... no son extraños los comentarios a su vida conyugal y familiar ni las referencias a su personalidad y a sus costumbres personales, lo que invita a la caricatura fácil y a la circulación de una tradición poco lisonjera, cuando no jocosa». Son populares las descripciones del rey como apático, tonto y embustero, subyugado por una esposa perversa, un comilón asqueroso que siempre tenía pollo asado en los bolsillos de la casaca para comérselos en cualquier momento con los manos llenas de grasa, una visión perfectamente tipificada en la película Carlota Joaquina, princesa do Brasil, una parodia mezclada de aguda crítica social. La obra tuvo una enorme repercusión pero según la crítica de Ronaldo Vainfas, «es una historia repleta de errores de todo tipo, desvirtuaciones, imprecisiones, invenciones...»; para el historiador Luiz Carlos Villalta, «constituye un gran ataque al conocimiento histórico» y, «al contrario de que lo que anunció la cineasta Carla Camurati, que pretendió "producir una narrativa cinematográfica que constituyera una especie de novela histórica con función pedagógica y, de esta manera, ofreciera al espectador un conocimiento del pasado y lo ayudase, como pueblo, a pensar sobre el presente..." no ofrece conocimiento histórico nuevo al espectador, ni se puede considerar que conciba la historia como una novela. Así, se conduce al espectador más a la bufonada que a una reflexión crítica sobre la historia de Brasil.


Juan VI retratado por varios artistas, mostrando la diversidad de sus representaciones.
Incluso su iconografía lo representa de muy diversas formas. A veces era un obeso, desproporcionado y con apariencia dejada y a veces era un personaje dignificado y elegante. Afirma la investigadora Ismênia de Lima Martins:
Si existe acuerdo de todos los autores, que se basaron en las declaraciones de quienes lo conocieron de cerca, sobre su bondad y su afabilidad, todo lo demás es controversia. Mientras unos apuntan a su visión de estadista, otros lo consideran como un completo cobarde y sin preparación para gobernar. De cualquier forma, Juan VI marcó de forma indeleble la historia luso-brasileña, hecho que repercute hasta nuestros días, a través de una historiografía que insiste en juzgar al rey, despreciando las transformaciones continuas que la disciplina experimentó a lo largo del s.XX
En su gobierno, siempre dependió de ayudantes fuertes como el conde de Linhares, el conde de Barca o Tomás Antônio de Vila Nova Portugal, que pueden ser considerados las cabezas pensantes de las más importantes medidas que el rey tomó. Pero según John Luccock, un observador del periodo juanino, «el príncipe regente ha sido en diversas ocasiones acusado de apatía. A mí me parece que posee la mayor sensibilidad y energía de carácter que, por lo general, tanto amigos como adversarios suelen atribuirle. Se encontraba bien ante circunstancias nuevas y propias para ponerlo a prueba, trabajando con paciencia y, si lo incitaban, actuaba con vigor y presteza». Ennobleció también el carácter del rey, reafirmando su bondad y su atención. Oliveira Lima, con su clásico Dom Juan VI no Brasil (1908), fue uno de los mayores responsables del inicio de su rehabilitación a gran escala.

 Investigó numerosos documentos de la época sin encontrar descripciones brasileñas desfavorables al rey, ni de embajadores ni de otros diplomáticos acreditados en la corte. Al contrario, encontró mucho relatos que lo retrataban de forma positiva, como los testimonios del cónsul británico Henderson y el ministro estadounidense Sumter que «preferían dirigirse directamente al monarca, siempre dispuesto a hacer justicia, a entenderse con sus ministros ya que lo consideraban más adelantando que sus cortesanos». Documentos diplomáticos también dan prueba de su amplia visión política, ansiando para Brasil una importancia en las Américas similar a la de los Estados Unidos, adoptando un discurso semejante al destino manifiesto estadounidense. Hacía valer su autoridad sin violencia, con una manera persuasiva y afable. Sus maniobras en los asuntos internacionales, aunque no hayan tenido éxito en repetidas ocasiones y hubiera cedido a alguna ambición imperialista, en otras muchas se reveló clarividente y armonizadora y no es necesario repetir las acciones, antes descritas, que llevó a cabo para mejorar las condiciones de vida de la colonia brasileña.

Sin embargo, el general francés Junot lo describió como un «hombre débil, que sospecha de todo y de todos, celoso de su autoridad pero incapaz de hacerse respetar. Dominado por los curas y que solo consigue actuar cuando siente miedo» y varios historiadores brasileños como Pandiá Calógeras, Tobias Monteiro y Luiz Norton dan una visión más sombría. Entre los portugueses como Joaquim Pedro de Oliveira Martins y Raul Brandão fue invariablemente retratado como una figura burlesca hasta el resurgimiento conservador de 1926, cuando aparecieron nuevos nombres para defenderlo como Fortunato de Almeida, Alfredo Pimenta o Valentim Alexandre. También es verdad que hizo muchos enemigos, que elevó los impuestos y agravó la deuda pública, que multiplicó los títulos y los privilegios hereditarios, que no supo apaciguar las discordias internas ni eliminar la corrupción arraigada en los escalafones administrativos y que dejó a Brasil al borde de la quiebra cuando vació el tesoro para volver a Portugal.

Sea como fuere el carácter del rey, y sus errores y aciertos, es incontestable la importancia de su reinado en lo que respecta al inicio del desarrollo y de la propia unidad de la nación brasileña.

Gilberto Freyre afirmó que «Juan VI fue una de las personalidades que más influyeron en la formación nacional fue un mediador ideal entre la tradición —que encarnaba— y la innovación —que acogió y promovió— aquel periodo fue decisivo para el futuro brasileño. Como dijo Laurentino Gomes, «ningún otro periodo de la historia brasileña fue testigo de cambios tan profundos y acelerados como los trece años en que la corte portuguesa vivió en Río de Janeiro». Estudiosos como Oliveira Lima, Maria Odila da Silva Dias, Roderick Barman y el mismo Laurentino creen que si no se hubiesen desplazado a América e instalado un gobierno fuerte y centralizado, el gran territorio de Brasil, con importantes diferencias regionales, se hubiera fragmentado en diversas naciones distintas como ocurrió con la vasta colonia española. Esta opinión ya había sido pronunciada por el almirante británico Sidney Smith, comandante de la escuadra que escoltó los barcos portugueses en fuga hacia Brasil.

Las biografías más recientes intentan distinguir entre leyenda y realidad, intentando eliminar la imagen de ridículo que se formó sobre él y que además no tiene mucha documentación histórica auténtica que lo corrobore. Lúcia Bastos advierte de que actitudes que hoy podríamos criticar deben ser analizadas con cuidado en su contexto histórico, como la cuestión de la corrupción, recordando que, aunque hubiera gastos enormes y claros abusos, en la época no había una separación nítida entre lo público y lo privado y en la lógica del Antiguo Régimen «el rey es el dueño del Estado». En palabras de Leandro Loyola, «con las nuevas investigaciones ha surgido un gobernante con sus limitaciones, pero que se enfrentó a una coyuntura totalmente adversa y sobrevivió a ella, a pesar de gobernar un país pequeño, empobrecido y decadente como el Portugal de principios del siglo XIX». Significativamente, Napoleón, su enemigo más poderoso, antes de fallecer en Santa Elena, dijo de él: «Fue el único que me engañó». El marqués de Caravelas, dando un discurso en el Senado por la muerte del rey, lo loo diciendo «Todos los que estamos aquí tenemos muchas razones para acordarnos de la memoria de Juan VI, todos le debemos gratitud por los beneficios que nos trajo: elevó a Brasil a la categoría de reino, se preocupó por todos y por su bien y nos trató siempre con mucho cariño y todos los brasileños se lo agradecen».








    María Luisa (11 de septiembre de 1777 - 2 de julio de 1782)


 

María Amalia de Borbón


María Amalia de Borbón (9 de enero de 1779 - 22 de julio de 1798), Infanta de España, era la cuarta de los descendientes del rey Carlos IV de España y su esposa, la princesa María Luisa de Parma.

Durante su juventud se la consideró como una posible candidata para contraer matrimonio con el que años más tarde sería el rey Luis I de Etruria, aunque finalmente este escogió a su hermana menor, María Luisa.
           
El 25 de agosto de 1795, cuando contaba con solo 16 años de edad, contrajo matrimonio con su tío, el infante Antonio Pascual de Borbón (quién era 24 años mayor que ella) en el Palacio Real de La Granja de San Ildefonso. Falleció muy joven, a la edad de 19 años, en el Palacio Real de Madrid, el 22 de julio de 1798 , al dar a luz un bebé que falleció al poco tiempo, por lo que no hubo descendencia de este matrimonio.

Distinciones honoríficas

  • Order of Queen Maria Luisa (Spain) - ribbon bar.png Dama de la Orden de las Damas Nobles de la Reina María Luisa.

Antonio Pascual de España


Antonio Pascual de Borbón (Caserta, 31 de diciembre de 1755 - San Lorenzo de El Escorial, 20 de abril de 1817), infante de España  hijo de Carlos III y hermano menor de Carlos IV de España y Fernando IV de Nápoles.
            
Antonio Pascual Francisco Javier Juan Nepomuceno Ángel Raimundo Silvestre nació en el Palacio de Acquaviva en Caserta, donde residía la familia real antes de la construcción del Palacio Real de Caserta. Este bondadoso infante fue el más inteligente y laborioso de los hijos de Carlos III, después de su difunto hermano Gabriel, y al igual que éste fue celebrado como humanista, muy devoto de las artes. Guardaba un sorprendente parecido físico con su hermano Carlos IV.

Matrimonio

Casó con su sobrina María Amalia de Borbón el 25 de agosto de 1795, de la que no tuvo hijos, enviudando tres años después.

Época napoleónica

Fue partidario del príncipe Fernando, y aborrecía a favorito de Carlos IV, Manuel Godoy.
Encabezó la Junta Suprema de Gobierno, por designación de Fernando VII, mientras éste acudía a la cita conminatoria de Napoleón en Bayona, con objeto de de entenderse con las tropas francesas y buscar la buena armonía.

Durante la guerra de la Independencia compartió con la familia real el encierro en Valençay. De regreso a España, desempeñó altos cargos oficiales. Fue toda su vida un firme partidario del absolutismo, y congregaba en torno suyo lo más florido del partido realista furibundo.
Según la recreación literaria del personaje hecha por Benito Pérez Galdós en La corte de Carlos IV, novela perteneciente a los Episodios Nacionales, el infante:
acostumbraba a matar los ocios de la vida regia alternando los oficios de carpintero y encuadernador con el cultivo del arte de la zampoña jamás vi fisonomía tan bonachona. Tenía costumbre de saludar con tanta solemnidad como cortesanía a cuantas personas le salían al paso se habría confundido con cualquier sacristán de parroquia. Era, entre todos los individuos de la regia familia, el que me parecía de mejor carácter. Más tarde conocí cuánto me había equivocado al juzgarle como el más benévolo de los hombres.
Emprendió obras de restauración en el Real Sitio de La Isabela, en Sacedón, sumergido desde 1955 por las aguas del embalse de Buendía.



Carlos Domingo (5 de marzo de 1780 - 11 de junio de 1783)



María Luisa de Borbón (reina de Etruria)


María Luisa de España o María Luisa de Borbón (La Granja de San Ildefonso, España, 6 de julio de 1782 - Roma, Estados Pontificios, 13 de marzo de 1824) fue una Infanta de España con tratamiento de Alteza Real por nacimiento que al contraer matrimonio se convierte en Reina consorte de Etruria y regente desde 1801 hasta 1807 y duquesa soberana de Lucca desde 1814 hasta 1824 en el momento de su muerte.
                   
Nacida en La Granja de San Ildefonso el día 6 de julio de 1782, hija del rey Carlos IV de España y de la princesa María Luisa de Borbón-Parma que entonces ostentaban el título de príncipes de Asturias.

 María Luisa era nieta por vía paterna del rey Carlos III de España y de la princesa María Amalia de Sajonia mientras que por vía materna lo era del duque Felipe I de Parma y de la princesa Luisa Isabel de Francia.
María Luisa fue hermana de:
  • Fernando VII, rey de España.
  • Carlota Joaquina de Borbón, casada con Juan VI de Portugal.
  • María Isabel de Borbón, casada con Francisco I de las Dos Sicilias.
  • Carlos María Isidro de Borbón, pretendiente carlista al trono de España.

Nupcias y descendientes

Maria Luisa contrajo matrimonio en el Palacio de Aranjuez el 25 de agosto del año 1795 con su primo, el príncipe heredero Luis de Parma. La pareja se instala en Parma y tienen dos hijos:
SM el duque Carlos II de Parma, nacido en Madrid en 1799 y muerto en Niza en 1883. Se casa con la princesa María Teresa de Saboya.

SAR la princesa María Luisa de Borbón-Parma, nacida en altamar en el navío Reina María Luisa cerca de Barcelona en 1802 y muerta en Roma en 1857. Se casa en primeras núpcias con el príncipe Maximiliano de Sajonia y en segundas núpcias con el aristócrata de origen italiano Francesco Rossi.

Exilio de Parma

En el año 1801 Napoleón Bonaparte ocupa el territorio del Ducado de Parma e inmediatamente asigna a los duques de Parma el territorio del Reino de Etruria creado sobre el antiguo Gran Ducado de Toscana. La compensación territorial se hace ya que la familia Borbón de España, de la cual era miembro la duquesa, era aliada de la causa bonapartista en aquel momento.

El Reino de Etruria tiene una efímera vida y en 1807 éste desaparece. Pese a todo, en 1803, el rey Luis de Etruria, marido de la infanta María Luisa, moría a la edad de treinta años. A partir de este momento, la infanta María Luisa se hace cargo de la regencia de su hijo y ejerce un gobierno destinado a suprimir las innovaciones revolucionarias de los gobiernos de su marido tutelados por Francia. María Luisa restituye el absolutismo en 1807 e inmediatamente fueron expulsados del trono por parte del ejército napoleónico.

En 1807 la infanta María Luisa y sus dos hijos se instalan en la corte de Madrid, y en una Corte profundamente dividida a principios del siglo XIX la infanta apoya a los partidarios de su padre, Carlos IV, en contra de los partidarios de su hermano Fernando VII. Intenta presionar a su padre y a Napoleón Bonaparte para conseguir un reino de nueva creación al norte de Portugal. Napoleón decide detenerla junto a sus padres después de los hechos de Bayona por los cuales Francia mantiene secuestrada a la familia real. Durante el largo confinamiento francés, la infanta y su descendencia fueron excluidos de la sucesión a la corona por parte de las Cortes de Cádiz como muestra de rechazo a su conducta profrancesa.

El Congreso de Viena crea el ducado de Lucca por el duque Carlos y establece una regencia de la infanta María Luisa. Posteriormente en 1817 se le reconoce la potestad de heredar el ducado de Parma de nuevo tras la muerte de la archiduquesa María Luisa de Austria, viuda de Napoleón.
La infanta muere el 13 de marzo del año 1824 en la ciudad de Roma, víctima de cáncer, siendo enterrada posteriormente en el Monasterio de El Escorial.

Distinciones honoríficas

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Luis de Etruria


Luis Francisco Filiberto de Borbón-Parma (Colorno, 5 de julio de 1773 - Toscana, 27 de mayo de 1803), Infante de España al que Napoleón le concedió el ser rey de Etruria (1801-1803). Miembro de la rama menor de los Borbón-Parma.
                      
Nacido en Colorno, fue el primogénito de Fernando de Parma y de María Amelia de Habsburgo-Lorena, por tanto nieto de María Teresa I de Austria y Francisco I por parte materna. Finalizó su educación en la corte española de donde provenía su familia y ahí contrajo matrimonio con María Luisa de Borbón una de las hijas del rey Carlos IV y María Luisa de Parma, con lo que se convirtió en Infante de España.

En 1801, Carlos IV de España y Napoleón Bonaparte, que estaban aliados en las guerras napoleónicas mediante el Tratado de San Ildefonso de 1796, firmaron el nuevo Tratado de Aranjuez, por el cual España entregaría a Francia los ducados de Parma, Piacenza y Guastalla y el territorio de Luisiana a cambio del Gran Ducado de Toscana, que con el nombre de Reino de Etruria debería pasar al infante Luis Francisco. El nuevo rey Luis I, antes de tomar posesión de Etruria, tuvo que recibir la coronación por parte de Napoleón en París, para lo cual hubieron de viajar de incógnito bajo el falso título de conde de Livorno.

Luis y su familia llegaron a la nueva capital, Florencia, en agosto de 1801. Su reinado, no obstante, iba a ser corto porque la salud de Luis empeoró a finales de 1802 y el 27 de mayo de 1803 murió, a la edad de 30 años. Le sucedió su hijo Carlos Luis como Luis II de Etruria, pero bajo la regencia de su madre María Luisa.

 


Carlos Francisco (5 de septiembre de 1783 - 11 de noviembre de 1784)

Felipe Francisco (5 de septiembre de 1783 - 18 de octubre de 1784)



Fernando VII de España

Enlace aquí:

Fernando VII de España, llamado el Deseado o el rey Felón (San Lorenzo de El Escorial, 14 de octubre de 1784-Madrid, 29 de septiembre de 1833), fue rey de España entre marzo y mayo de 1808 y, tras la expulsión del «rey intruso» José I Bonaparte, nuevamente desde diciembre de 1813 hasta su muerte, exceptuando un breve intervalo en 1823, en que fue destituido por el Consejo de Regencia.
               
Hijo y sucesor de Carlos IV y de María Luisa de Parma, depuestos por obra de sus partidarios en el Motín de Aranjuez, pocos monarcas disfrutaron de tanta confianza y popularidad iniciales por parte del pueblo español. Obligado a abdicar en Bayona, pasó toda la Guerra de Independencia preso en Valençay, siendo reconocido como el legítimo rey de España por las diversas Juntas, el Consejo de Regencia y las Cortes de Cádiz.

Tras la derrota de los ejércitos napoleónicos y la expulsión de José Bonaparte, Napoleón le devolvió el trono de España con el Tratado de Valençay. Sin embargo, el Deseado pronto se reveló como un soberano absolutista y, en particular, como uno de los que menos satisficieron los deseos de sus súbditos, que lo consideraban una persona sin escrúpulos, vengativa y traicionera. Rodeado de una camarilla de aduladores, su política se orientó, en buena medida, hacia su propia supervivencia.

Entre 1814 y 1820 restauró el absolutismo, derogando la Constitución de Cádiz y persiguiendo a los liberales. Tras seis años de guerra, el país y la Hacienda estaban devastados, y los sucesivos gobiernos fernandinos no lograron restablecer la situación.

En 1820 un pronunciamiento militar dio inicio al llamado trienio liberal, durante el cual se restablecieron la Constitución y los decretos de Cádiz, produciéndose una nueva desamortización. A medida que los liberales moderados eran desplazados por los exaltados, el rey, que aparentaba acatar el régimen constitucional, conspiraba para restablecer el absolutismo, lo que se logró tras la intervención de los Cien Mil Hijos de San Luis en 1823.

La última fase de su reinado, la llamada Década Ominosa, se caracterizó por una feroz represión de los exaltados, acompañada de una política absolutista moderada o incluso liberaldoctrinaria que provocó un profundo descontento en los círculos absolutistas, que formaron partido en torno al infante Carlos María Isidro. A ello se unió el problema sucesorio, sentando las bases de la Primera Guerra Carlista, que estallaría con la muerte de Fernando y el ascenso al trono de su hija Isabel II, no reconocida como heredera por el infante Carlos.

En palabras de un reciente biógrafo, Rafael Sánchez Mantero:
Si en algo se caracteriza la imagen que Fernando VII ha dejado a la posteridad es en el unánime juicio negativo que ha merecido a los historiadores de ayer y de hoy que han estudiado su reinado. Resulta lógico entender que la historiografía liberal fuese inmisericorde con aquel que intentó acabar con los principios y leyes triunfantes en las Cortes gaditanas. La historiografía sobre Fernando VII ha ido evolucionando de tal manera que los estudios recientes han abandonado las diatribas decimonónicas para presentar un panorama más equilibrado. Sin duda, ha sido el monarca que peor trato ha recibido por parte de la historiografía en toda la historia de España.
Fernando de Borbón vino al mundo en vida de su abuelo Carlos III el 14 de octubre de 1784. Fue bautizado con los nombres de «Fernando, María, Francisco de Paula, Domingo, Vicente Ferrer, Antonio, Joseph, Joachîn, Pascual, Diego, Juan Nepomuceno, Genaro, Francisco, Francisco Xavier, Rafael, Miguel, Gabriel, Calixto, Cayetano, Fausto, Luis, Ramón, Gregorio, Lorenzo y Gerónimo».

Fue el noveno de los catorce hijos que tuvieron el príncipe Carlos, futuro Carlos IV, y María Luisa de Parma. De sus trece hermanos, ocho murieron antes de 1800. Tras la subida al trono de su padre en 1788, Fernando fue reconocido como príncipe de Asturias por las Cortes en un acto celebrado en el Monasterio de San Jerónimo de Madrid el 23 de septiembre de 1789.

Desde muy pronto, su formación fue encomendada al padre Felipe Scio, religioso de la Orden de San José de Calasanz, hombre modesto, culto e inteligente. Sin embargo, en 1795 es nombrado obispo de Segovia, y su puesto pasa a ser ocupado por el obispo de Orihuela, Francisco Javier Cabrera, que a su vez sería sustituido por el canónigo Juan Escóiquiz. Influido por este, creció aborreciendo a su madre y al favorito Manuel Godoy.

Ya desde muy joven, Fernando había conspirado en contra de sus padres y de Godoy, alentado por su preceptor. En torno al joven príncipe de Asturias se había formado un núcleo opositor formado por miembros de la alta nobleza, heredero del antiguo partido aragonés, que perseguía la caída de Godoy. Las negociaciones impulsadas por el embajador francés para que Fernando contrajera su segundo matrimonio con una dama Bonaparte coincidieron en 1807 con el empeoramiento de la salud de Carlos IV. El príncipe de Asturias quería asegurarse la sucesión y anular al valido. Godoy y el partido fernandino tuvieron su primer enfrentamiento. Debido a una delación, el motín fue descubierto y Fernando juzgado en lo que se conoce como el proceso de El Escorial. El príncipe denunció a todos sus colaboradores y pidió perdón a sus padres. El tribunal absolvió a los otros acusados, pero el rey, injusta y torpemente a juicio de Alcalá Galiano, ordenó el destierro de todos ellos.

La primera llegada al trono y las Abdicaciones de Bayona

Poco después, en marzo de 1808, ante la presencia de tropas francesas en España (dudosamente respaldadas por el Tratado de Fontainebleau), la corte se trasladó a Aranjuez como parte de un plan de Godoy para trasladar a la familia real a América desde Andalucía si la intervención francesa así lo requiriese. El día 17, el pueblo, instigado por los partidarios de Fernando, asaltó el palacio del Príncipe de la Paz. Aunque Carlos IV se las arregló para salvar la vida de su favorito, fue obligado a abdicar en favor de su hijo el día 19. Estos hechos son los que se conocen como Motín de Aranjuez. Por primera vez en la historia de España, un rey era desplazado del trono por las maquinaciones de su propio hijo con la colaboración de una revuelta popular.

 Fernando volvió a la corte, donde fue aclamado por el pueblo de Madrid. Sin embargo, las tropas francesas al mando de Murat ya habían ocupado la capital el día anterior, 23 de marzo.

Los monarcas con Napoleón

El depuesto rey y su esposa se pusieron bajo la protección de Napoleón y fueron custodiados por las tropas de Murat quien, por su parte, albergaba esperanzas de ser encumbrado rey de España por el emperador. Sin embargo, sus planes eran otros. Envió a un colaborador de su máxima confianza, el general Savary, para que comunicase a Murat su decisión de otorgar el trono de España a uno de sus hermanos y para que llevase a Francia, poco a poco, a la familia real al completo y a Godoy. Fue Savary quien convenció a Fernando de la conveniencia de acudir al encuentro del emperador que viajaba de París a Madrid, a lo que el rey accedió con la esperanza de que Napoleón le reconociese y respaldase como rey de España. En un principio, la entrevista debía celebrarse en Madrid, pero Napoleón, aduciendo asuntos imprevistos de gran urgencia, fue fijando lugares más al Norte, para acortar el tiempo de viaje desde Francia: la Granja de San Ildefonso, Burgos, San Sebastián... Finalmente, Fernando VII acudió a Bayona.
El 20 de abril pasó la frontera. Aunque aún no lo sabía, acababa de caer prisionero: fue el inicio de un exilio que duraría seis años. Una prisión disimulada, en un palacio de cuyas inmediaciones no podía salir y con la promesa, siempre postergada, de recibir grandes cantidades de dinero. Carlos IV había abdicado en Fernando VII a cambio de la liberación de Godoy, y Napoleón le había invitado también a Bayona, con la excusa de conseguir que Fernando VII le permitiese volver a España y recuperar su fortuna, que le había incautado. Ante la perspectiva de reunirse con su favorito e interceder a su favor, los reyes padres solicitaron acudir también a dicha reunión. Escoltados por tropas francesas, llegaron a Bayona el 30 de abril. Dos días más tarde, en Madrid, el pueblo se levantaría en armas contra los franceses, dando lugar a los hechos del 2 de mayo de 1808, que marcan el comienzo de la Guerra de la Independencia Española.
Entretanto, la situación en Bayona estaba adquiriendo tintes grotescos. Napoleón impidió la llegada de Godoy hasta que todo estuvo consumado, de forma que no pudiese aconsejar a la familia real española, que demostró ser sumamente torpe. A Fernando VII le dijo que la renuncia al trono de su padre, producida tras el motín de Aranjuez, era nula ya que se había hecho bajo coacción, por lo que le exigió que le devolviese su trono. Su propia madre, en su presencia, le había pedido a Napoleón que lo fusilase, por lo que le había hecho a Godoy a ella y a su esposo.
Napoleón obligó a Carlos IV a cederle sus derechos al trono a cambio de asilo en Francia para él, su mujer y su favorito Godoy, así como una pensión de 30 millones de reales anuales. Como ya había abdicado anteriormente a favor de su hijo, consideró que no cedía nada. Cuando llegaron a Bayona las noticias del levantamiento de Madrid y de su represión, Napoleón y Carlos IV presionaron a Fernando para que reconociese a su padre como rey legítimo. A cambio recibiría un castillo y una pensión anual de cuatro millones de reales que nunca cobró en su totalidad. Aceptó el 6 de mayo de 1808 ignorando que su padre ya había renunciado en favor del emperador. Finalmente, Napoleón otorgó los derechos a la corona de España a su hermano mayor, quien reinaría con el nombre de José I Bonaparte. Esta sucesión de traspasos de la corona española se conoce con el nombre de abdicaciones de Bayona.

No se trataba solo de un cambio dinástico. En una proclama a los españoles el 25 de mayo, Napoleón declaró que España se encontraba frente a un cambio de régimen con los beneficios de una Constitución sin necesidad de una revolución previa. A continuación, Napoleón convocó en Bayona una asamblea de notables españoles, la Junta española de Bayona. Aunque la asamblea fue un fracaso para Napoleón (sólo acudieron 75 de los 150 notables previstos), en nueve sesiones debatieron su proyecto y, con escasas rectificaciones, aprobaron en julio de 1808 el Estatuto de Bayona.

Mientras tanto, Fernando VII vio cómo el emperador ni siquiera se molestaba en cumplir su acuerdo e internó al antiguo soberano, junto con su hermano Carlos María Isidro y su tío Antonio Pascual, en el castillo de Valençay, propiedad de Charles Maurice de Talleyrand, Príncipe de Benevento, antiguo obispo, entonces Ministro de Asuntos Exteriores de Napoleón, con el que tramó el golpe de Estado que lo llevó al poder. Allí los recibió el 10 de mayo. Valençay era una propiedad rústica junto a un pueblo de unos 2.000 habitantes, aislada en el centro de Francia, a unos 300 kilómetros de París. Fernando permanecería en Valençay hasta el final de la Guerra de la Independencia. Sin embargo, sus condiciones de cautiverio no fueron muy severas; el Rey y su hermano recibían clases de baile y música, salían a montar o a pescar y organizaban bailes y cenas. Disponían de una buena biblioteca, pero el infante don Antonio Pascual puso todos los impedimentos posibles para que no leyeran libros franceses que pudieran ejercer una mala influencia sobre sus jóvenes sobrinos.
A partir del 1 de septiembre de ese año, sin embargo, la marcha de Talleyrand y la negativa de Bonaparte a cumplir lo estipulado con respecto a sufragar sus gastos —400 000 francos anuales más las rentas del castillo de Navarra en la Alta Normandía—, hicieron que su tren de vida fuera cada vez más austero, reduciéndose la servidumbre al mínimo.

Creyendo que nada se podía hacer frente al poderío de Francia, Fernando pretendió unir sus intereses a los de Bonaparte, y mantuvo una correspondencia servil con el corso, hasta el punto de que éste, en su destierro de Santa Elena, recordaba así la actuación del monarca español
No cesaba Fernando de pedirme una esposa de mi elección: me escribía espontáneamente para cumplimentarme siempre que yo conseguía alguna victoria; expidió proclamas a los españoles para que se sometiesen, y reconoció a José, lo que quizás se habrá considerado hijo de la fuerza, sin serlo; pero además me pidió su gran banda, me ofreció a su hermano don Carlos para mandar los regimientos españoles que iban a Rusia, cosas todas que de ningún modo tenía precisión de hacer. En fin, me instó vivamente para que le dejase ir a mi Corte de París, y si yo no me presté a un espectáculo que hubiera llamado la atención de Europa, probando de esta manera toda la estabilidad de mi poder, fue porque la gravedad de las circunstancias me llamaba fuera del Imperio y mis frecuentes ausencias de la capital no me proporcionaban ocasión.
Su humillación servil le llegó al punto de organizar una fastuosa fiesta con brindis, banquete, concierto, iluminación especial y un solemne Te Deum con ocasión de la boda de Bonaparte con María Luisa de Austria en 1810. Cuando el corso reprodujo la correspondencia que le enviaba Fernando en Le Moniteur, para que todos, en especial los españoles, vieran su actuación, éste se apresuró a agradecer con desvergüenza a su Emperador que hubiese hecho público de tal modo el amor que le profesaba.

Sin embargo, la condición de prisionero de Napoleón creó en Fernando el mito del Deseado, víctima inocente de la tiranía napoleónica. El 11 de agosto, el Consejo de Castilla invalidó las abdicaciones de Bayona, y el 24 de agosto se proclamó rey in absentia a Fernando VII en Madrid. Las Cortes de Cádiz, que redactaron y aprobaron la Constitución de 1812 no cuestionaron en ningún momento la persona del monarca y lo declararon como único y legítimo rey de la Nación española.

Siguiendo el ejemplo de las Cortes de Cádiz, se organizaron Juntas de Gobierno provisionales en la mayoría de las ciudades de los territorios en América, las cuales comenzaron por desconocer la autoridad napoleónica para, posteriormente, aprovechar la situación y declarar su independencia total del Imperio Español, dando inicio así a las Guerras de Independencia Hispanoamericana.

El regreso de El Deseado
Retrato de Fernando VII. Francisco de Goya.
Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Santander y Cantabria,
Santander, (España)

En julio de 1812, el duque de Wellington, al frente de un ejército anglohispano y operando desde Portugal, derrotó a los franceses en Arapiles, expulsándolos de Andalucía y amenazando Madrid. Si bien los franceses contraatacaron, una nueva retirada de tropas francesas de España tras la catastrófica campaña de Rusia a comienzos de 1813 permitió a las tropas aliadas expulsar ya definitivamente a José Bonaparte de Madrid y derrotar a los franceses en Vitoria y San Marcial. José Bonaparte dejó el país, y Napoleón se aprestó a defender su frontera sur hasta poder negociar una salida.

Fernando, al ver que por fin la estrella de Bonaparte empezaba a declinar, se negó arrogantemente a tratar con el gobernante de Francia sin el consentimiento de la nación española y la Regencia. Pero temiendo que hubiera un brote revolucionario en España, se avino a negociar. Por el Tratado de Valençay de 11 de diciembre de 1813, Napoleón reconoció a Fernando VII como Rey, recuperando así su trono y todos los territorios y propiedades de la Corona y sus súbditos antes de 1808, tanto en territorio nacional como en el extranjero; a cambio se avenía a la paz con Francia, el desalojo de los británicos y su neutralidad en lo que quedaba de guerra. También acordó el perdón de los partidarios de José I, los afrancesados.

Aunque el tratado no fue ratificado por la Regencia, Fernando VII fue liberado, se le concedió pasaporte el 7 de marzo de 1814, salió de Valençay el 14, viajó hacia Toulouse y Perpiñán, cruzó la frontera española y fue recibido en Figueras por el general Copons ocho días después, el 22 de marzo.

 Respecto a la Constitución de 1812, el decreto de las Cortes de 2 de febrero de 1814 había establecido que «no se reconocerá por libre al Rey, ni por tanto se le prestará obediencia, hasta que en el seno del Congreso nacional preste el juramento prescrito en el artículo 173 de la Constitución».

Fernando VII se negó a seguir el camino marcado por la Regencia, pasó por Gerona, Tarragona y Reus, se desvió a Zaragoza donde pasó la Semana Santa invitado por Palafox, fue a Teruel y entró en Valencia el 16 de abril. Allí le esperaba el cardenal arzobispo de Toledo, Luis de Borbón, presidente de la Regencia y favorable a las reformas liberales de 1812, y una representación de las Cortes de Cádiz presidida por Bernardo Mozo de Rosales, encargado de entregar al rey un manifiesto firmado por 69 diputados absolutistas. Era el llamado Manifiesto de los Persas, que propugnaba la supresión de la Cámara gaditana y justificaba la restauración del Antiguo Régimen. El 17 de abril, el general Elío, al mando del Segundo Ejército, puso sus tropas a disposición del rey y le invitó a recobrar sus derechos. Fue el primer pronunciamiento de la historia de España.

El 4 de mayo de 1814, Fernando VII promulgó un decreto, redactado por Juan Pérez Villamil y Miguel de Lardizábal, que restablecía la monarquía absoluta y declaraba nula y sin efecto toda la obra de las Cortes de Cádiz:
[...] mi real ánimo es no solamente no jurar ni acceder a dicha Constitución, ni a decreto alguno de las Cortes [...] sino el de declarar aquella Constitución y aquellos decretos nulos y de ningún valor ni efecto, ahora ni en tiempo alguno, como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo, y sin obligación en mis pueblos y súbditos de cualquiera clase y condición a cumplirlos ni guardarlos.
Modesto Lafuente (1869), Historia general de España, tomo XXVI, 2.ª ed.
Tras reponerse de un ataque de gota, el rey salió el 5 de mayo desde Valencia hacia Madrid. Había nombrado capitán general de Castilla la Nueva a Francisco de Eguía, absolutista acérrimo, quien se adelantó a la comitiva real y se encargó expeditivamente de organizar la represión en la capital, arrestar a los diputados doceañistas y despejar el panorama para la entrada triunfal del monarca.

 Detenidos los miembros de la Regencia, los ministros y los partidarios de la soberanía nacional, el golpe de estado se consumó en la madrugada del 11 de mayo con la disolución de las Cortes exigida por Eguía y ejecutada sin oposición por su presidente Antonio Joaquín Pérez, uno de los firmantes del Manifiesto de los Persas.

El 13 de mayo, Fernando VII, que había permanecido en Aranjuez desde el día 10 a la espera de los acontecimientos, entró por fin en Madrid.

Reinado

 


Busto oficial de Fernando VII, por F. Elías
(Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid).
Durante la primera etapa del reinado, entre los años 1814 y 1820, el rey restableció el absolutismo anterior al periodo constitucional. La tarea que aguardaba a Fernando era extremadamente compleja. Habría tenido que contar con unos ministros excepcionalmente capaces para poner orden en un país devastado por seis años de guerra, pero apenas contó con un par de estadistas de cierta talla. La inestabilidad del gobierno fue constante, y los fracasos a la hora de resolver adecuadamente los problemas determinaron los continuos cambios ministeriales.

Fue un periodo de persecución de los liberales, los cuales, apoyados por parte del Ejército, la burguesía y organizaciones secretas como la masonería, intentaron sublevarse varias veces para restablecer la Constitución. Por otra parte, a pesar de que Fernando VII había prometido respetar a los afrancesados, nada más llegar procedió a desterrar a todos aquellos que habían ocupado cargos de cualquier tipo en la administración de José I.

Durante el período desaparecieron la prensa libre, las diputaciones y ayuntamientos constitucionales y se cerraron las Universidades. Se restableció la organización gremial y se devolvieron las propiedades confiscadas a la Iglesia.

En enero de 1820 se produjo una sublevación entre las fuerzas expedicionarias acantonadas en la península que debían partir hacia América para reprimir la insurrección de las colonias españolas.

Aunque este pronunciamiento, encabezado por Rafael de Riego, no tuvo el éxito necesario, el gobierno tampoco fue capaz de sofocarlo y poco después, una sucesión de sublevaciones comenzó en Galicia y se extendió por toda España. Fernando VII se vio obligado a jurar la Constitución en Madrid el 10 de marzo de 1820, con la histórica frase:
Marchemos francamente, y yo el primero, por la senda constitucional.
Comenzó así el Trienio Liberal o Constitucional.

Durante el Trienio, se propusieron medidas en contra del absolutismo y se suprimen la Inquisición y los señoríos. Sin embargo, aunque el rey aparentaba acatar el régimen constitucional, conspiraba secretamente para restablecer el absolutismo (Regencia de Urgel; sublevación de la Guardia Real en julio de 1822, sofocada por la Milicia Urbana de Madrid). Finalmente, la intervención del ejército francés de los Cien Mil Hijos de San Luis, bajo los auspicios de la Santa Alianza, restableció la monarquía absoluta en España (octubre de 1823). Se eliminaron todos los cambios del Trienio liberal; por ejemplo, se restablecieron los privilegios de los señoríos y mayorazgos, con la única excepción de la supresión de la Inquisición.

Se inició así su última época de reinado, la llamada Década Ominosa (1823-1833), en la que se produjo una durísima represión de los elementos liberales, acompañada del cierre de periódicos y universidades. La Real Cédula de 1 de agosto de 1824 prohibió «absolutamente» en España e Indias las sociedades de francmasones y otras cualesquiera secretas. Al mismo tiempo se registraron levantamientos absolutistas instigados por el clero y por los partidarios del infante Carlos María Isidro, hermano de Fernando, que se perfilaba como sucesor.

También se consumó la práctica desaparición del Imperio español. En un proceso paralelo al de la Península tras la invasión francesa, la mayor parte de los territorios americanos declararon su independencia y comenzaron un tortuoso camino hacia repúblicas liberales (Santo Domingo también declaró su independencia pero poco después fue ocupada por Haití). Sólo las islas caribeñas de Cuba y Puerto Rico, junto con las Filipinas, las Marianas (incluyendo Guam) y las Carolinas, en el Pacífico, permanecían bajo el dominio de España.

En 1829 una expedición partió desde Cuba con la intención de reconquistar México al mando del almirante Isidro Barradas. La empresa acabó finalmente derrotada por las tropas mexicanas.
Durante su reinado otorgó entre títulos de España y títulos de Indias: 123 títulos nobiliarios, de los cuales 22 fueron Grandes de España.

Sucesión de Fernando VII
Fernando VII con el hábito de la Orden del Toisón de Oro. Vicente López Portaña.
1831. Palacio de España en Roma.

El 31 de marzo de 1830 Fernando promulgó la Pragmática Sanción, aprobada el 30 de septiembre de 1789, bajo Carlos IV pero que no se había hecho efectiva por razones de política exterior. La Pragmática establecía que si el rey no tenía heredero varón, heredaría la hija mayor. Esto excluía, en la práctica, al infante Don Carlos María Isidro de la sucesión, por cuanto ya fuese niño o niña quien naciese sería el heredero directo del rey. De esta forma, su hija Isabel (la futura Isabel II), nacida poco después, se veía reconocida como heredera de la corona, con gran disgusto de los partidarios de don Carlos, el hermano del rey.

En 1832, hallándose el rey enfermo de gravedad en La Granja, cortesanos partidarios del infante consiguieron que Fernando VII firmara un Decreto derogando la Pragmática. Con la mejoría de salud del Rey, el Gobierno de Francisco Cea Bermúdez, la puso de nuevo en vigor. Tras ello, Don Carlos marchó a Portugal. Entre tanto, María Cristina, nombrada regente durante la grave enfermedad del rey (la heredera Isabel apenas tenía tres años en ese momento), inició un acercamiento hacia los liberales y concedió una amplia amnistía para los liberales exiliados, prefigurando el viraje político hacia el liberalismo que se produciría a la muerte del rey. Fernando murió en 1833 sin hijos varones, había tenido otra hija la infanta Luisa Fernanda. El infante don Carlos, junto a otros realistas que consideraban que el legítimo heredero era el hermano del rey y no su hija primogénita, se sublevaron y empezó la Primera Guerra Carlista. Con ello hizo su aparición el carlismo.

Matrimonios y descendencia

Fernando VII contrajo matrimonio en cuatro ocasiones:

Personalidad de Fernando

No parece que el rey fuese agraciado físicamente. En los retratos de Fernando VII realizados por Goya y otros artistas –es lógico pensar que los artistas intentasen favorecer en lo posible a los retratados– se ve a un hombre más bien obeso, con un labio superior deprimido, maxilar inferior prognatado, frente prominente, nariz grande, carnosa y curvada, y ojos pequeños y estrábicos. Sus contemporáneos le asignaban una estatura "media", lo que para aquellos años significa unos 165 cm. Sufría de gota, (se cree que comía demasiado, especialmente carnes rojas).

Más difícil resulta describir la psique del monarca y sus virtudes y defectos. Salvo los panegíricos descaradamente adulatorios, la valoración generalizada de historiadores y cronistas de las cualidades del Deseado es muy desfavorable, si no claramente pésima. Estaba dotado de una inteligencia normal, no exenta de astucia y viveza, pero su carácter parece haber estado sometido a la cobardía, a la doblez, y a una suerte de egoísmo hedonista. Uno de sus críticos más implacables fue el diplomático e historiador marqués de Villaurrutia, quien afirma que desde pequeño, el rey mostró ser insensible al cariño de sus padres o cualquier otra persona, cruel y taimado; y como rey, y a pesar de "no haber habido nunca un monarca más deseado", fue cobarde, vengativo, despiadado, ingrato, desleal, mentiroso, mujeriego y cazurro... y en fin, desprovisto de cualquier aptitud para ser rey.

Autores como Comellas o Marañón, que han trabajado para comprender mejor el reinado de Fernando VII y ofrecer una visión ecuánime de su actuación y personalidad, no difieren mucho de las opiniones anteriores. Marañón dice del monarca que era «si no inteligente, pillo al menos». Comellas le define como una persona vulgar sin imaginación, «arrestos» ni ideas brillantes, y citando a testigos señala que todos los días despachaba con sus ministros, aunque ya bien entrada la tarde; para este autor sería una persona sencilla, apacible, bienhumorada y hogareña (a pesar de sus continuas infidelidades), capaz de conmoverse ante la necesidad de los más humildes y sensible a atrocidades como la tortura (una de sus primeras decisiones como rey fue la abolición del tormento), cualidades estas que ni eran suficientes para sustituir la necesidad que la nación tenía de un monarca muy distinto a Fernando. La virtud más reconocida aún por sus enemigos, era la sencillez y campechanía, aunque a menudo esta sencillez caía en lo meramente soez y chabacano.

A pesar de las ocasionales muestras de generosidad con los más necesitados señaladas por Comellas –y que alimentaban el amor que el pueblo llano sentía por el Deseado–, y a pesar de la forma metódica con que despachaba con su gabinete, se le achaca una falta de interés por los asuntos de Estado, que prefería abandonar en sus ministros, y que supeditaba a su codicia o interés personal: Ángel Fernández de los Ríos señala que Fernando VII tenía antes de su muerte 500 millones de reales depositados en el Banco de Londres, al tiempo que la deuda nacional había aumentado durante su reinado en 1 745 850 666 reales.

Dando por buenas las peores acusaciones, el psiquiatra e historiador Luis Mínguez Martín, reconoce en Fernando VII un «encanto superficial, labia y una actitud seductora y acomodaticia» que ocultaba una personalidad disocial, antisocial o psicopática, manifestada en «el desprecio hacia los derechos y sentimientos de los demás, el cinismo y el engaño, la mentira y la manipulación, la falta de responsabilidad social y de sentimientos de culpa y los mecanismos proyectivos».

Fernando era un hombre cultivado, amante de la música y el teatro, aficionado a la lectura y hábil guitarrista, y a pesar de todo lo dicho más arriba, el Deseado fue amado por el pueblo llano. Era muy sociable, le gustaban las fiestas, sus aficiones eran de lo más mundano y prefería rodearse de gente ordinaria y vulgar. Detestaba la caza (al contrario que su padre), y su mayor afición eran los toros: se hacía querer por la plebe.

Fernando VII y las artes y las ciencias

El rey Fernando VII tuvo la suerte de contar con buenos pintores y mantuvo el mecenazgo borbónico hacia artistas como Francisco de Goya, Vicente López Portaña o José Madrazo. Según Mesonero Romanos, aún "acudía en los últimos días de su existencia, trémulo y fatigoso, a la solemne repartición de premios de la Real Academia de San Fernando."
Apoyado por su segunda esposa, Isabel de Braganza, Fernando retomó la idea de José I de crear un Museo Real de Pinturas, y decidió convertir en tal el edificio que Juan de Villanueva había creado como Gabinete de Historia Natural. Gracias a su iniciativa y financiación personal nacía así el actual Museo del Prado, inaugurado en presencia del propio monarca y su tercera esposa el 19 de noviembre de 1819.
A pesar del supuesto deterioro de la ciencia española y de la fuga de científicos importantes durante su reinado, se deben a Fernando VII una serie de capitales iniciativas. En 1815 ordenó la restauración del Observatorio Astronómico, muy dañado durante la Francesada. También se reestructuró en aquel tiempo el Real Gabinete de Máquinas en el llamado Conservatorio de Artes.
Por otra parte, Fernando VII es el protagonista de algunas célebres novelas históricas, como Memoria secreta del hermano Leviatán (1988) de Juan Van-Halen y El rey felón (2009) de José Luis Corral.

Anecdotario

El monarca protagonizó numerosas anécdotas, algunas de las cuales han calado en el acervo popular español:
  • Según Pérez Galdós en sus Episodios Nacionales, cuando Napoleón se hubo escapado de la isla de Elba y regresado a Francia, el ayuda de cámara, nervioso, no acertaba a vestir a Fernando para la reunión del gabinete convocada para tratar el problema, y el rey dijo: «Vísteme despacio, que tengo prisa».
  • Mesonero Romanos cuenta que, en 1818, con motivo de su visita a la Exposición Pública de Industria Española, cuando los fabricantes de telas catalanes le mostraron su género pidiendo medidas proteccionistas, el rey exclamó "¡Bah! Todas estas son cosas de mujeres". Y se fue a dar un paseo por el Retiro.
  • El rey era un gran aficionado al billar, y solía jugar con los miembros de su camarilla. Estos, deseosos de agradar al soberano, procuraban siempre fallar sus golpes y hacer que las bolas quedasen en inmejorable situación para que el monarca hiciese sucesivas carambolas. De ahí proviene la frase hecha "Así se las ponían a Fernando VII".
  • Fernando VII de España mantuvo una gran complicidad con su confesor, el presbítero canario Cristóbal Bencomo y Rodríguez. Esto se deduce de los numerosos títulos que le otorgó el Rey, entre los que destacan: el de miembro del consejo y cámara de Castilla, Inquisidor general de España (cargo rechazado por el propio Bencomo), y la Gran Cruz de la Orden de Carlos III.
  • Además, cuando Fernando VII retornó a Madrid tras las Abdicaciones de Bayona, reclamó la presencia en la corte de su confesor y ordenó desplazar a la isla de Tenerife un navío de guerra con el solo propósito de trasladarlo de regreso a la corte.
  • https://es.wikipedia.org/wiki/Fernando_VII_de_Espa%C3%B1a


 
 

En 1802 se casó con su prima María Antonia de Nápoles (1784-1806), hija de Fernando IV de Nápoles y María Carolina de Austria. María Antonia sufrió dos abortos, y no hubo descendencia.

María Antonia de Nápoles


María Antonia de Nápoles (14 de diciembre de 1784, Palacio Real de Caserta, Nápoles - 21 de mayo de 1806, Palacio Real de Aranjuez, España) fue Princesa de Asturias como primera esposa de Fernando, Príncipe de Asturias (futuro rey Fernando VII).

María Antonia era la hija menor del rey Fernando IV de Nápoles y de su esposa María Carolina de Austria, hija de la emperatriz María Teresa). Recibió ese nombre en honor a la hermana favorita de su madre, la desafortunada Reina María Antonieta de Francia. Un testigo la describió con las siguientes palabras: "la Princesa de Asturias es una digna nieta de María Teresa de Austria, y parece haber heredado su carácter así como sus virtudes."
   
María Antonia de Nápoles contrajo matrimonio con Fernando, príncipe de Asturias, el 10 de octubre de 1802 en Barcelona, al mismo tiempo que su hermano mayor, el príncipe heredero Francisco de Nápoles, se casaba con la infanta María Isabel de Borbón. Guiada por su madre desde Nápoles, María Antonia alentó a su esposo a enfrentarse a Manuel Godoy y a la reina María Luisa, con quien la Princesa mantuvo una mala relación personal. Al mismo tiempo, la Princesa de Asturias buscó apoyo para la causa del príncipe Fernando en la Corte Española.

La princesa falleció prematuramente el 21 de mayo de 1806 a las cuatro de la tarde en el Palacio Real de Aranjuez, a causa de tuberculosis. Se estableció luto general en el reino por espacio de 6 meses. No tuvo hijos con Fernando porque dos embarazos (en 1804 y 1805) terminaron en abortos.

Hubo rumores por aquel entonces que decían que María Antonia murió envenenada por Manuel Godoy y la reina María Luisa, aunque todo indica que esto es falso. Sin embargo, su madre, la reina María Carolina de Nápoles, estaba convencida de que María Antonia había sido envenenada.

Distinciones honoríficas

  • Order of Queen Maria Luisa (Spain) - ribbon bar.png Dama de la Orden de las Damas Nobles de la Reina María Luisa.


En 1816 Fernando se casó en segundas nupcias con su sobrina María Isabel de Braganza, Infanta de Portugal (1797-1818), hija de su hermana mayor Carlota Joaquina y de Juan VI de Portugal. Dio a luz a una hija que vivió poco más de cuatro meses. Poco después, estando de nuevo embarazada, falleció. Modesto Lafuente dice que murió de un ataque de alferecía y fue el primero que se hizo eco de los rumores a que dio origen el suceso: hallándose en avanzado estado de gestación y suponiéndola muerta, los médicos procedieron a extraer el feto, momento en el que la infortunada madre profirió un agudo grito de dolor que demostraba que todavía estaba viva.

María Isabel Luisa (21 de agosto de 1817-9 de enero de 1818).

María Isabel de Braganza


María Isabel de Portugal, María Isabel de Braganza y Borbón, (Queluz, 19 de mayo de 1797 – Aranjuez, 26 de diciembre de 1818) fue reina consorte de España, segunda esposa de Fernando VII.

Fue hija primogénita del rey Juan VI de Portugal y de su esposa, la reina Carlota Joaquina que fue hija del rey Carlos IV de España.

El matrimonio entre el rey Fernando y su sobrina Isabel de Portugal, celebrado en 1816, se decidió con el objetivo de reforzar las relaciones entre España y Portugal. Por el mismo motivo también se concertó el matrimonio entre el infante Carlos María Isidro, hermano del rey Fernando, con la princesa María Francisca de Portugal, hermana de Isabel.

La reina Isabel destacó por su cultura y afición por el arte. De ella partió la iniciativa de reunir las obras de arte que habían atesorado los monarcas españoles y crear un museo real, el futuro Museo del Prado. Fue inaugurado el 19 de noviembre de 1819, un año después de su muerte.

El 21 de agosto de 1817, Isabel de Portugal dio a luz una hija que falleció a los cuatro meses.
La reina Isabel falleció un año después en el Palacio Real de Aranjuez por las complicaciones de su segundo parto que había venido precedido de un embarazo difícil. El alumbramiento fue extremadamente laborioso; en un momento dado la reina perdió el conocimiento sin recuperarlo y los médicos la creyeron muerta. Decidieron entonces practicarle una cesárea para extraerle el bebé, una niña muerta. Según el cronista Villaurrutia: «al extraer la niña que llevaba en su seno y que nació sin vida, lanzó la madre tal grito, que manifestaba que no había muerto aún, como creían los médicos, los cuales hicieron de ella una espantosa carnicería».

Por su parte, Modesto Lafuente sostenía que murió de un ataque de alferecía, (síncope) y fue el primero que se hizo eco de los rumores a que dio origen el desafortunado suceso: «hallándose en avanzado estado de gestación y suponiéndola muerta, los médicos procedieron a extraer el feto, momento en el que la infortunada madre profirió un agudo grito de dolor que demostraba que todavía estaba viva».

Los restos de Isabel de Portugal reposan en el panteón de Infantes del Monasterio de El Escorial, no en el Panteón de los Reyes, ya que éste tradicionalmente ha quedado reservado a las reinas consortes que han sido madres de rey.

Su figura protagoniza la novela Los espejos de Fernando VII (2001) de María Pilar Queralt del Hierro.

Distinciones honoríficas

  • Order of Queen Maria Luisa (Spain) - ribbon bar.png Dama de la Orden de las Damas Nobles de la Reina María Luisa (Reino de España, 10/11/1801).
  • Ordine di Santa Isabella.png Dama de la Real Orden de Santa Isabel (para damas) (Reino de Portugal, 25/04/1804).[6]
  • PRT Ordem de Nossa Senhora da Conceicao de Vila Vicosa Cavaleiro ribbon.svg Dama gran cruz de la Orden de Nuestra Señora de la Concepción de Villaviciosa (Reino de Portugal, 06/02/1818).
  • Order Saint Catherine.png Dama de la Orden de Santa Catalina (Imperio Ruso)

Busto de Mª Isabel de Braganza.
José Ginés. Mármol. 2ª mitad s. XIX.
 Museo de la Real Academia de Bellas Artes
de San Fernando. Foto: Pessoas en Madrid.


 



En 1819 se casó por tercera vez con María Josefa Amalia de Sajonia (1803-1829), hija de Maximiliano de Sajonia y Carolina de Borbón-Parma. No tuvieron descendencia.

María Josefa Amalia de Sajonia


María Josefa Amalia de Sajonia (Dresde, 6 de diciembre de 1803-Aranjuez, 18 de mayo de 1829) (de nombre completo: Maria Josepha Amalia Beatrix Xaveria Vincentia Aloysia Franziska de Paula Franziska de Chantal Anna Apollonia Johanna Nepomucena Walburga Theresia Ambrosia) fue reina consorte de España y tercera esposa de Fernando VII.
     
Era hija del príncipe Maximiliano de Sajonia y la princesa Carolina de Borbón-Parma (prima de su futuro esposo). A los tres meses de edad falleció su madre y su padre envió a María Josefa Amalia a un convento junto al río Elba, lugar que abandonaría solo para contraer matrimonio. Se casó con el rey Fernando VII, viudo y sin hijos, el 20 de octubre de 1819.

La pacata educación que había recibido la reina María Josefa Amalia en el convento y su inexperiencia (contrajo matrimonio con dieciséis años de edad) dieron lugar a que, horrorizada, se negara a mantener contacto íntimo alguno con el monarca. Fue necesaria una carta personal enviada por el papa Pío VII para poder convencer a la joven reina de que las relaciones íntimas entre esposos no eran contrarias a la moral del catolicismo así como necesarias para la procreación de descendencia.

María Josefa Amalia falleció prematuramente de fiebres graves en el Palacio Real de Aranjuez. No tuvo hijos. Su cuerpo reposa en el Panteón de Infantes del Monasterio del Escorial, pues tradicionalmente el Panteón de los Reyes está reservado a las reinas que han tenido descendencia.
La reina María Josefa Amalia fue una joven devota y aficionada a la poesía. Su figura y los curiosos hechos que hicieron precisa la intervención del Papa, a fin de que consintiera en consumar el matrimonio con el rey Fernando VII, son el sustrato de la novela Los espejos de Fernando VII (2001) de María Pilar Queralt del Hierro.

Distinciones honoríficas

  • Order of Queen Maria Luisa (Spain) - ribbon bar.png Dama de la Orden de las Damas Nobles de la Reina María Luisa.

Finalmente, en 1829, se casó con otra de sus sobrinas, María Cristina de las Dos Sicilias (1806-1878), hija de su hermana menor María Isabel de Borbón y Francisco I de las Dos Sicilias.

María Cristina de Borbón-Dos Sicilias


María Cristina de Borbón-Dos Sicilias (Palermo, 27 de abril de 1806 - Sainte-Adresse, 22 de agosto de 1878) fue reina consorte de España por su matrimonio con Fernando VII en 1829 y regente del Reino entre 1833 y 1840, durante una parte de la minoría de edad de su hija Isabel.

Sus padres fueron Francisco I de las Dos Sicilias (1777-1830) rey de las Dos Sicilias entre 1825 y 1830 y la infanta María Isabel de Borbón (1789-1848) hija de Carlos IV de España. Contrajo matrimonio en Aranjuez el 11 de diciembre de 1829 con su tío Fernando VII, convirtiéndose en reina de España.     

Regencia

Fernando VII murió en 1833. El rey la había nombrado en su testamento gobernadora del Reino, cargo en el que sería confirmada por las Cortes constituyentes en 1836. El 28 de diciembre del mismo año en que quedó viuda, contrajo matrimonio morganático en secreto con un sargento de su guardia de corps, Agustín Fernando Muñoz y Sánchez. Esta relación no fue bien vista por la sociedad de la época. El sacerdote recién ordenado Marcos Aniano González, amigo del novio, celebró el enlace y siguió íntimamente ligado a la familia durante casi tres lustros en tanto que capellán de Palacio y único confesor de María Cristina. Su hija y heredera al trono tenía solo 3 años y actuó como regente del Reino durante los siguientes siete años, hasta 1840. Durante este tiempo hizo necesarias contribuciones sociales, como el auxilio que procuró a la costa onubense en 1834 después de una epidemia de cólera. En agradecimiento, el ayuntamiento de la Real Isla de la Higuerita solicitó y obtuvo su cambio de denominación a Isla Cristina.

También contaba con enemigos, siendo el más famoso su tío y cuñado Carlos María Isidro de Borbón quien, negándose a acatar la Pragmática Sanción de 1830, afirmaba ser el legítimo heredero al trono e inició la que se conoce como Primera Guerra Carlista que finalizó en 1839 con el Abrazo de Vergara.

Exilio

Tras varios intentos fallidos de conciliar las tendencias políticas entre progresistas y moderados, María Cristina se vio obligada a ceder la regencia a Baldomero Espartero y exiliarse. Salió del país el 17 de octubre de 1840 en el vapor Mercurio. Aun así, desde Marsella anunció que había sido forzada a renunciar y se trasladó a Roma, donde por el aquel entonces el papa Gregorio XVI le dio la bendición a su matrimonio morganático. Se instaló también en París, gracias al apoyo financiero de Francisco, conde de Luzárraga, y desde allí intrigó —junto a sus más fieles— contra el gobierno esparterista hasta su derrocamiento y posterior nombramiento de su hija a sus 13 años como la reina Isabel II. Una de las cuestiones más importantes durante este periodo fue la educación de las princesas, en una pugna entre el personal de la casa real impuesto por Espartero y el resto, proclive a la regente, como fue la marquesa de Santa Cruz.

En febrero de 1844 volvió a Madrid (aunque se volvería a ir durante un breve periodo de tiempo en 1847) y se instaló en el palacio de las Rejas, desde donde intentó controlar la política de su hija. En 1846, la reina participó en un intento de restauración de la monarquía en Ecuador a petición expresa del presidente Juan José Flores. Este plan de dos fases consistía primero en que su hijo Agustín Muñoz y Borbón se convirtiera en príncipe de Ecuador y, más tarde, en restaurador de la monarquía española en Perú y Bolivia, uniendo los tres países bajo una sola nación a la que llamarían Reino Unido de Ecuador, Perú y Bolivia. Cuando todo estaba organizado, la intentona fue denunciada y los planes se vinieron abajo.

Junto a su marido, inició negocios relacionados con la sal, el ferrocarril y el comercio negrero —en los que también participaba Narváez— y se decía que «no había proyecto industrial en el que la Reina madre no tuviera intereses.» Como consecuencia, María Cristina se ganó más antipatía del pueblo -avivada por su yerno- y en 1854 fue expulsada de España y le fue retirada la pensión vitalicia que le habían concedido las Cortes.

Permaneció en Francia el resto de su vida y solo volvió a España cuando su nieto Alfonso XII ocupó el trono, si bien con la limitación de no poder instalar su residencia definitiva en el país. Como curiosidad, cabe destacar que ni su hija ni su nieto tuvieron buena relación con ella, debido a que no vieron con buenos ojos su segundo matrimonio.

Muerte

Murió en el exilio y fue enterrada, posteriormente, en el Monasterio de El Escorial.

Descendencia

Primer matrimonio

De su primer matrimonio, con el rey Fernando VII, tuvo dos hijas:

Segundo matrimonio

De su segundo matrimonio, con Agustín Fernando Muñoz y Sánchez, I duque de Riánsares y I marqués de San Agustín, tuvo ocho hijos, a los que la reina Isabel II concedió títulos nobiliarios entre 1847 y 1849:

Distinciones honoríficas

  • Order of Queen Maria Luisa (Spain) - ribbon bar.png Dama de la Orden de las Damas Nobles de la Reina María Luisa (Reino de España, 04/05/1826).
  • PRT Ordem de Nossa Senhora da Conceicao de Vila Vicosa Cavaleiro ribbon.svg Dama gran cruz de la Orden de Nuestra Señora de la Concepción de Villaviciosa (Reino de Portugal, 23/06/1834).
 





María Cristina de Borbón-Dos Sicilias fotografiada alrededor
de 1870 en el taller de Pierre Louise Pierson y Léopold Ernest Mayer.

 
 

Carlos María Isidro de Borbón

 
Carlos María Isidro de Borbón (Madrid, 29 de marzo de 1788 – Trieste, 10 de marzo de 1855), infante de España. Fue el primer pretendiente carlista al trono español, con el nombre de Carlos V. Fue el segundo hijo de Carlos IV y María Luisa de Parma y hermano de Fernando VII. También fue conocido como Don Carlos. A lo largo de su vida utilizó los títulos de incógnito de duque de Elizondo y conde de Molina.
              
Carlos nació en el Palacio Real de Madrid. Entre 1808 y 1814 vivió prisionero de Napoleón en Valençay con sus hermanos. En 1814 volvió con el resto de la familia real a Madrid. En septiembre de 1816 se casó con su sobrina la infanta de Portugal, María Francisca de Portugal (o de Braganza), hija del rey Juan VI de Portugal y de Carlota Joaquina de Borbón, su hermana. En segundas nupcias contrajo matrimonio con María Teresa de Braganza, Princesa de Beira, hermana de su primera esposa y con quien no tuvo descendencia.
Carlos era una persona muy religiosa que creía en el derecho divino de la monarquía.

En mayo de 1830, Fernando VII publicó la Pragmática Sanción, que derogaba la Ley Sálica y permitía a las mujeres acceder al trono español en ausencia de herederos varones. El decreto había sido originalmente aprobado en 1789, pero nunca se promulgó oficialmente. Hasta entonces, Carlos había sido el heredero de su hermano.
 
El 10 de octubre de 1830, María Cristina de Borbón, cuarta esposa de Fernando VII, le dio una hija, que llevó el nombre de Isabel y desplazó a su tío de la línea de sucesión. Ciertos grupos continuaron apoyando los derechos de Carlos al trono, al considerar la Pragmática ilegal e intrigaron a favor de Carlos. Aunque en 1830 Carlos admitió la Pragmática Sanción, se retractó en 1833, por lo que recibió en marzo orden de abandonar España y fijar su residencia en los Estados Pontificios. El puerto de embarque había sido fijado en Cádiz, pero debido a la epidemia de cólera que asolaba la ciudad, se le permitió hacerlo en Lisboa. Ya en Portugal, apoyado en sus vínculos familiares con la dinastía reinante, retrasó una y otra vez su salida, se negó a volver a Madrid a jurar fidelidad a Isabel como sucesora, ni aceptó hacerlo ante el embajador Luis Fernández de Córdoba (abril de 1833). Fernando VII acabó por confiscarle sus bienes, enviándole una fragata con la orden de que el capitán entregase 400.000 reales a Carlos una vez que el navío hubiese zarpado. Pero no sólo volvió a negarse a embarcar, sino que comunicó a los principales gobiernos europeos su decisión de no renunciar al trono de España. Estuvo siempre muy apoyado en estos hechos por Joaquín Abarca, obispo de León, desterrado en Portugal.

Carlos V

Al morir Fernando VII el 29 de septiembre de 1833, Carlos emitió el Manifiesto de Abrantes el 1 de octubre, en el que declaraba su ascensión al trono con el nombre de Carlos V. El 6 de octubre, el general Santos Ladrón de Cegama proclamó a Carlos como rey de España en la localidad de Tricio (La Rioja), fecha en la que se da como comenzada la Primera Guerra Carlista.
"Carlos V a sus amados vasallos:
Bien conocidos son mis derechos a la Corona de España en toda la Europa y los sentimientos en esta parte de los españoles, que son harto notorios para que me detenga a justificarlos. Fiel, sumiso y obediente como el último de los vasallos a mi caro hermano que acaba de fallecer, y cuya pérdida, tanto por sí misma como por sus circunstancias, ha penetrado de dolor mi corazón, todo lo he sacrificado: mi tranquilidad, la de mi familia; he arrostrado toda clase de peligros para testificarle mi respetuosa obediencia, dando al mismo tiempo este testimonio público de mis principios religiosos y sociales. Tal vez han creído algunos que los he llevado hasta el exceso, pero nunca he creído que puede haberlo en un punto del cual depende la paz de las monarquías. Ahora soy vuestro rey; y al presentarme por primera vez a vosotros bajo este título, no puedo dudar un solo momento que imitaréis mi ejemplo sobre la obediencia que se debe a los príncipes que ocupan legítimamente el trono y volaréis todos a colocaros bajo mis banderas, haciéndoos así acreedores a mi afecto y soberana munificencia. Pero sabéis, igualmente, que recaerá el peso de la justicia sobre aquellos que, desobedientes y desleales, no quieren escuchar la voz de un soberano y un padre que solo desea hacerlos felices."
Octubre de 1833. Don Carlos
Tras la derrota del miguelismo en la guerra civil portuguesa y acosado por la tropa de Isabel II que, al mando del comandante general de Extremadura José Ramón Rodil y Campillo había penetrado en Portugal, Carlos fue evacuado por mar en el buque de guerra británico HMS Donegal, ante las protestas españolas, llegando a Gran Bretaña el 18 de junio de 1834. En julio huyó de la isla, atravesó Francia de incógnito —aún no se han aclarado las presuntas complicidades de los gobiernos británicos y franceses en la fuga—, entrando en España por la frontera de Navarra el 9 de julio.

Permaneció en Navarra y en las Provincias Vascongadas durante la Primera Guerra Carlista hasta el año 1839, manteniendo corte ambulante en Oñate, Estella, Tolosa, Azpeitia y Durango, y acompañó a su ejército, pero sin mostrar dotes militares. En octubre de 1834, un decreto lo privó de sus derechos como infante de España, hecho que fue confirmado por las Cortes en 1847.


Don Carlos dibujado por Isidoro Magués en 1837.
 
Hombre religioso y de costumbres sencillas, fue muy bien recibido por la población rural de esas tierras. Adolfo Loning dice que era de carácter antipático, sin palabra ni mirada amable para los soldados. Lassala afirma que jamás fue visto en el campo de batalla. En 1835, mientras en el campo se iniciaba la desordenada retirada carlista tras la batalla de Mendigorría, se hallaba comiendo en el pueblo y estuvo a punto de caer preso.

En verano de 1837, organizó la llamada Expedición Real, en la que al frente de gran parte de sus batallones vascos, castellanos y navarros marchó por Cataluña y el Maestrazgo hasta las puertas de Madrid, al parecer siguiendo noticias falsas sobre un posible matrimonio entre uno de sus hijos con Isabel II. No se cumplieron sus expectativas y ya en retirada, acosado por Baldomero Espartero, volvió con sus tropas a Vizcaya. Ante la frustración producida por su fallido intento para solucionar el problema sucesorio, así como por la desastrosa retirada, tomó drásticas medidas sobre los mandos de su ejército y de su administración: oficiales y civiles que le habían servido desde la época de Zumalacárregui fueron desposeídos del mando, encarcelados, enjuiciados, incluso asesinados. Su corte acabó componiéndose de consejeros poco competentes y sin iniciativa, entre los cuales el obispo Abarca fue el más influyente. Se les llamaba «ojalateros», ya que se contaba que no hacían otra cosa que quejarse de lo ocurrido durante la Expedición Real, con frases que empezaban siempre con «Ojalá...».

La actitud pesimista de la Corte de Carlos frente a los problemas civiles y militares causaron gran descontento, tanto entre los mandos como en la tropa, y se acrecentaron también las mutuas desconfianzas entre los batallones de las tres provincias vascas y navarras —que rehusaron combatir fuera del ámbito geográfico de sus provincias—, así como con los batallones castellanos. En octubre de 1837, tras la muerte de su primera mujer, se casó con su sobrina María Teresa y, en junio de 1838, nombró a Rafael Maroto comandante en jefe, el cual se dedicó a reorganizar el ejército, pero afrontando escasas acciones bélicas. En febrero de 1839, mandó fusilar a tres generales, ante la sospecha de que habían estado organizando un complot contra él, y exigió a Carlos la destitución de todos sus adversarios. Ante esto, Carlos lo destituyó el 21 de febrero y lo declaró traidor, aunque el 25 de febrero reconsideró su postura y accedió a sus peticiones. Maroto comenzó negociaciones secretas con los isabelinos que concluyeron en 1839 con la firma del Convenio de Oñate, también llamado Abrazo de Vergara. Su archivo, confiscado por Espartero y depositado en 1839 en la biblioteca del obispado de Calahorra, está desaparecido.

El 14 de septiembre de 1839, cruzó la frontera francesa y el gobierno francés decidió instalarlo en Bourges con su mujer e hijos. Allí, el 18 de mayo de 1845, abdicó en su hijo Carlos Luis, quien adoptó el título de Carlos VI.


A Dios Óptimo Máximo. Carlos V, Rey de las Españas,
modesto en la prosperidad y constante en la adversidad,
pero insigne en su piedad, durmiose en la paz del Señor
el 10 de marzo de 1855 a la edad de 66 años,
once meses y nueve días. Aquí enterrado con gran concurso
del pueblo y del clero el 16 de marzo del mismo año. Descanse en paz.

Conde de Molina

Tras su abdicación usó el título de incógnito de conde de Molina y el 10 de marzo de 1855 murió en Trieste, entonces parte del Imperio austríaco. Está enterrado junto a sus descendientes en la Capilla de san Carlos Borromeo de la Catedral de San Justo de Trieste.

Matrimonios e hijos

En primeras nupcias se casó con su sobrina María Francisca de Braganza. Con ella tuvo tres hijos:
  • Carlos Luis de Borbón y Braganza, conde de Montemolín (1818–1861);
  • Juan Carlos de Borbón y Braganza, conde de Montizón (1822–1887);
  • Fernando de Borbón y Braganza (1824–1861).
En 1838, Don Carlos viudo se casó por segunda vez con su sobrina y cuñada María Teresa de Braganza, Princesa de Beira, sobrina y viuda de su primo Pedro Carlos de Borbón. De este segundo matrimonio no hubo descendencia.





María Francisca de Braganza


María Francisca de Portugal, infanta de España (Palacio de Queluz, 22 de abril de 1800 - Alverstoke Rectory, Hampshire (Inglaterra), 4 de septiembre de 1834). Infanta de Portugal de la Casa de los Braganza, con el tratamiento de alteza real. Casada con el primer pretendiente carlista al trono de España, murió a la edad de 34 años.
            
Nacida el 22 de abril de 1800 en el Palacio de Queluz, en las proximidades de Lisboa, siendo hija del rey Juan VI de Portugal y de la infanta Carlota Joaquina de España. Nieta por vía paterna del rey Pedro III de Portugal y de la reina María I de Portugal, y por vía materna del rey Carlos IV de España y de la princesa María Luisa de Parma.

Educada en la conservadora corte de Lisboa, se exilió junto con el resto de la familia real portuguesa en Brasil, durante la ocupación del país por los ejércitos franceses de Napoleón I de Francia.

Casada el 22 de febrero de 1816 en Cádiz por poderes y ratificado el matrimonio el 5 de septiembre en persona en el Palacio Real de Madrid con el infante Carlos María Isidro de Borbón, hijo del rey Carlos IV de España y de la princesa María Luisa de Parma

A partir de 1832 María Francisca siguió a su marido en el periplo que le hizo recorrer la península como consecuencia de su negativa a aceptar la Pragmática Sanción, que abolía la Ley Sálica y permitía el acceso al trono a la infanta Isabel, futura reina Isabel II de España.

El 4 de septiembre de 1834 murió en Inglaterra, donde se encontraba su marido momentáneamente retenido para evitar su entrada de nuevo en la península. A su muerte, el infante Don Carlos se volvió a casar, esta vez con la infanta María Teresa de Portugal, hermana mayor de María Francisca.

Distinciones honoríficas

  • Order of Queen Maria Luisa (Spain) - ribbon bar.png Dama de la Orden de las Damas Nobles de la Reina María Luisa (Reino de España, 10/11/1801).
  • Ordine di Santa Isabella.png Dama de la Real Orden de Santa Isabel (para damas) (Reino de Portugal, 25/04/1804).
  • PRT Ordem de Nossa Senhora da Conceicao de Vila Vicosa Cavaleiro ribbon.svg Dama gran cruz de la Orden de Nuestra Señora de la Concepción de Villaviciosa (Reino de Portugal, 06/02/1818).
 

 

María Teresa de Braganza


María Teresa de Portugal (o de Braganza; en portugués Maria Teresa de Bragança) (29 de abril de 1793 - 17 de enero de 1874), fue una infanta portuguesa que por matrimonio se convirtió en infanta de España. Durante una parte de su vida fue también princesa heredera de Portugal de 1793 a 1795, y a este efecto recibió el título de princesa de Beira. En segundas nupcias se casó con su tío Carlos María Isidro de Borbón, pretendiente carlista a la Corona española.
          
María Teresa fue la primera hija del futuro rey Juan VI de Portugal y de la infanta española Carlota Joaquina de Borbón. Era, pues, nieta paterna de Pedro III de Portugal y de María I de Portugal, y por línea materna era nieta de Carlos IV de España y de María Luisa de Parma. Sus padres tuvieron un total de nueve hijos.

Exilio en Brasil

En 1807 la familia real portuguesa tuvo que abandonar Portugal debido a la invasión de Napoleón I Bonaparte, y se instaló en Río de Janeiro (por aquel entonces, Brasil era todavía una colonia portuguesa). La vida en Brasil fue mucho más relajada que en Portugal, y allí tuvo lugar el matrimonio con su primo, el infante Pedro Carlos de Borbón el 13 de mayo de 1810.
La pareja tuvo un hijo:
  • Sebastián Gabriel de Borbón (4 de noviembre de 1811 - 13 de febrero de 1875), infante de España y Portugal.
En 1812 fallecía el infante Pedro Carlos y María Teresa quedaba viuda a la temprana edad de 19 años.

Regreso a Europa

De un fuerte carácter marcadamente conservador, María Teresa dio todo su apoyo a su hermano, el rey legítimo Miguel I de Portugal, durante la guerra civil que asoló Portugal entre 1826 y 1834. También apoyó la causa de su cuñado, el infante don Carlos María Isidro de Borbón, que reclamaba para sí el trono español. Durante los últimos años del reinado de Fernando VII de España, María Teresa residió en Madrid con su hijo. Tras la muerte de Fernando VII en 1833 y la muerte de su hermana María Francisca (1834), María Teresa se convirtió en un punto pivotal del carlismo, y participó en la Primera Guerra Carlista contra su prima Isabel II de España.

Activismo carlista

El 15 de enero de 1837 las Cortes de España legislaron para excluir a la dinastía carlista de la línea de sucesión, incluyendo a la infanta María Teresa (quien habría heredado dichos títulos a través de su madre, infanta española de nacimiento). Los derechos de su hijo Sebastián Gabriel y de su hermano Miguel fueron también retirados. No obstante, en 1859 los derechos de Sebastián Gabriel fueron restaurados después de que este abandonase la causa carlista.

El 20 de octubre de 1838 María Teresa se casó con su cuñado, el viudo Carlos, que era también su tío en Azpeitia. No hubo hijo de este matrimonio, aunque ambos criaron a sus respectivos hijos de manera conjunta, ya que los hijastros de María Teresa eran además sus sobrinos. Desde su exclusión, la familia al completo vivió en el exilio.

Exilio y muerte

En 1845 Carlos abdicó sus derechos en su hijo mayor, también llamado Carlos, que pasó a ser conocido como Carlos VI. El anciano Carlos falleció en Trieste, en la actual Italia. Allí fallecería, años después, en 1874, María Teresa, tras 19 años de viudez.

Distinciones honoríficas

  • Order of Queen Maria Luisa (Spain) - ribbon bar.png Dama de la Orden de las Damas Nobles de la Reina María Luisa (10/11/1801).
  • Ordine di Santa Isabella.png Dama de la Real Orden de Santa Isabel (para damas) (Reino de Portugal, 25/04/1804).
  • PRT Ordem de Nossa Senhora da Conceicao de Vila Vicosa Cavaleiro ribbon.svg Dama gran cruz de la Orden de Nuestra Señora de la Concepción de Villaviciosa (Reino de Portugal, 06/02/1818).





María Isabel de Borbón


María Isabel de Borbón o María Isabel de España (6 de julio de 1789, Madrid - 13 de septiembre de 1848, Portici) fue infanta de España desde el momento de su nacimiento y reina de las Dos Sicilias por su matrimonio con Francisco I de las Dos Sicilias.
              
La infanta María Isabel era la cuarta hija (y undécimo vástago) del rey Carlos IV de España y de su esposa María Luisa de Parma, aunque algunos contemporáneos le atribuían su paternidad a Manuel de Godoy sin fundamento. Rumores en la corte atribuyen la paternidad de Francisco de Paula y de su hermana Maria Isabel, no al rey, sino a Godoy. Por vía paterna, María Isabel era nieta de Carlos III de España y su esposa, María Amalia de Sajonia; por vía materna era nieta de Felipe I de Parma y su esposa, Luisa Isabel de Francia, hija a su vez de Luis XV de Francia. Por lo tanto, por las venas de María Isabel fluía la sangre de los Borbones de España, Parma y Francia.

Primer matrimonio e hijos

El 6 de julio de 1802 contrajo matrimonio por poderes en la ciudad de Barcelona con Francisco I de las Dos Sicilias, su primo carnal; el 19 de agosto del mismo año arribó a Nápoles y allí tuvo lugar la ceremonia en persona. En aquel momento Francisco se encontraba viudo y sólo tenía una hija sobreviviente de su primer matrimonio. La pareja tuvo doce hijos en total:
  • Luisa Carlota (1804-1844), casada con su tío materno, el Infante Francisco de Paula de Borbón; entre sus hijos se cuenta don Francisco de Asís de Borbón, consorte de la reina Isabel II de España.
  • María Cristina (1806-1878), casada con su tío materno, Fernando VII de España (hermano mayor de su madre); fueron los padres de Isabel II de España.
  • Fernando II (1810-1859) quien se convirtió en el sucesor de su padre en el trono napolitano. Con descendencia.
  • Carlos Fernando (1811-1862), príncipe de Capua. Contrajo matrimonio con una mujer de menor rango, Penelope Smyth, y tuvo descendencia.
  • Leopoldo (1813-1860), Conde de Siracusa; contrajo matrimonio con María Victoria Filiberta de Saboya-Carignano; no tuvo descendencia legítima.
  • María Antonieta (1814-1898); se casó con Leopoldo II, gran duque de Toscana.
  • Antonio Pascual (1816-1843), Conde de Lecce. Sin sucesión.
  • María Amalia (1818-1857), fue la primera esposa del Infante Sebastián Gabriel de Borbón y Braganza. No tuvieron hijas aunque ella fue una defensora del carlismo.
  • María Carolina (1820-1861); casada con Carlos de Borbón, pretendiente carlista al trono de España.
  • Teresa Cristina (1822-1889), fue la esposa del Emperador Pedro II de Brasil. Con sucesión.
  • Luis (1824-1897), Conde de Aquila; casado con su concuñada, la princesa Januaria María de Braganza, hija de Pedro I de Brasil. Con sucesión.
  • Francisco de Paula (1827-1892), Conde de Trápani. Casado con la princesa María Isabel de Toscana. Con sucesión.

Viudez y segundo matrimonio

Tras la muerte de su esposo, ocurrida el 8 de noviembre de 1830, María Isabel vivió su viudez enlutada durante nueve años, hasta que el 15 de enero de 1839 se casó con Francesco del Balzo; este matrimonio no tuvo hijos, pues ella contaba con 50 años y el con 34.

Distinciones honoríficas

  • Order of Queen Maria Luisa (Spain) - ribbon bar.png Dama de la Orden de las Damas Nobles de la Reina María Luisa (Reino de España, 21/04/1792).

Francisco I de las Dos Sicilias


Francisco I de las Dos Sicilias (en italiano Francesco I delle Due Sicilie ; Nápoles, 14 de agosto de 1777 – 8 de noviembre de 1830), rey de las Dos Sicilias entre 1825 y 1830.
                    
Francisco Genaro José de Borbón (Francesco Gennaro Giuseppe di Borbone) nació en Nápoles, capital del Reino de Nápoles; era hijo del rey Fernando IV y su esposa, la reina María Carolina (nacida Archiduquesa de Austria). Sus abuelos eran, por vía paterna, Carlos III de España, quien años antes había ocupado el trono napolitano, y María Amalia de Sajonia, hija del rey de Polonia, y por línea materna, Francisco de Lorena, Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, y la Emperatriz María Teresa de Austria, heredera de los Habsburgo austríacos.

Francisco, declarado heredero de su padre por derecho de primogenitura, contrajo matrimonio el 26 de junio de 1797 en Foggia con su prima, la Archiduquesa María Clementina de Austria, hija del Emperador Leopoldo II. De este matrimonio nacieron dos hijos: María Carolina y Fernando, que falleció en la infancia. A la muerte de su primera esposa en 1801, Francisco se casó el 6 de julio de 1802 con la infanta María Isabel de España, hija de su tío, Carlos IV. La pareja tuvo doce hijos.

Acontecimientos políticos

Tras la huida de los Borbones de Nápoles a Sicilia en 1806 después de la invasión de Napoleón Bonaparte y el establecimiento por el comandante inglés Lord William Bentinck de una constitución que despojaba de todo poder al rey Fernando I, Francisco fue nombrado regente del reino en 1812.
Tras la caída de Napoleón en 1815 Fernando I regresó a Nápoles, suprimió la constitución y la autonomía siciliana. Los reinos de Sicilia y Nápoles fueron fundidos en un nuevo Estado, el Reino de las Dos Sicilias, en 1816. Francisco asumió entonces el título de Duque de Calabria, utilizado históricamente para designar al heredero del trono napolitano.

Reinado (1825-1830)

Aparentemente más liberal que su padre, como parecieron demostrarlo los acontecimientos vinculados con la revolución de 1820, cuando sucedió a Fernando I en 1825 se manifestó totalmente en sentido opuesto, siendo uno de los puntales de la contrarrevolución en Italia.

Su gobierno estuvo en manos de sus favoritos y de sus jefes militares y policiales. Francisco I vivió el resto de su vida casi encerrado, por temor a un intento de asesinato, y solamente hubo de enfrentar un intento revolucionario en su contra en Cilento, en el año 1828, el cual pudo ser sofocado por el marqués Delcaretto, un antiguo liberal.

Matrimonios e hijos

Su descendencia fue numerosa y se vinculó a varias casas reinantes del siglo XIX:
Con María Clementina de Austria:
  • María Carolina (1798–1870), casada en primeras nupcias con Carlos Fernando, Príncipe de Francia y Duque de Berry. Tras la muerte de éste, casó en segundas nupcias con Ettore, Conde Lucchesi Palli, Príncipe de Campofranco, Duque della Grazia. Tuvo descendencia.
  • Fernando (1800-1801).

Con María Isabel de España:

  • Luisa Carlota (1804–1844), casada con su tío Francisco de Paula, Infante de España y hermano menor de su madre.
  • María Cristina (1806–1878), casada en primeras nupcias con su tío, Fernando VII de España, hermano mayor de su madre. A la muerte de éste, en segundas nupcias (secretas) con Agustín Fernando Muñoz y Sánchez, duque de Riánsares.
  • Fernando II de las Dos Sicilias (1810–1859), su sucesor en el trono.
  • Carlos Fernando, príncipe de Capua (1811–1862), casado en matrimonio morganático con Penelope Smyth, de quien hubo descendencia.
  • Leopoldo, conde de Siracusa, casado con María Victoria Filiberta, princesa de Saboya - Carignano, no tuvo descendencia.
  • María Antonieta (1814–1898), casada con Leopoldo II, Gran Duque de Toscana.
  • Antonio, conde de Lecce (1816–1843), muerto soltero y sin descendencia.
  • María Amalia (1818–1857), casada con Sebastián Gabriel de Borbón y Braganza, infante de España.
  • María Carolina (1820–1861), casada con Carlos Luis de Borbón y Braganza, pretendiente carlista al trono español.
  • Teresa Cristina (1822–1889), casada con Pedro II, emperador del Brasil. De ese matrimonio nacerán los príncipes Alfonso (1845–1847), Isabel (1846–1921), Leopoldina (1847–1871) y Pedro (1848–1850). La Princesa Isabel se casó con el príncipe francés Luis Felipe María Fernando Gastón de Orleans, o conde de Eu, hijo de Luis Carlos Felipe Rafael, duque de Nemours.
  • Luis, conde de Aquila (1824–1897), casado con Januaria María, princesa imperial de Brasil e infanta de Portugal (hermana de Pedro II de Brasil y María II de Portugal), con quien tuvo descendencia.
  • Francisco de Paula (1827–1892), conde de Trápani; casado con la princesa María Isabel de Toscana, con quien hubo descendencia.

 


Francesco del Balzo


Capua 17/05/1805 - 15/04/1882 Napoli general de brigadaDel Balzo la familia era uno de las más antiguas y más distinguidas, Francesco del Duque de Presenzano al cumplir dieciocho años fue admitido en el cuerpo de guardias de caballería y en 1829 ya era el primer teniente de caballería.Se casó con Isabel de Borbón, madre de Fernando II, y de la viuda de Francisco I el 14 de enero de 1.839.En 1850 fue ascendido y se le dio a los carabineros que comandó el regimiento hasta 1857.A la muerte de Isabel, se casó con Julia Carignani.Fue ascendido a general de brigada, se le dio la brigada de húsares de la Guardia estacionadas en la capital.


María Teresa (16 de febrero de 1791 - 2 de noviembre de 1794)


 

Felipe María (28 de marzo de 1792 - 1 de marzo de 1794)



Francisco de Paula de Borbón


Francisco de Paula Antonio de Borbón y Borbón-Parma (Aranjuez, 10 de marzo de 1794 – Madrid, 13 de agosto de 1865), Infante de España, fue el menor de los hijos del rey de España, Carlos IV y María Luisa de Parma. Fue investido caballero del Toisón de Oro (1794).

Rumores en la corte atribuyen la paternidad de Francisco de Paula y de su hermana Maria Isabel, no al rey, sino a Godoy.
                            
Con la ciudad ocupada por los franceses y los reyes y familia real camino de Bayona, a primera hora del 2 de mayo, salió el joven infante de Palacio, transportado en coche. Un cerrajero, José Blas Molina, penetró entonces en el edificio y salió a uno de sus balcones gritando a la multitud de desocupados y curiosos que observaban el acto:
¡Traición! ¡Nos han quitado a nuestro rey y quieren llevarse a todas las personas reales! ¡Muerte a los franceses!
De tal modo, Francisco de Paula sirvió de detonante y coartada del célebre Levantamiento del dos de mayo. En cualquier caso, el infante acompañó a sus padres, Carlos IV y María Luisa, en su exilio en Francia y Roma.

En 1815, los diplomáticos representantes en Europa de las Provincias Unidas del Río de la Plata proyectaron coronarlo como rey de un hipotético Reino Unido del Río de la Plata, Perú y Chile, con el posible apoyo de Carlos IV. El plan no pasó de un proyecto, y nunca fue seriamente tratado en el Río de la Plata, pese a que los dos diplomáticos que idearon el proyecto fueron personajes tan influyentes como Manuel Belgrano y Bernardino Rivadavia.

Aficionado a las artes y decidido protector de ellas, fue miembro honorario y meritorio de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (1816) y dejó pintados varios cuadros de valía. Fue también protector de la Sociedad Económica de Amigos del País de Madrid, presidente de la Masonería española como Gran Maestro del Gran Oriente Nacional de España y Hermano Mayor de la Real Maestranza de Caballería de Zaragoza (1819–1865).

En 1839 fue elegido Soberano Gran Comendador del Supremo Consejo del Grado 33 para España del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, cargo que desempeñó hasta 1844.

Familia

Matrimonios y descendencia

El 12 de junio de 1819 se casó con su sobrina, la princesa napolitana, Luisa Carlota de Borbón-Dos Sicilias, hija del rey Francisco I y de su hermana María Isabel de Borbón, del matrimonio nacieron:
  • Francisco de Asís de Borbón (1820–1821), infante de España, primer duque de Cádiz.
  • Isabel Fernanda de Borbón (1821–1897), infanta de España; casada con el conde Ignacio Gurowski. Dejó descendencia.
  • Francisco de Asís de Borbón (1822–1902), infante de España, segundo duque de Cádiz. Rey consorte de España por su matrimonio con su prima Isabel II.
  • Enrique de Borbón (1823–1870), infante de España, Duque de Sevilla, muerto en duelo con el duque de Montpensier.
  • Luisa Teresa de Borbón (1824–1900), infanta de España, casada con José María Osorio de Moscoso y Carvajal, Duque de Sessa. Tuvo descendencia.
  • Eduardo Felipe de Borbón (1826–1830), infante de España.
  • Josefina Fernanda de Borbón (1827–1910), infanta de España hasta su matrimonio morganático y en secreto con José Güell y Renté. Tuvo descendencia.
  • María Teresa de Borbón (1828–1829), infanta de España.
  • Fernando María de Borbón (1832–1854), infante de España.
  • María Cristina de Borbón (1833–1902), infanta de España, casada con el infante Sebastián Gabriel de Borbón. Tuvo cinco hijos, pero ninguno recibió el trato de infante de España.
  • Amalia Filipina de Borbón (1834–1905), infanta de España, casada con el Príncipe Adalberto de Baviera.
En 1851 casó en segundas nupcias con Teresa Arredondo, Duquesa de San Ricardo, de quien hubo un único hijo:
  • Ricardo María de Arredondo (1852–1872), Duque de San Ricardo. No pudo ostentar el apellido Borbón ni el título de infante de España.



Luisa Carlota de Borbón-Dos Sicilias


Luisa Carlota de Borbón-Dos Sicilias y Borbón. (Nápoles, 24 de octubre de 1804 - Madrid, 29 de enero de 1844), era princesa del Reino de las Dos Sicilias, siendo la hija de Francisco I de las Dos Sicilias y de María Isabel de Borbón, fue hermana de Fernando II de las Dos Sicilias y de María Cristina de Borbón-Dos Sicilias, tía y suegra de la reina Isabel II de España puesto que el primogénito de su matrimonio con Francisco de Paula de Borbón, Francisco de Asís de Borbón se casó con ella. También fue madre de Enrique de Borbón, muerto por el primo de Luisa, Antonio de Orleans.           

Luisa Carlota nació en Nápoles, y como la mayor parte de las jóvenes princesas de la época, contrajo matrimonio a muy temprana edad y por razones de estado. El 12 de junio de 1819, con tan sólo 14 años, la princesa se casó con su tío, el infante Francisco de Paula de Borbón; desde entonces ostentó el título de infanta de España;

Desempeñó un papel decisivo en las horas de agonía de Fernando VII en 1832. Advertida de que el rey había anulado de forma secreta e inducido en su lecho de muerte la Pragmática que derogaba la Ley Sálica, dejando así la sucesión de la corona al infante Carlos Maria Isidro en detrimento de sus propias hijas (sobrinas de Luisa Carlota), la infanta hizo llamar al ministro Tadeo Calomarde para que le mostrara el original de tal documento. Puesta ante el pergamino, lo tomó, lo rasgó y lo arrojó al fuego. Al ver que el ministro intentaba recuperar el documento, la infanta le propinó dos bofetadas que pasaron a la historia. Con gran cortesía, el ministro replicó: «Señora, manos blancas no ofenden».
Pasado el incidente, el rey se recuperó y dio plenos poderes a su esposa, que poco después sería regente del reino. Durante este periodo la infanta gozó de gran ascendiente entre el rey y su hermana la reina.

Cuando su hermana se convirtió en reina gobernadora la amistad entre las dos se fue deteriorando hasta terminar en total rivalidad. Fue exiliada a Francia y desde allí patrocinaba libelos publicados en Madrid contra María Cristina, criticándola por su matrimonio con Fernando Muñoz. Murió en Madrid el 29 de enero de 1844.

La infanta fue una mujer ambiciosa que deseaba posicionar a uno de sus hijos en el trono español. No obstante, su temprana muerte a los 39 años le impidió presenciar el matrimonio de su primogénito, Francisco de Asís de Borbón, con su sobrina, la reina Isabel II de España. Su marido volvió a contraer matrimonio en 1852. Está enterrada en San Lorenzo de El Escorial.

Distinciones honoríficas

  • Order of Queen Maria Luisa (Spain) - ribbon bar.png Dama de la Orden de las Damas Nobles de la Reina María Luisa.


En 1851 casó en segundas nupcias con Teresa Arredondo, Duquesa de San Ricardo, de quien hubo un único hijo:

  • Ricardo María de Arredondo (1852–1872), Duque de San Ricardo. No pudo ostentar el apellido Borbón ni el título de infante de España.


 
 




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